LECTURAS DE DOMINGO: LECCIONES PARA NO CHOCAR LA CALESITA

La
culpa no es del calesitero
Por José Vales
Desde tiempos remotos en mi memoria, vengo escuchando la misma recurrencia que, por falta de originalidad y gracias a ese “deporte nacional” de la repetición, pasó a integrar el manual de la fraseología nacional. “Chocan la calesita…”. Y todo para referirse a los gobernantes de turno a la hora de evaluar su fracasada gestión. Cómo si chocar un carrusel o tiovivo, como se le conoce en esas partes del mundo donde los argentinos importamos cada vez menos, fuera cosa de niños. Deberíamos demostrar que es cosa de grandes y que su conducción no dista mucho de la de administrar, sí, administrar, un país. Y que la calesita no choca. Salvo un milagro.
Bueno, ya que insisten… Ahí vamos.
Una calesita es para uso y disfrute de niños, es verdad. Desde
que la modernidad, primero, y la revolución industrial, después, la liberó de
los espacios palaciegos destinada a los entrenamientos militares. Todo para
mostrarle al vulgo cómo se ganaban y perdían las batallas en la edad media y
más acá también. Esto hasta que en 1837, un alemán…
—¿Carlitos Benz?
—No, Benz, no.
—¿El nazi de Hitler?
—Era austríaco, Hitler, y por entonces todavía no había
nacido… Escuche, no sea ansioso. Eso le pasa por no tener clases…
—¿Schumacher?
—No interrumpa, pibe. Era Michael, pero no Schumacher. Dentzel.
Michael Dentzel, se llamaba.
Ese fue el señor que decidió optimizar su fábrica de carros,
construyendo además animalitos de madera y la plataforma rotatoria para la
calesita, con lo que sus vecinos, necesitados de emprender y de generar nuevos
negocios, comenzarían a salir en carro y de feria en feria, hacia Baden Baden,
Stuttgart o Múnich con el único fin de divertir a la monada y hacerse de unos
marcos.
Aquel fue el primer antecedente de la calesita como diversión y
negocio. Los Dentzel cuentan ya cinco o seis generaciones fabricando calesitas.
Primero en Alemania y desde 1850 en Estados Unidos. Llevan construyéndolas casi
el mismo lapso que nosotros ocupamos en aprender a chocarlas.
¿Pero qué es lo que pasa? ¿Cuál será el fenómeno que hace que
todos los gobernantes terminen “chocando la calesita”? ¿Será una suerte de
nuevo triángulo de las Bermudas aquí, en pleno Cono Sur? ¿O lo que mata es la
humedad? Otra destacada integrante de nuestra fraseología a la que el
dramaturgo Jorge Núñez transformó magistralmente en una pieza teatral.
En estos años, nadie se detuvo a analizar las hipótesis y mucho
menos en pensar para responderlas. Ya dijimos que si nos aficionáramos a
pensar, hace rato que hubiésemos aceptado el último esfuerzo que nos declama la
Patria: llegar a Ezeiza…
Pero no. Seguimos arriba de este carrusel destartalado que nos
convoca ahora, para ver si logramos dar con el principio activo para que otro
produzca la vacuna. Ya sabemos también que en mi país, en tu país, somos gente
por demás decente: cada vez que encontramos un empleo, lo devolvemos… Entonces
para qué vamos a seguir perdiendo el tiempo.
¿Quién no tuvo un calesitero en la familia? Se lo digo yo que
soy hijo y nieto del que repartía la sortija: primero el abuelo tuvo una tirada
a caballo. De esas que ya en la segunda mitad del siglo XIX dejaron de verse en
Europa. Las había reemplazado la maquinaria. Pero acá, el progreso estaba
demorado, como siempre, en la Aduana. ¿Si aún hoy tenemos una economía del
siglo XIX, agroexportadora para más datos, qué tenía de malo que las calesitas
no se modernizaran allá, a mediados de los 40?
A poco de bajar del barco, el abuelo encontró un hueco en un barrio que por entonces llamaban La Nada y que ahora se integró al resto del país gracias al “tipo nada” que usamos cada dos palabras. Y de la nada, changueando (trabajitos informales), pasó unos meses hasta que inauguró su primera calesita. Después, cuando el país (perdón, el negocio) progresó, dejó esa en manos de su esposa y de su hija y se lanzó a la muy coqueta Barrancas de Belgrano, con su hijo, mi padre, para levantar otra, pero a motor. La Argentina de Perón y Evita le daba de comer a ese mundo en posguerra y podíamos darnos el lujo de entrar de una vez en el siglo XX, al menos en lo que a calesitas respecta.
Vieras lo que era aquello. Una fiesta. Días peronistas, pero de
verdad. El caballo pastaba a sus anchas en las horas que nosotros cumplimos hoy
el toque de queda. En la mañana se lo bañaba y acicalaba para la actuación de
la tarde. A la de motor, la engrasaba como le habían enseñado sus paisanos a
ese gallego, buen bebedor y amigo de una lealtad inconmovible, según me llegó
de oídas. Porque se murió joven, como suelen morirse los Vales, por culpa del
tamaño de su corazón… Asuntos de la genética, dicen.
El gallego en cuestión tenía su carisma para convocar a dar,
cuanto menos, una vuelta a todo el barrio. Incluso a los chorros del barrio,
antes de que salieran para “el trabajo”. Se había agenciado una linda y cuidada
victrola, para que, convivieran Fiorentino con Pérez Prado y, más acá en el
tiempo, los chicos de la nueva ola, con la que edulcoraba sus diestros
conocimientos en “la distribución de la riqueza”.

José Vales. Uno de los numerosos ejemplos de como timonear una calesita sin chocarla.
El hombre había peleado en la Guerra Civil. Lo habían enrolado
los nacionales, o sea los fascistas. Pero a él, más gallego que Franco, y que
se distinguía por no entender un carajo de política, el instinto le decía que
en ese bando al que lo habían empujado les cargaban la mochila de un odio
intolerable. Por eso un día, a hurtadillas, se infligió un tiro en el pie para
lograr el licenciamiento y retornar rápido a la aldea para alimentar a sus
pequeños. Ya sea por derecha o por izquierda. Por izquierda sobrevivía y por
derecha se vino a estas pampas para conducir…
—Un país…
— Y dale… una calesita, pelotudo…
Y al timón de la calesita fue ecuánime como un gran estadista.
Repartía la sortija con el carácter necesario para que todos se fueran
contentos. Hasta los mayores que no tenían otra diversión que juntarse en la
esquina polvorienta de Roma y Oliveira César solían montar “los pegasos, lindos
pegasos” como los de Antonio Machado. Porque todas las noches,
indefectiblemente, la última vuelta era gratis y sonaba el tango —tal vez una
letrita al lado de lo que fue su producción— del gran Cátulo Castillo y la
música de Mariano Mores, con todo el buen gusto en los arreglos que lo
caracterizaba.
Pero él, que ni conocía a Castelao, cómo iba a saber que había
un andaluz, llamado Machado, que les cantaba a sus caballos. Lo más cerca que
llegó a estar de un andaluz fue en el teatro Avenida, cuando llevó a mi abuela
a ver a Miguel de Molina.
En cambio sus clientes, el único Machado que conocerían fue
Walter Machado Da Silva, aquel afrobrasileño que la rompía en Racing del 69 y
todo porque le había hecho dos goles al Chacarita campeón, porque si no, ni
eso.
Para entonces, la calesita de La Nada era un recuerdo como ya lo
era mi abuelo. Lástima no haberlo conocido a mi abuelo, para preguntarle cómo
había que hacer para no chocarla. Con eso hasta me hubiese ganado unos pesos
como asesor en gobierno alguno.
A esa pregunta, él, tal vez, me hubiese respondido que aquello era cómo manejar una casa, o un negocio o una cooperativa. No puedes gastar más de lo que entra, tienes que cuidar su estructura. O sea, hacerle mantenimiento a la maquinaria, cortar el césped del terreno, pintarla, para que todo funcione. Los caballos de madera deben subir y bajar. Ellos son los que te asisten en tu labor y tienen que funcionar cojonudamente. Y a tus pasajeros, contribuyentes, clientes, como quieras llamarlos, no robarles, porque confían en ti y en la música que les haces escuchar (“…la más maravillosa de las músicas…”
A no, ese sí sabía de calesitas…) para que tu tiovivo funcione siempre. Siempre que
haya energía y dinero para pagarla y que no te corten el suministro eléctrico ni el crédito.
Y así los tendrás a todos contentos. Y la manera de tenerlos felices era, precisamente, saber alternar
los discos en la victrola (hasta transformarse en lo que nunca se enteró que, sin quererlo, fue: un decente operador en el pleistoceno del universo disc jockey).
Y luego, lo más importante: distribuir equitativamente la sortija.

Chocadores contemporáneos de la calesita. Aún así y aunque con dificultad, todavía gira.
Claro está que no se puede comparar la conducción de semejante
quilombo al que bautizamos con el eufemismo de Nación a manejar una calesita.
Al abuelo no se le hubiese ocurrido ser presidente. Era gallego y a duras penas
aprendió las cuatro operaciones matemáticas y a firmar. Su misión en este mundo
no eran las letras sino aprovechar su poco y su riqueza moral para construir y
distribuir felicidad.
No es con el ánimo de fundar el Sindicato de Calesiteros, Choferes
de sulkys y Afines, sino de ayudar a ponerlos a salvo de lo que pueda ocurrir
en este tiempo de pandemias que se me acaba de ocurrir lo siguiente:
Hoy, que hay tiempo ocioso, por esto de la cuarentena, no estaría
mal que cualquier ciudadano con ambiciones políticas realizara, no ya un
doctorado, porque a muchos se les extravió hasta el diploma del secundario,
sino una pasantía. Obligatoria, eso sí, en una del medio centenar de calesitas
que sobreviven. Aun corriendo el riesgo de que, como en el “español de España”
también se le llama tiovivo, los políticos nos pongan como excusa y a coro:
“Esa materia ya la aprobé hace rato, papá…”.

Postulantes a la pasantía I. Postulantes a la pasantía II
Como hoy nos atrapó el optimismo, quizá tengamos un poco de
suerte y los aspirantes terminen por aprender a no chocarla. O al menos a
abortar definitivamente esa frase que nos hace más ruido que los ejes de la
calesita que habitamos y a la que los gobernantes se niegan a engrasar.
Prefieren ese ruido molesto y que denota peligro de rotura, cuando lo que hay
para decir es nada. Y es que así como vamos, y con Alberto Fernández al
micrófono y envalentonado con la hinchada expectante en cadena nacional, se
corre el riesgo de que los culpables de este descalabro de dos siglos terminen
siendo los calesiteros.
Ahí en la Plaza de la Misericordia, en la misma donde de
niño jugaba Jorgito, que ahora se hace llamar Francisco, pero que no es otro
que el compañero Jorge Bergoglio, hay una bien pulenta. El señor que la preside
es un fenómeno de tipo y muy querido por todos allí. Si el cargo que ostenta se
sometiera a elecciones, el hombre sería una suerte de Erdogan (18 años en el
poder) o un Manolo Quindimil (24 años al frente de un municipio) de las
concurridas plazas del barrio de Flores.
Así que tranquilamente, si lo eligen como tutor de la pasantía
les puede enseñar el decálogo del buen calesitero que me hubiese repetido mi
abuelo si yo hubiese alcanzado a ver jugar a Corbatta en su apogeo y a
preguntarle cómo se administra el asunto.
Después, claro está. Se necesita talento, poder interpretativo, sentido común, para poder trasladar los conceptos calesiteros a las cuestiones de Estado. Y eso sí que está escaso. Muy escaso. Si se pudieran hacer transfusiones de sentido común y de dotes de estadista, ahí están Pepe Mujica o Julio María Sanguinetti, en la otra orilla, pero la ciencia no llega tan lejos. A pesar de que ellos dos no tendrían inconveniente en liberar sus respectivas patentes.
El tango La calesita de Cátulo y Mores, en la voz de Hugo del Carril. (del su filme La Calesita 1963)
Pero, pasantía mediante, ya podríamos considerarlo
un avance, el que los aspirantes a gobernar entiendan que si controlan el
gasto, mejoran la estructura (de salud y educación), invirtiendo en ambos
ítems, impulsan el aparato productivo, buscan que los caballos de madera,
perdón, los ministros, no sean precisamente de madera; mantienen a la sociedad
conforme, piense como piense; pagan lo que se consume y hacen gala de una
distribución equitativa de la riqueza, entonces sí: ya podríamos hacer la
impresión de una nueva edición del diccionario de la fraseología argentanga.
Porque, obvio, las calesitas están para dar vueltas y gozar como niños, no para
que algún rústico o zafio con diploma en vanidad y venalidad logre repetir el
único milagro del que somos capaces por aquí abajo: chocarla una y cien veces.