LECTURAS DE DOMINGO: UN RELATO DE LA PATRIA
Foto Alberto Halliasz.
De fútbol, militantes y locura
Todo fue por amor
Por José Vales
Hay personas a las que este paréntesis sanitario las encontró en forma. Entrenadas para el cúmulo de nimiedades con que llenan sus monólogos, sus discusiones a diario. Ahora, el tiempo les sobra. Pero siempre se las ingeniaron para hacérselo a como dé lugar. La vida me las puso de obstáculos a sortear cada mañana en el bar de la esquina. Ahora, que no podemos pasar de la ventana, por las restricciones, parece que el frío las hizo profundizar un poco más. Como si amagaran a elevar el nivel de la conversación.
—¿Y vos qué fue lo mejor que hiciste por amor?, me preguntó el más sesudo de los habitúes mientras se refregaba las manos.
— ¿A Mí me preguntás...? Respondí mientras mi mirada suspendía la inspección de un libro que acababa de encontrar en la calle. El que lo tiró o lo
perdió, no sabía lo que hacía. Era "Caterva" de Juan Filloy. Y yo ahora ahí, rodeado por los integrantes de mi propia caterva diaria, pero sin el gran Longines o el bueno de Katanga, personajes arquetípicos de esa obra del gran Filloy.
Tomo el recaudo de colocar el libro boca a bajo, para que no se les ocurra pensar que el Pato Fillol llegó a escribir como atajaba y así no desviarnos del tema, antes de responder:
—Colarme en un avión...
—¿Te colaste en un avión? Me estás jodiendo. ¿Y todo eso por una mina?
—No te estoy jodiendo y la verdad, mina no era. —Traté de aclarar.
El acto en cuestión fue como consecuencia de alguien a la que la nueva ley de identidad de género no contempla. Al menos por ahora.

En fila hacia el avión en el aeropuerto de La Rioja. Hoy como ayer.
Se miraron raro, los miembros de mi propia caterva. Esa que acompaña mi café de todas las mañanas. Conociendo la materia prima de sus obviedades, sé que no se animaron a verbalizar lo que pensaban, “O lo hizo por su vieja o, acaso, por un traba…”.
Decidí romper el silencio y confesarlo con lujo de detalles porque así somos nosotros.
—Me colé en un avión y lo hice por mi patria…
— Pero quién sos, Dardo Cabo, la concha de tu madre… -me espetó el más politizado del grupo.
Confieso que me arrancó la primera sonrisa de la mañana.
— Ponele… Nunca me habían piropeado de esa manera...
Dardo Cabo fue un periodista y militante de la resistencia peronista que, en 1966, junto a un grupo de compañeros desvió un avión de Aerolíneas Argentinas que desde Aeroparque se dirigía a Río Gallegos para aterrizar en las Malvinas.
Siempre sospeché que, de haber sido contemporáneo de Cabo, hubiésemos mantenido alguna que otra diferencia táctico-religiosa-ideológica. Pero siempre hay que valorar al que se juega la vida por sus ideales, católico o agnóstico, y más cuando lo hace por su patria.

A colarse se empieza por el barrio.
-Lo mío también fue en Aerolíneas, pero a mí no me daba para desviar el avión hasta Avellaneda. Solo me alcanzaba para colarme que no es poco. Uno, cuando decide militar, hace todo lo que esté a su alcance. Y yo, por lo único que puedo militar en esta vida es por Racing.
—Vos sos loco, cómo te vas a colar en un avión por esa murga…
Apoyé el libro sobre el ventanal, antes de exclamar: “Tengan en cuenta que la locura no es para cualquiera, hay que merecerla y un poquito más de respeto con Racing… que fue el gestor directo de mi personalidad. Soy lo que soy gracias a esa murga. ¿Ta claro?”.
Si hubiesen conocido un poco mejor mi pasado, hubiesen entendido por qué en la facultad me llamaban “loco”, pero no me sobraba el tiempo.
Tampoco me iba a poner a recitarles la rica historia del club de mis amores. Ni contarles que nació de estirpe conservadora, para pasar a ser, luego, el eslabón futbolístico del peronismo y, con las décadas, el fiel reflejo del país en ese deporte. Ya sabían hasta el cansancio que a pesar de los 35 años sin campeonatos, su gente, mi gente, protagonizó todo tipo de proezas. Al punto tal que si no hubiese existido la pregunta ahora, como surgió hace unos años, aquella, mi gesta en aquel avión, corrió el riesgo de perderse entre esa multitud. Responsable de la única construcción colectiva posible en este páramo de las ideas que no nos cansamos de habitar: la pasión.
—¿Cuándo fue que te colaste?
—Aquello ocurrió el 22 de diciembre de 1988, pero ahora que lo pienso, tenía sobre mis espaldas un gran training en eso de andar colándome para ir al encuentro con “La Academia”.
Recuerdo una de las primeras veces, en esa ocasión me ayudó mucho ser local, el conocer el terreno. Racing venía a San Martín. Era un viernes a la noche contra Chacarita. Yo era uno de los rara avis del barrio, porque no era bostero y tampoco de Chaca. Pero como los de Racing somos los más parecidos a los soldados de Pancho Villa que se pueda encontrar por aquí abajo, pude convivir. Claro que después de varias cagadas a palos. Nosotros podemos estar rodeados de bosteros y amargos, o en el patíbulo con el jefe del pelotón diciéndote “si te arrepentís te perdonamos la vida” e igual vamos a gritar: “aguante la academia” de la misma forma que los revolucionarios mexicanos gritaban “Viva Villa…” en el momento exacto que eran fusilados por órdenes de su propio jefe. Gracias a esa actitud, no exenta de golpes, pude ganarme cierto respeto de los muchachos al mando de Raúl Escalante, más conocido en el mundo barra brava como Muchinga.
—Oiga, Jose, pero qué tiene que ver esa vaina de Chacarita y ese barrio con el avión, no joda… —Me reclama John Jairo, un colombiano que lleva años anclado por estos andurriales.
—Oiga mijo, fresco que todo tiene que ver con todo… -le contesto a John Jairo en clave paisa como para que no eche en falta ni la avenida las Palmas ni la Comuna 13. Continúo:
Esa noche podíamos entrar de garrón o de gorra, porque conocíamos hasta el intendente del estadio. Pero colarse tenía otro gustito. Con Luisito, acampamos desde bien temprano debajo de los tablones, escondidos en un recodo de las boleterías visitantes. Esperamos hasta que abriesen las puertas y con las primeras almas poblando las tribunas, salimos con cuidado y nos sentamos quietitos, hasta que todo se convirtió en un enjambre humano y nos perdimos como puntitos en las gradas. Eso hasta que antes de sonar el silbato del árbitro, la hinchada de Chaca se cambió de cabecera, pasando por debajo y se armó la bataola, para que unos y otros hicieran honor a su origen. Corrimos con Luis hacia la tribuna local, donde no pude gritar el gol de Hugo Gottardi, que terminaría dándonos el triunfo. En el segundo tiempo, penal para Chaca, que nos cascoteaba el rancho y Luis Barbieri se lo ataja a Jorge Buzzo. A esa altura ya estábamos en la platea impregnándolo todo con nuestro fervor y como corresponde: colados, pero de felicidad.
Me duró poco esa felicidad. Al llegar a mi casa, mi vieja (“mi cuchita”, para que me entienda John Jairo) que me había buscado desesperadamente hasta con la policía, me recibió acorde a aquellos tiempos: a rebencazo limpio, mientras me recitaba el edicto matriarcal: “Me tienes patilluda con el fútbol y con ese Racing de la hostia…”.
Nada importaba. Entre lágrimas, había jurado seguir reincidiendo. Ya llevaba un tiempo, avisando en casa que me iba al parque Saavedra porque teníamos un picado con los de Villa Urquiza, pero enfilaba para la Estación San Martín, sin el más mísero centavo. Los mayores me habían enseñado que “el mayor problema de viajar colado en el tren es que te pesquen…”.
Era mejor alumno ahí, en ese curso a cielo abierto que en la escuela. Con el tren detenido esperaba a ver en qué vagón estaba el guarda (“chancho” en nuestra jerga) y me ubicaba en el otro extremo de la formación. En cada parada me iba moviendo de vagón sigilosamente para dejar al chancho siempre atrás, porque lo único que iba a picar si me interceptaba, a falta de mi boleto, era la cabeza.
Así llegaba a la muy británica estación Retiro, sin el más mínimo control en un domingo. Raudamente me dirigía a la parada del 22 desde hace unos años rebautizado como “El Milito”. Ahí había que esperar a que subiera una horda de pasajeros para que mi humanidad de 11 años se escabullera hasta el fondo del colectivo, sin que me detecte el chófer. Ocupado en picar los boletos, cobrar y dar el vuelto, como era de rigor en aquellos tiempos.
...Somos los más parecidos a los soldados de Pancho Villa que se pueda encontrar por aquí abajo, pude convivir. Claro que después de varias cagadas a palos. Nosotros podemos estar rodeados de bosteros y amargos, o en el patíbulo con el jefe del pelotón diciéndote “si te arrepentís te perdonamos la vida” e igual vamos a gritar: “aguante la academia” de la misma forma que los revolucionarios mexicanos gritaban; Viva Villa…” en el momento exacto que los iban a fusilar...
Si no tenía la dicha de la aglomeración, tenía que sacar a relucir las únicas cartas que nos barajaba el día a día por entonces. La sinceridad y, sobre todo, la autenticidad. Le pedía al chófer si me llevaba hasta Avellaneda. A veces había alguno que se apiadaba. O bien por buena gente o porque padecía la misma patología que yo: racinguismo agravado por la lejanía y la pobreza.
La empresa no terminaba allí. Para entrar al Estadio, había que pedirle a un mayor que fungiera de acompañante, porque los menores acompañados de mayores no pagaban. Años después, había que juntar paciencia al lado de la ventanilla, mendigando las monedas de los que compraban la boleta para poder costearme la entrada. De lo contrario, había que entrar con el malón de la barra brava o, como otras tantas veces, quedarse del lado de afuera condenados a descifrar los murmullos y los gritos que llegaban desde la vida misma, tribunas adentro.
Eso demuestra que en la cancha también nos fuimos acostumbrando a vivir del lado de afuera y aprendiendo a alimentar esa rebeldía contra el destino que nos había transportado hasta este momento. El inmediato posterior al primer sorbo del café…
—¿Y entonces qué con el avión? -vuelve a la carga el paisa.
—Oiga no sea metiche… pues.
Aquel jueves 22 de diciembre del 88, veníamos de mitigar la sequía con la Supercopa que se ganó en Brasil, pero yo ya no estaba del lado de afuera. Estaba lejos. Ya tenía para no tener que volver a colarme, pero en La Rioja, donde estaba haciendo la mejor experiencia periodística de mi vida. Había cinco vuelos semanales hacia Buenos Aires y yo ya había arreglado con el director los días de permiso para estar justo en el partido con Boca, por la última fecha de la primera mitad de ese campeonato confeccionado a medida para el hoy diputado Carlos Heller, otrora vecino de Villa Maipú como tiempo después se los diseñaban para un tal Mauricio Macri, no sé si les suenan los nombres. Eso sí, todo hecho con el arte de un verdadero sastre por Julio Grondona.

Ahí donde se representa la vida misma en 90 minutos.
Teníamos, nosotros, que festejar y agradecer a ese equipo con Rubén Paz, Colombatti, Walter Fernández, el Pato, que de la mano del Panadero Díaz y el Coco Basile, nos venía dando una felicidad tras otra. No sólo en resultados sino en el juego. Nunca fui más feliz en una cancha de fútbol que con ese equipo.
Me fui a las oficinas de Aerolíneas a comprar el pasaje. Nada. Todo el mundo iba y venía en vísperas de Navidad. En bus no llegaba porque mi permiso arrancaba el mismo jueves. Auto no tenía y todavía el entonces gobernador, Carlos Menem, no había presentado los vuelos por la estratósfera.
Voy a ver al gerente de Aerolíneas, que me ratifica la imposibilidad de viajar porque “no hay pasajes y la lista de espera está a tope…”, pero el buen hombre me tira un dato que, a esa altura de los acontecimientos, pagaba más que el caballo del “Topo” Sanguinetti en la sexta de Palermo. “Hay un lugar hasta Catamarca (donde el vuelo hacía escala), pero se ocupa allá, sí o sí”.
Si no tenía la dicha de la aglomeración, tenía que sacar a relucir las únicas cartas que nos barajaba el día a día por entonces. La sinceridad y, sobre todo, la autenticidad. Le pedía al chofer si me llevaba hasta Avellaneda. A veces había alguno que se apiadaba. O bien por buena gente o porque padecía la misma patología que yo. racinguismo agravado por la lejanía y la pobreza.
Recibí aquello como el último halo de esperanza. Lo peor que me podía pasar era quedarme en Catamarca y volverme a casa por tierra. Estaba dispuesto a comerme una cana, si se daban cuenta de que no figuraba ni en la lista de pasajeros. Pero así es la militancia. Uno está jugado cuando la patria te declama y esa tarde era contra Boca, el símil argentino del famoso equipo de régimen que llegó a ser el Real Madrid durante el eterno franquismo, y nosotros... Nosotros punteros, ganadores, como nunca antes desde 1967.
Aquel jueves, no dormí. Me fui temprano para el aún hoy modesto aeropuerto riojano. Sabía que un empleado o empleada de Aerolíneas se paraba en la puerta de acceso a la pista, para controlar los boarding pass. A la derecha de esa puerta, está la barrera de acceso de autos oficiales y otros transportes a la pista, la que se recorre a pie hasta la escalerilla del avión.
Me juego a preguntarle, nuevamente, al gerente que estaba allí despachando el vuelo. “Nada, flaco. Te quedas en La Rioja y los ves por televisión…”.
“Televisión las pelotas…” Sólo necesitaba que la que se aprestaba a controlar los boarding le diera la espalda a la barrera. Ahí donde siempre había alguno que esperaba o despedía a la hija o al familiar que llegaba en el vuelo o se iba a Buenos Aires. Tenía que aprovechar el mínimo descuido colectivo e intentarlo.
Mientras iban llegando los pasajeros, me encuentro con un compañero de redacción y el dueño del periódico para el que trabajaba, que iban a viajar en el mismo vuelo.
— ¿Conseguiste pasaje? -se interesaron.
—No. Pero viajo igual…
Cuando le confío mis planes, el dueño se ríe con ganas. Él también había sido militante político y había soportado otro tipo de cárceles y torturas muy distintas a las que Racing me propinó a mí muchos domingos por culpa de Grondona. Mi compañero dibujó en su boca algo parecido a un as de oro: “Yo no te conozco…”, advirtió.
Un rato después, me ven ocupar uno de los últimos asientos libres del avión. Ninguno de ellos lo podía creer. Lo había logrado. Pasé la primera etapa del operativo aprovechando que la controladora estaba de espaldas. Me había estacionado junto a la barrera, cuando se produjo un hueco en la fila india de pasajeros y vi que no era receptor de mirada alguna, me sumé a la fila a prudente distancia, trepé las escalinatas, saludé a la rubia en pleno ejercicio de sus funciones, con la mejor de mis sonrisas. Acaba de emprender el camino a mis orígenes, recuperando mi condición de reincidente. Y todo por la patria.
Estaba dispuesto a comerme una cana, si se daban cuenta de que no figuraba ni en la lista de pasajeros. Pero así es la militancia. Uno está jugado cuando la patria te declama y esa tarde era contra Boca, el símil argentino del famoso equipo de régimen que llegó a ser el Real Madrid durante el eterno franquismo y nosotros. Nosotros punteros, ganadores, como nunca antes desde 1967.
Nadie me reclamó el lugar. Dios viene tentado en hacerse de Racing, pensé. Antes del despegue tuve un minuto para acercarme al asiento del patrón y de mi compañero, y como favor, entregarles el mandato: “Si pierdo, avisen en casa y acuérdense de mandarme el paquete a la celda…”.
Todavía me quedaba lo más difícil: Catamarca.

Aquellos momentos duros que moldeaban la personalidad.
Cuando escucho la voz de la rubia, recitando el “bienvenidos al aeropuerto Felipe Varela de la ciudad de Catamarca, ya llevaba por lo menos cinco o diez minutos temblando como una hoja. Ahí me di cuenta de que la insistencia de mi tía Carmen para que me dedique al teatro, tenía cierto asidero. Aferrado a mi asiento, esperaba la definición imaginando títulos en primera plana. La sangre fluía con fuerza y esa sangre era del grupo RP+ (Racing y periodismo +). “El polizón de la Calle Martínez”, “el rancinguista que perdió al atardecer”. Elucubraba cómo haría para resguardarme de los de Crónica, tan bosteros como sensacionalistas, que no hubiesen dudado en poner “Vecino de Villa Maipú viaja de colado en avión. Investigan si pertenecía a la banda de Laginestra”.
Mientras todos me escuchaban en silencio, al John Jairo, se le iluminaban los ojitos y suelta un grito: “Mucho berraco, no joda…”
…Los pasajeros iban ocupando los asientos. Y si no infarté en ese momento, ya no infartaba más. Un señor enjuto con el pelo teñido vino hacia a mí para pedirme permiso. Tenía la posición 27A y yo ocupaba el 27C, del pasillo. “Balas que pican cerca…”, me gritaba Víctor Hugo.
El buen vecino, acomoda una bolsa con el pan dulce y un tarro de alcayota debajo de sus pies, para compartir en la Nochebuena con su hermano y esgrime el primer lugar común de lo que quedaba del viaje. “¡Que calor!”.
Y sí. Estábamos en diciembre y en Catamarca. Cuarenta grados a la sombra.
Me sigue sacando charla. Yo que sí, que claro. De Buenos Aires pero vivo en La Rioja… Hasta que se cierra la puerta del avión y la rubia vuelve a pasar contando los pasajeros. Acá cagué, me dije. Pero a esa altura Dios ya me gritaba: “Aunque gane aunque pierda no me importa una mierda, sigo siendo de Racing, no lo voy a cambiar. Somos la Guardia Imperial…”
En la trinchera...Perdón, en la tribuna. Foto de Rocío Vales.
Siempre estuve tentado en saber quién fue el que perdió el avión y por qué, para ir y darle las gracias. Aprendí allá, en las mismas calles de Laginestra, que es de bien parido ser agradecido. Por lo pronto, a mi regreso a La Rioja cumplí mi autopromesa. Me fui al aeropuerto y a la empleada de Aerolíneas que me dio la espalda con una disciplina casi militar, como si se tratase de una cómplice que no era. Le llevé de regalo un alfajor. “No piense mal y no pregunte… Menos averigua Dios y perdona”, le dejé el Havanna y me rajé. Ella sí entendió y no como ustedes…. Se lo comentó al gerente: “Pensé que era medio pelotudo pero pobre… está loco…”
Una vez en el Aeroparque, el patrón y mi compañero no terminaban de dar crédito a mi epopeya personal.
Me alcanzaron en el taxi hasta el centro, para que no volviera a tentarme y terminara colado en el colectivo. “Nos vemos a la vuelta y feliz Navidad”, me despedí.
Una hora después llegué a Avellaneda, cumplí. La tribuna era, para variar, una fiesta, hasta que minutos antes de comenzar el segundo tiempo, los muchachos desataron una intifada con piedras y cohetes. Celebré hasta que Carlos Fernando Navarro Montoya, colombiano y más pirobo que usted, John Jairo… cumplió al pie de la letra el papel asignado por Grondona y su amigo Juan Destéfano. Dijo que le explotó un cohete en el oído y tras cartón se suspendió el partido. Pero eso es otra historia protagonizada por actores de cuarta como Juan Simón y perpetrada no por militantes, ni hinchas, sino por integrantes de la mafia que regenteaba el fútbol en este país, de acuerdo al testimonio reciente de Carlos Isidro Olarán, dúctil marcador de punta, que se decidió hablar, como yo, más de tres décadas después.
Años más tarde, ya no estaba ni en La Rioja ni en Buenos Aires. Vivía en París y uno de los dos testigos presenciales del hecho, mi compañero que compartió aquel vuelo sin querer conocerme, también vivía allí. Me invitó a una cena en su casa en el Barrio Latino, junto a diplomáticos rumanos y húngaros y a otra pareja francesa.
Cuando promediaba una velada por demás agradable, el anfitrión les pregunta a los invitados: “¿Ustedes conocen a alguien que se haya colado en un avión…?”
Yo me quedé con el sorbo de Beaujolais Nouveau atragantado. Todos se sorprendieron y negaron al unísono.“Yo sí…. El señor…”, y me señaló con el dedo el muy turro. Me vi obligado a repetir aquella gesta por primera vez. Nunca imaginé que iba a llegar tan lejos.
En eso, la embajadora rumana, que lo vio como algo exótico, casi como una locura, en definitiva, me repitió dos veces:
—¿Por qué lo hizo?
—Por amor… -no dudé en responder.
—¿Pero qué tiene que ver el amor con el fútbol?
—…
Le regalé una diplomática sonrisa como toda respuesta. Era entendible. Para ella ese hecho había ocurrido en el culo del mundo. Cómo explicarle que en estas tierras por lo único que valía la pena jugarse, ya por entonces, no podía pasar de eso que formateó algo parecido al estoicismo.
Estaba seguro de que iba a meterme en un berenjenal para explicar el peronismo, eso que llaman argentinidad, aquello de que el fútbol es la representación de la vida misma en 90 minutos y lo más importante: que en definitiva le fui leal a la única patria que he reconocido a lo largo de mi vida: Racing…
Entonces sí. Recién ahí, la caterva del café de la esquina entendió el porqué del apodo que me acompaña desde mis días de estudiante y lograron llegar a la unívoca conclusión de que me lo merezco con creces.✔
El colombiano Carlos Fernando Navarro Montoya en pleno acting