LA PATRIA AGONIZA EN EL SUELO

A LA PATRIA EN SU DIA
Está en el suelo y le siguen pegando. Todos los días, a cada minuto. Se “empatotaron” para castigarla y le dan sin asco. Hasta con cierto desprecio. Pero lo más llamativo es que a ellos algunos los pensábamos nuestros; se la creía propia a esa patota, pero es totalmente ajena. Ajena a la víctima indefensa ahí en el suelo y a esa realidad que tienen ante sus ojos y prefieren ignorarla. No es que no puedan, no la quieren ver. La huelen pero prefieren no distinguirla.
Será tal vez por el exceso de chocolate de baja calidad y tanto copy-paste de otras realidades ajenas, con
los que llenaron en las maletas de los ratos libres de la última gira europea para
pasar la gorra. O tal vez, el encierro en los despachos desolados, o entre esa militancia que hace tiempo decidió ya que “la pizza con champagne” ya fue hace
rato. Ahora es tiempo de choripán con "lemoncello",
musicalizado no ya con Ricky Maravilla como en aquellos años donde se construyó
la matriz de este presente, sino con un "reggaeton"
que te siga vaciando la maquinaria deductiva. Efectos directos de la única
política de estado que sabemos mantener, la devaluación económica, cultural y
ética.
Y es que la música y la poesía, puede lubricar las ideas y el
ímpetu para la bronca. Porque hasta la protesta se la produce en serie. Con
cuidados casting para mitigar el aburrimiento barrial y esa, junto a la de
pobres empadronados. Fue esa la única industria más o menos organizada que
supimos conseguir en varias década.
Le dan sin asco a la patria, justo en esta fecha y todos sabemos ya de que se trata, pero nos hacemos los boludos. Deporte nacional que terminó reemplazando al pato y, hasta se convirtió en esa, la única idea madre que prima en la Cancillería y hasta logró desparramarse por todos los despachos del país. A un lado y al otro de la grieta.

Lara Arreguiz, 22 años, espero ser atendida en el suelo de un hospital santafecino. Murió horas después.
Ella, la patria, sigue en el suelo de un hospital Iturraspe, que ya no es, para luego esperar la muerte en otro, Iturraspe, que no se termina de construir, allá en el corazón agrario. Se la puede ver en cualquier barrio del conurbano donde la distancia social es una utopía, con gente en el suelo de sus destinos o en cualquier calle de la opulenta Reina del Plata, donde ya es imposible esquivar la vista para no verlos, para no preguntarse qué han hecho para merecer el cielo como techo y la indiferencia de un Estado, más saqueado que supermercado chino en diciembre del 2001 y con sus responsables políticos, incapaces de generar ideas y de reducir sus salarios, sus privilegios, para generar un fondo de contingencia que ayude a comprar un respirador más, a adicionar una cama a una estructura sanitaria casi inexistente por falta de inversión en el pasado y también en el presente. En medio de tantas restricciones, deberíamos auto-exigirnos, auto-acuartelarnos en nuestras pulsiones, hacer uso a ultranza de nuestra responsabilidad social, y dejar de practicar ese deporte, el que más conocemos y más nos gusta: debemos dejar de hacernos los boludos...
Con la hipocresía dedicada a la cuestión electoral, en si Pfizer
coimeo a uno, otro que recurre a la Corte por una nada que se parece a la
educación, que voy a cuidar a los argentinos a puro encierro, pero
eso que llaman patria (dime de que alardeas y te diré de qué careces) está en
el piso y sin respirador, ni un Ricardo Piglia ya no está entre nosotros, para
que al menos algunos entiendan de qué va la Respiración Artificial.
Podríamos citar cifras del INDEC, para hablar de pobreza y decir
que la pobreza es del 45.3% o citar los estudios de la UCA y su Observatorio de
Deuda Social para repetir que del otro lado de la general Paz la pobreza
asciende a 56.6 por ciento, o que la Auditoria General de la Ciudad de Buenos Aires,
asegura que son 7.251 personas, las cesadas en situación de calle. Pero es que hasta
las convenciones periodísticas ya no alcanzan para explicar –y mucho menos para
frenar- tanto desmadre, absolutamente evitable.
Ella, la patria, sigue en el suelo de un hospital Iturraspe, que ya no es, para luego esperar la muerte en otro, Iturraspe, que no
se termina de construir, allá en el corazón agrario. Se la puede ver en cualquier barrio del conurbano donde la distancia social es una utopía, con gente en el suelo de sus destinos o en cualquier calle de la opulenta Reina del Plata...
Ya no es una cuestión, solamente, económica. Tampoco
una cuestión de tiempo. Lo hubo para organizarse, para testear a unos y a
otros, para dar el ejemplo desde la cima del poder, con una rebaja de los
ingresos en sus dietas y con el uso del barbijo o evitar los velorios
multitudinarios y para hacerse de vacunas, dosis y no cabezas de ganado.
Sólo queda aspirar que esta patota, con miembros tan funcionales
entre ellos mismos, en ambos lados de la grieta, deje ya de pegarle y terminen
de entender que eso que ya no tenemos o que nunca tuvimos, lleva años de agonía,
ahí en el piso y la siguen castigando.

Ya no se puede esquivar la mirada para no verlos. La patria está en el suelo.