Domingo, 23 de Mayo del 2021

LECTURAS DE DOMINGO: LAS PROFECIAS DEL CHOLO SIMEONE



LA PROMESA CUMPLIDA DEL CHOLO SIMEONE

 Por José Vales


Un día cualquiera de 1988. Subo a un taxi con el tiempo justo para ir de un lado a otro de la ciudad y ya sabemos lo que pasa con los choferes de taxi en Buenos Aires. Aquí los taxistas no sólo conducen. También escuchan la radio, casi siempre emisoras con programas inconfesables desde lo ideológico. Pero no les basta con conducir y escuchar el chiste hueco o la bravuconada fascista de la hora. También hablan. Conversan. Y lo que recuerdo, que a diferencia de otros taxistas, la de ese señor, por entonces en el cuarto piso de la vida, fue una charla agradable. Hasta que no me sacó el color de mi alma no se dio por vencido. “¿Racing?, a pero ustedes son todos locos, son muy fanáticos, fíjate que tengo el hijo de un pariente mío que vive en Palermo y juega en Vélez pero el guacho es fanático de Racing. Va a la cancha y sí pierde llora y todo. Y fíjate que  ya está jugando en la primera y rompe las pelotas con Racing…”.

Lindo dato y a la bolsa. El pibe en cuestión se llamaba Diego y era futbolista. Como el Dios de estas Pampas. Diego Pablo Simeone y había heredado el apodo de “Cholo”, por carácter transitivo de aquel Carmelo “El Cholo” Simeone que brillara en Boca en los 60 y que Don Victorio Spinetto, recordaría cuando, en las inferiores de Vélez Sársfield, lo vio jugar por primera vez a Diego Pablo, el de Palermo viejo y fana de Racing para más datos.


Pero la vida de ese muchacho era y es el fútbol. El deporte que lo practicó con el cuchillo entre los dientes hasta en las declaraciones, como un profesional implacable. Nunca había ventilado su fanatismo desde la cuna, como correspondía a los de su estirpe. Siempre que lo veíamos jugar, a favor, en la Selección, o en contra, en Vélez, yo lo sentía como uno de los nuestros, gracias al señor del taxi. Tenía el fuego sagrado de los que saben de derrotas y de sacrificio. Y uno, claro, era periodista y los datos se almacenan. Se compartían y se chequeaban. Tal vez con el café, en las redacciones o en las largas sobremesas después del cierre, en el bar de Alejandro, en México y Balcarce o en los guisos o los bifes a la hora que la gente normal solía desayunar en “El Puentecito” de Vieytes y Luján.

Por lo aires. Un campeonato, sufrido, trabajoso, casi a lo Racing. Pero que Simeone también se lo había prometido a los hinchas.


Y ya sabemos cómo es la vida del futbolista argentino. Rapidito a recorrer canchas en puertos lejanos como un comoditie más de carne y hueso. Anduvo por Pisa, Italia, hasta que la aventura del mayor de los Diegos futbolistas de por aquí abajo y sus problemas de adicción, recalaron en Sevilla de la mano de Bilardo.

Luego sí. Le llegaría la hora de estar en un club que tenía algo que ver con su idiosincrasia y con sus pasiones desde niño. Y es que si hay un club que se parece a Racing en el algún lugar del mundo, ese es el Atlético de Madrid. Por hinchada, por las características de su vida institucional, siempre enfrentando a esos monstruos como el Real Madrid, en tiempos franquistas o el Barcelona y su historia con Luis Suárez, Kubala, Cruyff, Neeskens, el diegote y la mare que els va parir.

 De la misma forma que nosotros aquí soportando al Boca del régimen de turno (porqué como llegó a decir el Loco Gatti, “Boca es la mejor droga del mundo…”) o a la amargura en tiempos de Grondona… De todo eso, de lo que significaba el Atlético y su familiaridad con La Academia, lo había anoticiado ya el Panadero Díaz. Ese primer adelantado racinguista en brillar en la orilla del Río Manzanares, allá entre 1975-77, de la mano del “Toto” Lorenzo, junto a Chacho Heredia y el Ratón Ayala, Leivinha y Luis Pereira o el bueno de Garate. Un equipazo.



Pero la vida de ese muchacho era y es el fútbol. El deporte que lo practicó con el cuchillo entre los dientes hasta en las declaraciones, como un profesional implacable. Siempre que lo veíamos jugar, a favor, en la Selección, o en contra en Vélez, yo lo sentía como uno de los nuestros, gracias al señor del taxi. Tenía el fuego sagrado de los que saben de derrotas y de sacrificio. 





Allí, en el Manzanares, “el Cholo”, fue líder, campeón, referente. Ya había ganado las dos Copas Américas y había sufrido la decepción en el mundial de Estados Unidos, aquel 7 de marzo de 1996, cuando lo llamé para solicitarle una entrevista que los jefes de la sección deportes me habían pedido desde Buenos Aires. Yo que los únicos deportes que cubría era la política y todas sus deformaciones económicas o la que se da por otros medios, las guerras, había aterrizado en Madrid, hacía una semana para cubrir aquellas elecciones donde se dio “una victoria tan amarga y una derrota tan dulce”, al decir de Felipe González, que ya comenzaba a despedirse del gobierno.

Había llegado a esa cobertura, junto a mi compañero de cientos de coberturas, el gran “Palito” Halliasz, con el tiempo justo. Veníamos de una semana en París, siguiendo la visita del presidente, Carlos Menem, regalándole dos ponis a Jacques Chirac y un par de mates al alcalde parisino de entonces, Jacques Tiberi.  Y los de Deportes nos pidieron: “¿ya que están ahí por qué no entrevistan al Cholo, A Fernando Redondo o a Juan Esnáider, ambos del Real?

Allá fuimos. El primero había sido  Esnáider, en el campo deportivo del Real.  Quien, entre respuesta y respuesta, brindó un destello de su enfermedad: Racing. Ahí comencé a entenderlo mejor.

 


Diego Pablo con Diego Primero. Detrás Fernando Redondo, en la selección Argentina.


Al otro día, nos esperaba el Cholo en su departamento. Y el chofer de taxi que habíamos contratado para trabajar todos esos días en la capital española desde que llegamos a Barajas, Dioni, era hincha del Atlético y su hijo de tan solo 8 años, fanático empedernido del equipo colchonero.  Fue “Palito” el que acercó la petición: “José, el Dioni me pide si lo podemos conseguir un autógrafo del Cholo para el hijo…”

-…”Vamos a hacer algo mejor. ¿Por qué no lo trae al crío y que él mismo se lo pida?

Ahí estaba, al otro día, el chaval, que respondió al nombre de Óscar. Serio como fiscal en la audiencia y calladito de la emoción, entrando a mi lado cuando el mismísimo Simeone nos abre la puerta.

-Gracias Cholo, buenos días. Mirá que vinimos con custodia... –Le advierto.

 Una sonrisa, un guiño cómplice como respuesta nos avisaban que ya se había dado cuenta que "el custodia" estaba en pleno proceso de cumplir el sueño del pibe, hasta que segundos después su ídolo habilitó el mate para los argentinos y un vaso de Coca Cola para Óscar, el hijo de Dioni, a quién hizo participar de la entrevista con una pregunta:

- Te acordás con quien jugamos por la Copa, ese día… Creo que fue el Brujas…

-No el Esteaua de Bucarest. Disparó rápido Óscar, aprobando el examen y conservar aquel momento en un marco y para toda su vida.

Luego, a lo largo de la entrevista, no dejamos tema sin tocar. El Atlético, la selección, Maradona, algunas respuestas off the record, y en su carácter de padre primerizo, por entonces -Giovanni, que hoy brilla en Cagliari, no había cumplido los nueve meses-, decidí jugarle la carta que uno siempre tiene que tener guardada como rigen las normas. Y la mostré junto a los rasgos de mi propia enfermedad, que no es otra que la de Juan Esnáider.

-¿Le vas a poner la camiseta de Racing a tu hijo…?

-…..

El profesional, Diego Pablo Simeone, clavó la mirada en el piso por un buen rato. Como si se hubiera tildado ante esa pregunta, que no esperaba. Fiel a su estilo, nunca había dicho públicamente por quién sufría futbolísticamente desde pibito, o lo que había llorado aquel 11 de diciembre de 1983, cuando Grondona -al que también tuvo que sufrir como futbolista-, se había dado el gusto de mandar a su equipo al descenso, hasta que esbozó una sonrisa y trató de armar una respuesta:

-…..Yo voy a querer ponerle la de Racing, pero hay que dejarlo que se ponga la que él quiera, aunque...

-Nooo. Si no se pone la de Rácing lo tenés que desheredar, como corresponde… -Le retruqué.

-(Sonrió con ganas) ¿Y vos cómo supiste que yo era de Racing? Preguntó con un dejo de alegría en su rostro como si hubiese regresado de golpe a su adolescencia. Como si de repente se le alborotaron los genes propios de la Guardia Imperial, que obligan siempre a confesar la identidad académica como si se tratase del número de documento.

La charla fluyó por varias horas hasta que me regaló el título, envuelto en una promesa: “yo voy a terminar mi carrera en Racing…” Me lo había asegurado casi de la misma manera que a su profesor de música le había respondido de niño que "para qué quiero estudiar si voy a ser futbolista", en una de sus tantas profecías.

El mundo ya estaba a escasas  horas de saber que “el Cholo” sufría por La Academia y que tal vez ahí estaba el secreto de su fuego sagrado.

Terminé aquel jueves 8 de marzo, levantando mi copa en homenaje a aquel chofer de taxi, mientras cenaba en un bar de La Gasca. Había sido él quien me había regalado aquel secreto para que lo administre hasta que llegara el momento de jugarlo. De usarlo en el momento justo para que la humanidad se entere de qué madera estamos hechos, los que nacimos con esa patología incurable con la que andamos por este mundo.



Una sonrisa, un guiño cómplice como respuesta nos avisaban que ya se había dado cuenta que "el custodia" estaba en pleno proceso de cumplir el sueño del pibe...





Luego, tardamos casi nueve años para confirmar que Simeone no solo era, además de fanático de Racing, un profesional y ganador compulsivo, sino también era un hombre de palabra. Cumplió lo prometido. Como si el título que me brindó para aquella entrevista hubiese sido un mandato. Otra profecía para auto- cumplirla. Llegó en el 2005 y Jugó 37 partidos, marcó tres goles y dos torneos, después dejó el fútbol para debutar en casa, como técnico. Lo demás es historia más o menos conocida. Como que tampoco “nadie es profeta en su tierra”, cuando tu tierra no está bien llevada.

Y así, de la misma forma que nos alegramos cuando uno de los nuestros le va bien a lo lejos. Su triunfo, trabajoso, esperado por años, sufrido, podríamos decir “a lo Racing”, es motivo de festejo y nos obliga a recordar que Simeone también se lo había prometido a los hinchas colchoneros. Como a Óscar, el hijo de Dioni, quien entre lágrimas ayer volvió a recordar aquel vaso de coca y aquella pregunta de su ídolo, y a los hijos de Óscar y a todos los hijos colchoneros. Lo que no hace más que ratificar que, por más que pasen los años, Diego Pablo Simeone, el hincha de Racing, el mediocampista que jugaba con el cuchillo entre los dientes, el alma del Atlético Madrid, el que como técnico ataca solo cuando la táctica así lo ordena, porque como suele repetir de entre casa, "con orden se vive (y se juega) mejor" es, por sobre todas las cosas, un hombre de palabra.✔