Trumpismo y ¿Posdemocracia?

Trumpismo
y ¿Posdememocracia?
Aquellos
días de enero de 2023, en los que Kevin McCarthy pugnaba, una y otra vez, por
convertirse en Speaker y presidente de la Cámara de la Cámara de
Representantes, ya se olía que allí empezaba la crónica de una muerte
anunciada. Sus propios pares del Partido Republicano lo habían sometido a 15
votaciones, y un sinfín de negociaciones (prebendas políticas) para abrirle
paso al cargo. Fueron los mismos, bajo el liderazgo ocasional del trumpista
Matt Gaetz (Florida), los que terminaron escribiendo su final en el cargo.
No
sería más que un hecho político de envergadura, un antecedente único en la
historia de la Unión, si no fuera porque Estados Unidos asiste, desde el 6 de
enero de 2021 —día de la toma del Capitolio—, a un debilitamiento de su
democracia. Con todo lo que eso puede repercutir para el resto de Occidente.
Fue
una de esas prebendas la que utilizó el ala más radical de los Republicanos, a
la que pertenece Gaetz, para arrebatarle el cargo a McCarthy. Precisamente aquella
en la que para pedir una moción de censura bastaba con la presentación de un
solo legislador y no ya de los cinco de otrora. Ese uno fue el representante
por Florida, quien suele transformarse ante la prensa y aparece como uno de los
escuderos del expresidente Donald Trump en la Cámara.
Quienes siguen de cerca los entrecejos del poder estadounidense, como el ciencista político Sebastián Royo, rector del departamento de Asuntos Académicos de la Clark University, estaba en condiciones de vaticinarlo ya por entonces, en aquel enero caliente, en un trabajo sobre la democracia estadounidense que publico el Real Instituto El Cano, de Madrid.

Matt Gaetz (el victimario) y Kevin McCarthy (la víctima). Un final previsto desde el arranque.
En
ese paper, Royo afirmaba lo siguiente: “esta elección (la McCarthy)
convirtió un procedimiento rutinario de elección del presidente de la Cámara en
una crisis institucional, y reveló cómo un pequeño grupo de congresistas
ultraconservadores puede paralizar la gobernabilidad del país con el objetivo
de obtener lo que quieren.«
Las consecuencias de esta debacle no serán evidentes de forma inmediata, pero se harán muy visibles cuando se procesen nuevos proyectos de ley, sobre todo en materia de gasto, que son clave para mantener al gobierno operativo, evitar su cierre y cumplir las obligaciones de deuda del país. Precisamente, entre las concesiones que los ultraconservadores sacaron de McCarthy está la promesa de que cualquier aumento en el límite de la deuda del país irá acompañado de recortes de gastos, ya que buscan limitar el gasto público que financia una burocracia que ellos consideran desastrosa para el país. Por ello, una de las grandes batallas que se avecina (se estima que a fines del próximo verano) será sobre el límite de la deuda, dado el sistema kafkiano que hay en EE. UU. según el cual corresponde al Congreso fijar un tope para la deuda federal…”.
No sería más que un hecho político de envergadura, un antecedente único en la historia de la Unión, si no fuera porque Estados Unidos asiste, desde el 6 de enero de 2021 —día de la toma del Capitolio—, a un debilitamiento de su democracia.
Royo
no es un adivino, ni predigitador, mucho menos un tarotista, ni nada que se le
parezca. Es un estudioso de los procesos políticos y analista de la realidad
que lo rodea en el país en el que lo ha tocado enseñar. En ese trabajo, “¿Está
muriendo la democracia en Estados Unidos?”, deja ver un moderado pesimismo
sobre el presente democrático de la todavía potencia hegemónica. Pero después
de que los congresistas convirtieran, el pasado martes, su ensayo casi en un
guion, habrá que seguir sus análisis sobre lo que les espera a los que luchan
por el poder en Washington D.C.
El
argumento central para abrirle un proceso a McCarthty, fue el acuerdo al que
este había llegado con los demócratas para evitar la parálisis del gobierno o,
mejor dicho, el cierre administrativo del mismo, lo que le permitiría una
prórroga hasta el 17 de noviembre en el presupuesto. Sus detractores pretendían
que se abstenga de permitir cualquier política que aumentará el gasto público.
Al que consideran excesivo en manos de la administración Biden. Con esa puerta
abierta, el bloque de los Demócratas se plegó en su contra y ahora, todo devino
en una parálisis legislativa. Mientras que en y las encuestas el desencanto con
los derroteros del sistema, sigue en aumento. Más del 70 % de los consultados
sostiene que la democracia está en problemas.
Pero
si en el Norte, “faro de la libertad” para muchos durante décadas, llueve, en
el resto de Occidente, no escampa. Todos los discursos se van a los extremos,
el autoritarismo vuelve a mostrar los dientes sin descaro y los niveles de
desinformación (naturales, por escasa formación o por efecto de las redes
sociales) siguen en aumento. Si a esta etapa de decadencia, en cuanto al respeto
irrestricto a las instituciones, hubiera que buscarle una fecha como parte
aguas histórico, ese sería el día en que los hijos de Trump asaltaron el
Capitolio descreyendo, como insisten aún hoy, del resultado de los comicios que
llevaron a Joe Biden a la Casa Blanca. No obstante, la pérdida masiva de fe en
el sistema viene de mucho antes.
...Pero después de que los congresistas convirtieran, el pasado martes, su ensayo casi en un guion, habrá que seguir sus análisis sobre lo que les espera a los que luchan por el poder en Washington D.C.
No fueron una, sino varias, las décadas, en que los sectores asalariados y medios, vienen perdiendo terreno en los Estados Unidos. Más de medio siglo lleva el retroceso del nivel de vida en los países más pujantes de América Latina, y desde mediados de los 90, a la vieja Europa no le viene cerrando las cuentas. Son ya varias generaciones que, cuando escuchan hablar del tan mentado Estado de Bienestar, ubican el término y toda su base argumental en algún capítulo de la historia. El presente para ellos fue y es, por lo visto, mucho más problemático. Y del futuro, nadie parece hacerse cargo. Ni allí, ni aquí, ni en lugar alguno.
Esa
pérdida de fe popular en la democracia tuvo su raíz en el auge de las
políticas neoliberales. Primero en Estados Unidos, allá en los tiempos de
Ronald Reagan, y luego fue ganando voces críticas en cada lugar donde se fueron
aplicando las políticas procesadas en la Escuela de Chicago, entre otras usinas
similares. En el ínterin, cayó el muro, se asistió al fracaso estrepitoso
fracaso de la Unión Soviética con el comunismo, quedó a la intemperie y, que, de
paso, había ayudado a disimular las falencias de fábrica del Consenso de
Washington.
Aquella
fiebre fue contagiando a gobiernos de todo el mundo. En América Latina, la
primera cepa había sido colocada en la segunda mitad de los 50, en Santiago de
Chile, por la misma Escuela de Chicago, pero fue recién a fines de los 80,
cuando aquello se había convertido en algo parecido a una pandemia. Basta
recordar el salinismo en México, “el revolcón” de César Gaviria en Colombia, el
fujimorismo y su contracara autoritaria en el Perú, la herencia económica de
Pinochet, en Chile y la de Margaret Tatcher en Gran Bretaña, el menemismo en
Argentina o el Plan Real de Fernando Henrique Cardoso, en Brasil, por citar
solo los ejemplos más a la mano. Los Tigres asiáticos también habían ingresado
en esa dinámica y hasta China, sin renegar de su comunismo, ya tenía muy claro
en que se transformaría en eso que es en la actualidad: el gigante
turbocapitalista.
Javier Milei en acción. EL catalizador del descontento y el hartazgo en Argentina.
Décadas
después, llegaría una suerte de reacción con gobiernos que se consideraban
progresistas, socialdemócratas, con discursos, incluso anticapitalistas, en
algunos casos. Atrapados por la confusión argumental (en un mundo que venía
cambiando vertiginosamente) y por la corrupción como método, en la mayoría de
los casos. Contextos casi calcados, si no fuera por sus matices, que fueron
derivando en crisis institucionales y sociales, como la que atraviesa Perú o la
que espera resolver Ecuador, con sus elecciones el próximo 15 de octubre.
En tales escenarios a nadie debería extrañar el porqué personajes como
Javier Milei, en Argentina, o Juan Antonio Katz, en Chile, tengan tantas
posibilidades de llegar a la presidencia de sus países, como las tendrá,
seguramente, la senadora colombiana, María Fernanda Cabal, una suerte de
Giorgia Meloni, que avanza con Los Niche de fondo y a pura salsa. Todos ellos,
sintonizan la misma frecuencia que Donald Trump, al que ni los jueces, ni las
penas potenciales que podrían caer sobre su persona parecen detenerlo en su
nuevo intento por hacerse con la candidatura republicana.
Todo
podría enmarcarse en un trumpismo o neotrumpismo, que atesora la desilusión de
generaciones, el hartazgo al sistema donde la Justicia carece de la
independencia que rige en las Constituciones y donde la pauperización de las
condiciones de vida y el descalabro del medioambiente, están matizados por
puestas en escena de actores políticos que transitan una realidad paralela a la
de sus representados.
Solo
bastó asistir al debate de los candidatos presidenciales en la Argentina para
entender hasta qué punto transitan bien lejos de las necesidades de la gente y
mensurar el nivel de connivencia entre unos y otros en una mera actuación “pour
la galerie” o sea los descontentos electores que asisten impávidos, cada
día a la escalada de la inflación a la par con los escándalos de corrupción.
Si
alguien faltaba en ese club, ahí pidió el ingreso al mismo Robert Fico, el
expremier de Eslovaquia, ganador de las elecciones de ese país, aliado (por
ahora) de Ucrania, y dedicado a formar gobierno para la algarabía de Vladímir
Putin y de sus socios de la ultraderecha con la que ya compartió gobierno entre
el 2012 y el 2018.
El
de Eslovaquia y el fanatismo de Fico por Rusia, son los antecedentes que
Volodímir Zelenski esgrimirá ante los mandatarios europeos reunidos desde
jueves en Granada, donde discutirán las fechas límites para la ampliación de la
Unión Europea y otras cuestiones que fortalezcan la seguridad del espacio
común, ahora, que la guerra entra en una nueva fase. De paso, celebrar entre
todos, el acuerdo alcanzado para endurecer la política migratoria. Una
demostración más que allí, donde hace falta una solución, la política genera un
nuevo problema.
Evento
esa Cumbre, que le viene de perlas al presidente español en funciones, Pedro
Sánchez, para seguir ganando tiempo mientras se le complican las negociaciones
con los independentistas catalanes, para conseguir su embestidura.
...Solo bastó asistir al debate de los candidatos presidenciales en la Argentina para entender hasta qué punto transitan bien lejos de las necesidades de la gente y mensurar el nivel de connivencia entre unos y otros en una mera actuación “pour la galerie” o sea los descontentos electores que asisten impávidos, cada día a la escalada de la inflación a la par con los escándalos de corrupción...
Sin
duda asistimos a tiempos convulsos. No ya por disputas ideológicas, sino por un
nivel de agotamiento popular y de desigualdad casi sin precedentes en la
historia moderna. Llevamos años escuchando sobre la necesidad de fortalecer la
democracia. Desde los pulpitos en los jardines de Casa Blanca hasta en los
despachos de los más olvidables de los líderes políticos. Pero nadie atinó a
preguntarse cómo lograrlo.
Respuestas
que parecen cada vez más lejanas cuando todo parece ingresar en una etapa
¿Postdemocrática, tal vez? Cada vez que se escuchan discursos que son
percibidos como novedosos por jóvenes que habitan las redes hasta convertirlas
en epicentro de sus vidas y por una renovada esperanza de cambio, generaciones
de veteranos que se obstinan en renovar la fe, a cualquier precio. Aunque eso
que denominan cambio, pocos saben cómo se come…
Tal vez se podría intentar por trabajar en una revolución ética y en nuevas reglas de moralidad, en la gestión de la cosa pública como inyección anímica a un sistema, la democracia, que, a pesar de sus patologías, congénitas o inoculadas, sigue siendo irremplazable. Al menos, hasta nuevo aviso.✔