TODAS LAS REINVENCIONES DE SAN TELMO (Lectura de domingo)





Desde que se desató la pandemia, San Telmo, como otros barrios neurálgicos de Buenos Aires, se vio afectado como nunca antes desde el brote de fiebre amarilla en el siglo XIX. Los habituales turistas locales y extranjeros no llegan y el descuido de las autoridades se vislumbra a cada paso, hasta corroborar su lenta y constante degradación. Por eso para esta LECTURA DE DOMINGO, rescatamos esta crónica publicada en la revista dominical de El Universal de México,  para echar una mirada de cómo era el San Telmo pre pandémico. Al tiempo que le tomamos el pulso a los rincones de este, el  corazón histórico de la ciudad  y repasamos las distintas metamorfosis que experimentó con el tiempo. Eso para alumbrar la esperanza e ir sabiendo lo que nos espera encontrar en sus calles cuando, una vez más, vuelva a reinventarse y a brillar. 



La última reinvención de San Telmo

 

Por José Vales*

 

Aquí en la mesa del café, el tango no se escucha pero se respira. San Telmo tiene esa manía. Huele a tango. Está en su ADN desde  alguna de sus tantas reinvenciones.  Desde que Buenos Aires recibió las partes que lo componen en forma de acordes y compases, llegadas desde cada una de las culturas que le aportaron algo. Desde Europa y desde África, desde Andalucía y desde La Habana o vaya a saber de dónde más. Aportes musicales que fueron amarrando en una costa sin encanto, donde hoy se tiende de sur a norte la avenida Paseo Colón. Por entonces, cuando la zona ya había dejado de ser Los Altos de San Pedro, como se lo conoció durante el periodo colonial, para transformarse en San Telmo, todo era tango.


De la misma forma que antes, en el Siglo XVI, había sido el primer fuerte fundacional levantado por los adelantados españoles y dos siglos más tarde fue la parada obligada de las carretas que venían desde el viejo puerto de La Boca del Riachuelo. Llegaban con más contrabando que importaciones, hacia el corazón de la ciudad, en la Plaza de la Victoria (hoy Plaza de Mayo). A tan solo escasos 800 metros de esta mesa del bar Aconcagua, donde parroquianos y turistas, nativos y extranjeros, suelen tomarle el pulso a estas 36 hectáreas de extensión en las que tuvo lugar la génesis nacional y donde todo fluye en vías de una transformación constante. 

 

San Telmo, ya se había reinventado entonces cuando era barrio de negros esclavos y libertos hacia 1820 y volvería a reinventarse, décadas más tarde, como zona de residencia de familias patricias. En 1876 la fiebre amarilla obligó la diáspora e incrementó la oferta habitacional para que esas mansiones abandonadas de los años de la opulencia austral -y de la que aún quedan vestigios concretos-, pasaran a ser raídos inquilinatos en los que se agolparon inmigrantes europeos y obreros portuarios.

 

Trabajadores de variados orígenes que, hasta buena parte del Siglo XX, terminaron procreando algo parecido a una identidad. Lo que se dice una cultura forjada si, en la diversidad. 

 

Es evidente que a San Telmo y al tango, los caracterizan una generosidad sin límites. Por sus calles adoquinadas y sus faroles que imitan a los de otro tiempo, ya no se escuchan ni se alumbran polcas o canzonettas. El blues y cumbias en todas sus variables, el jazz y el vallenato, el rock y el reggae, terminaron por hacerse un lugar junto a cuanto ritmo recala nuevamente en este pedazo de la ciudad que se ufana históricamente de ser “un crisol de razas” y que todo lo guarda. Desde el andar erguido de Carlos Gardel y la exploración tanguera de Robert Duval, hasta las noches en el Viejo Almacén de Vittorio Gasmann o los paseos cotidianos de Francis Ford Copolla durante ese 2007 que vivió en Buenos Aires para filmar “Tetro”.

 

O las visitas gastronómicas de Lula Da Silva o de Bono, en la concurrida parrilla La Brigada, a pocos metros de esta mesa del Aconcagua, donde Don Vila, de 78 años nacido y criado en estos adoquines, asegura que “San Telmo, si no se reinventa, no es”. Lo afirma desde la barra del como si estuviese en el púlpito y como si en las mesas se ubicara el resto del curso. 

 

“La última transformación del barrio, tuvo lugar en 1978. Cuando la dictadura militar construyó la autopista que obligó a demoler casas, inquilinatos y edificios históricos. Además ensancharon  dos avenidas, Independencia y San Juan. Eso acabó con el barrio como se lo conocía y con el mercado como centro neurálgico”, explica con una envidiable parsimonia, Don Vila. En otra mesa, su amigo Carlos Pérez, copa de vino en mano, no lo escucha.

 

A sus 84 años, seguirá repitiendo una y otra vez hasta la media noche que en los años 40 fue jugador de Racing, al lado de su amigo de la niñez, Héctor Uzal, aquel que brillara en las Águilas del América entre 1954 y 1956 y que “vive en México desde entonces”. Pérez es el prócer futbolístico del barrio desde que en 1949, integró el equipo del San Telmo campeón y en el 56 y el 61 logró la hazaña de dos ascensos, de la tercera a la segunda división, como entrenador. 

 

El salón del Aconcagua, como el resto del barrio, suele estar cada vez más frecuentado por turistas, y de nuevos vecinos que obligan a Pablo y a Daniel, los meseros a tener que apelar a sus recursos en otros idiomas o a los amigos bilingües. Pero eso no es un impedimento para que un actor lea un libreto y un artista plástico tire líneas con el lápiz en algo que pronto será un boceto o la cerveza sirva de excusa para que un par de trúhanes arranque a planificar el siguiente golpe. Mientras tanto, en la mesa de la ventana de la calle Bolívar, Rubén Brac y Leandro Duba, ultiman los detalles para la apertura de un nuevo bar, que no será uno más de los cientos que pueden ayudar a cualquier defeño a no echar de menos La Condesa. Sino una empresa recuperada más, de aquellas que sucumbieron con la crisis de hace 10 años. Brac, trajina estas calles desde la adolescencia, cuando los días eran portuarios y las noches para el Café Concert, como en los 80 fueron para albergar al rock en español. En eso le cupo cierta responsabilidad, ya que en su local de Defensa 740 debutó la banda Virus y otros legendarios rockeros nacionales.

 



“La última transformación del barrio, tuvo lugar en 1978. Cuando la dictadura militar construyó la autopista que obligó a demoler casas, inquilinatos y edificios históricos. Además ensancharon  dos avenidas, Independencia y San Juan. Eso acabó con el barrio como se lo conocía y con el mercado como centro neurálgico”, explica con una envidiable parsimonia, Don Vila. En otra mesa, su amigo Carlos Pérez, copa de vino en mano, no lo escucha.



 

Fue en esos años cuando estas calles convocaban a la bohemia para albergar otra oleada de residentes entre músicos, artesanos, escritores, actores y artistas plásticos. 

 


San Telmo. Un domingo cualquiera antes de la pandemia.



 

En la semana, todo desfila por el café, como los domingos todo ocurre por la calle Defensa. La arteria principal del barrio, alguna vez llamada Calle Real (Mayor más luego) y ese día es cuando los anticuarios y los artesanos se mezclan con los ambulantes para tratar de pescar algo de esa marea humana que suele deslizarse desde la Plaza de Mayo hasta el Parque Lezama. Allí donde alguna vez, Ernesto Sábato y Jorge Luis Borges, midieron sus cuitas literarias, pasando por el mercado de la Plaza Dorrego, otrora el Alto de las Carretas, donde anida un espíritu similar al tan parisino Marché Aux Puces de Clignancourt o al bazar del Sábado de San Ángel, pero siempre en domingo.

 

A los vecinos más veteranos no los sorprende esta metamorfosis del barrio más tradicional de Buenos Aires. Después de todo fue aquí donde todo comenzó como ciudad y como país. Fue aquí donde por primera vez se reconoció la Independencia en la colonia y donde arrancaron los cacerolazos que el 19 de diciembre de 2001, hicieron estallar al país hasta acabar con varios gobiernos. Por eso no les extraña tener que ser testigos de cómo su barrio, el más tradicional y más tanguero, se transforme en el más cosmopolita de la capital argentina, sin perder sus aires de bohemia.  

 

El amor en tiempo de tango


“Hoy en San Telmo no se habla sólo español y lunfardo (el argot porteño), sino todos los idiomas inimaginables”, reflexiona como un augurio Brac, unos minutos antes de que Sussane Lorenz, una coreógrafa y bailarina de 38 años, oriunda de Hamburgo, ocupe una de las sillas para contar por qué “se enamoró del tango y de San Telmo”.


 


San Telmo y el tango. Dos caras de una misma moneda.



Hasta 2005, trabajaba en la Opera Nacional de Hamburgo como productora. Uno tiempo antes, una amiga le había propuesto solucionar su solitaria vida amorosa, proponiéndole: “Sussane tú no tienes novio, ándale vamos a bailar tango…”, recuerda, ahora, bebiendo agua mineral.  “No conseguí novio pero me enamoré del tango. Estudié cinco años en Alemania y decidí venir a Argentina a conocerlo todo. Cuando me senté por primera vez en el Bar Británico, sentí que todo se movía despacio, en tiempo de tango, con una vibra muy particular. No la sentía en ningún otro lugar de Buenos Aires. Después me enamoré de este Bar y de San Telmo, mi lugar en el mundo”. 

 

Mientras Lorenz enumera sus próximas actuaciones, Ricardo Carrera, recorre las mesas buscando alguna actividad para salvar el día. Lleva en la mano un ejemplar de TELMA, la revista barrial que dirige Catherine Mariko Black, oriunda de Hawai y desde hace unos años porteña por adopción. A Carrera nadie lo conoce por su nombre. Goza de una fama bien ganada en el barrio por ser un vecino respetado y el mendigo más ilustre y querido. Duerme, como algunos otros vecinos, en la calle. Al menos desde los días en que Carrera dejó de ser Ricardo para reconocerse en su apodo, “Pichín”, cuando trajinaba el legendario Mercado, cargando bolsas de papas, cajones y medias reces vacunas para las carnicerías. 




En la semana, todo desfila por el café, como los domingos todo ocurre por la calle Defensa. La arteria principal del barrio, alguna vez llamada Calle Real (Mayor más luego) y ese día es cuando los anticuarios y los artesanos se mezclan con los ambulantes para tratar de pescar algo de esa marea humana que suele deslizarse desde la Plaza de Mayo hasta el Parque Lezama. Allí donde alguna vez, Ernesto Sábato y Jorge Luis Borges, midieron sus cuitas literarias, pasando por el mercado de la Plaza Dorrego, otrora el Alto de las Carretas, donde anida un espíritu similar al tan parisino Marché Aux Puces de Clignancourt o al bazar del Sábado de San Ángel, pero siempre en domingo.




 

El Mercado de San Telmo, el más emblemático de los de su especie y patrimonio histórico de la ciudad, es una suerte de Coven Garden porteño, cuyos dueños descendientes de la familia Devoto, son mexicanos. Como mexicanos son Juan Miguel Fernández Pérez y su amiga, Luz Jiménez, quienes hacen un recreo en el mercado mientras buscan apartamento porque están decididos a estudiar en la Universidad del Cine, donde el 74 por ciento de los alumnos matriculados en primer año son extranjeros. A él San Telmo le late a Coyoacán y a ella, “algo que tenga que ver con el centro histórico”. Cuestión de ópticas. 

 

Preludio y arraigo

 

Erigido en 1897, con el aluvión migratorio, el Mercado fue el motor de San Telmo hasta fines de los 70 y hoy es casi un atractivo apéndice que no termina de definirse. Es que pudo haber tomado el destino de su émulo británico o de La Boquería, en Barcelona, pero terminó anclando en un mercado de pulgas.

 

Frente a una de sus entradas, la de la calle Defensa, uno tiene que tomar a la izquierda y caminar 350 metros para llegar a la intersección de la calle Chile, y conocer el edificio y las aceras donde Mafalda jugaba con Felipe, Susanita y Manolito. En el portal donde vivía y creaba mundos el dibujante Quino. Allí se levanta una estatua de la niña argentina más famosa en el mundo entero. Pero justo enfrente del mercado, en un edificio que pudo estar levantado en La Habana Vieja pero está aquí, necesito esquivar a un grupo de jóvenes colombianos, empinando botellas de cerveza como si estuvieran en el muy bogotano parque de la 93, para timbrar en el cuarto piso, donde 94 escalones después, Javier Herrera, me recibe con un mate en la mano y unas cerdas de pelo de caballo en la otra.


La Feria de los domingos en la Plaza Dorrego. 



A sus 36 años, Javier lleva 12 viviendo y ejerciendo su profesión de lutier. Él construye y repara violines y cellos, violoncelos y contrabajos de todo origen. Nacionales o de donde lleguen. Del Teatro Colón, de la Filarmónica de Berlín o bien desde la ciudad de Guatemala donde hace unos meses inauguró unos talleres de formación de lutieres para jóvenes. Desde que visitó estas calles por primera vez a los cuatro años y de la mano de su abuelo, dice que no concibe su vida y su profesión en otro lado que no sea San Telmo. “Si no estoy aquí me falta el oxígeno. Acá me conocen todos y me saludo con todo el mundo. Eso no me pasó viviendo en otros lados”, jura mientras acaricia un pedazo de madera noble que en unas semanas más sonará con la magia propia de un violín.

 

“A cambiado mucho” -acota no sin un dejo de nostalgia- “Yo tengo clientes, músicos, de varios lugares de Europa que decidieron radicarse no en Buenos Aires, sino en San Telmo” asegura Herrera, en la misma mesa de trabajo en la que en 2002, recibió a Mstislav Rostropovich en su última visita a la Argentina.

 

“Me llamó un amigo desde el aeropuerto, diciendo que tenía un músico ruso con un violoncelo golpeado con un problema en el mástil y que era urgente. Llegaron al rato y cuando los recibo no lo podía creer. Iba a reparar un Stradivarius y su dueño era  Rostropovich. Yo me quería caer de espaldas, él aceptó gustoso un mate y después lo probó tocando la suite número 1 preludio de Bach”, rememora Javier su máximo trofeo barrial.



El orfebre Juan Carlos Pallarols trabajando en su atellier. 



Cincelando la vida en la “Babel porteña”

 

A escasas dos cuadras del taller de Herrera, desde un primer piso, otras manos trabajan otros materiales y otros ojos miran por la ventana la copa de los árboles de la Plaza Dorrego. No es domingo y no hay feria. Hay mesas y comensales y un bullicio que trepa sin molestias, por el balcón. Esas manos y esos ojos son los del maestro Juan Carlos Pallarols.

 

Como su padre y como su abuelo, Pallarols es el encargado de diseñar y confeccionar el bastón de mando de todos los presidentes argentinos y el cáliz que la Argentina le regaló al papa Benedicto XVI y piezas de orfebrería esparcidas por todo el mundo. 

 

Descendiente de catalanes, sexta generación de orfebres y plateros, Pallarols, recorre el planeta con su arte, pero siempre canta “Volver” A su atelier y a su taller. Por esas cuestiones del arraigo. Ese espacio es parada obligada de presidentes y artistas de todas las latitudes que vienen a ver como Pallarols cincela la vida. A todos recibe gustoso como lo hace con cualquier vecino con quien sabe que va a gozar de la charla. Allí entre objetos de plata y otros metales  entre los que se destaca la máscara que su padre, José, había tomado del rostro del cadáver de Eva Perón para hacer un mausoleo. El proyecto quedó trunco tras el golpe militar de 1955 y él pudo rescatarlo como rescata, su historia en San Telmo.

 

“Yo vivía en Lomas de Zamora y venía a los anticuarios de aquí que eran mis clientes. En 1969 un amigo, el arquitecto José María Peña, me llama para exponer en la plaza. Fue la primera vez que se armó aquí abajo una feria. Fue tal el éxito que se decidió seguir un mes más y desde entonces nunca paró. Ahí está todos los domingos”, en otra de las tantas reinvenciones.

 

A Pallarols le duele Buenos Aires. Pero más le duele San Telmo. “Las autoridades no hacen nada para conservarlo mejor”, se queja. Aun así, asegura que “no podría irme de aquí aunque quisiese. La arquitectura, sus calles, la gente, es única a pesar de las transformaciones”. 

 

En aquel 69 y por varios años montaba su puesto de tallas en la esquina mirando para el balcón. “Me había enamorado de esta propiedad que era una cantina italiana muy mal tratada. Dije algún día será mío…” 

 

Y así fue. La compró, la recicló y allí está. Años después, estando en Barcelona, frente al edificio de la calle Sant Pere mes alt donde Vicente Pallarols, el abuelo de su abuelo, había arrancado en 1735 con la tradición familiar en la orfebrería, se quedó estupefacto. “el frente era muy parecido a este…”, recuerda aún con cierta cuota de incredulidad.

 

De España, mucho más acá en el tiempo, en el 2000, y más precisamente desde el País Vasco, había llegado Borja Blázquez. Por entonces no era una de las figuras más destacadas de la señal de televisión por cable, Gourmet, por el que hoy lo reconocen cuando recorre en las mañanas la calle Bolívar al salir de su casa.

 

“Al poco tiempo de estar trabajando aquí, sobrevino la crisis en el país pero yo seguí adelante. Me instalé a pocos metros de la Plaza Dorrego y del Mercado y desde entonces “es mi barrio”.

 

Y su barrio está cerca del amarradero de veleros de Puerto Madero. Donde tiene su embarcación esa con la que disfruta su otra pasión, la de navegar por ríos y mares, como capitán de su propio destino, amén de comandar un espacio entre cacerolas y sartenes o investigando y difundiendo los aspectos químicos de los alimentos, o los secretos de la profesión aprendidos casi de adolescente con José María Arzak o Martín Berasategui en su añorado San Sebastián.

 

De Buenos Aires le gusta todo, como le gusta todo de México y mucho de América Latina. Dueño de una simpatía que excede los set de televisión, la charla con Borja transcurre entre anécdotas y secretos culinarios pasando por los duros comienzos en Argentina y aquello que más le gusta de San Telmo. “Es un lugar donde un poco se encuentra la muestra en escala de lo que es la Argentina social y culturalmente. Aquí están todos los tipos del país representados”. 

 

 Todos anidan en el corazón del barrio de San Telmo donde todo comenzó y donde todo transcurre en plena transformación. Sólo hasta que esta “Babel porteña”, como alguien lo grita entre las primeras y etílicas luces que anuncian la noche en el “Aconcagua”, tenga que reinventarse una vez más.  

 


 Bar Aconcagua. En sus mesas se le toma el pulso a San Telmo.



*José Vales es corresponsal de El Universal en Sudamérica, con sede en Buenos Aires. Vivió y trabaja en San Telmo desde que regresó a Argentina en marzo de 2000. Ama a Racing por sobre todas las cosas y  en los ratos libres, cuando no escribe ni lee, tuesta café de los orígenes más remotos, aunque en el Aconcagua cata otro tipo de populares bebidas. . 

 

Buenos Aires, Enero de 2012.