LA NAVIDAD QUE NO SIEMPRE SE QUIERE VER

Explicar la navidad. Pintar una postal de la natividad cristiana suele, o solía, ser una tarea recurrente para los periodistas. Hace 10 años, como casi todos los diciembres, tuve que pasar por ello y escribí el texto que reproducimos a continuación. Pasaba a menudo por esa esquina y lo ví, sentado en su colchón con más ganas de irse a dormir temprano que de hablar, pero no todos le hablaban. Pocos lo hacían. Solo los vecinos más cercanos, se detenían a preguntarle cómo transcurría su vida, a cuidar su bondad en franca extinción o tirarle de la lengua con la nimiedad recurrente de opinar sobre la sensación térmica (esa construcción meteorológica tan argentina que reemplazó a la muletilla “lo que mata es la humedad”) y por eso se abrió a la conversación.
En ese momento recuperé aquella máxima del culpable directo de que yo me hiciera periodista alguna vez: “si ves a unos niños jugando a la vida con trenes de verdad y te suena la campanita que llevás en medio del pecho, entonces tenés que contarlo. Sos periodista…”
Y así. Con las dudas, que aún hoy, me siguen asaltando con frecuencia del para qué sirve ser periodista, me puse a prueba según el canon de Osvaldo Ardizzone y lo conté. Un par de navidades después me enteré de que Alejandro había muerto de una infección pulmonar, contraída en la intemperie constante de su propio hábitat. De él solo queda el recuerdo y un mural que busca prolongar su recuerdo.Hubo y habrá muchas navidades por delante, pero huelgan las palabras, o al menos hasta ahora no logré otras por temor a la recurrencia y porque la situación de los Alejandros, no reviste cambios. También para no dejar caer palabras sobre lo hablado y todo aquello que la gente no ve, ni pretende ver. Que va por la vida sin reparar, siquiera, en todos ellos que a diario nacen condenados a vivir en la calle. Por eso, el recuerdo de Alejandro es mural y es navidad.
La Navidad de Alejandro
publicado el 24 de diciembre de 2011
A Osvaldo Ardizzone por haberme contagiado el periodismo
Es una esquina urbana como tantas. Es una de las más transitadas
de esta ciudad que mata lentamente, pero bien podría ser otra cualquiera. Más
vertiginosamente cruel o alguna donde la indignación marca el ritmo por estas
horas. A pocos metros de allí, Avenida Raúl Scalabrini Ortiz con la
intersección de la Avenida Santa Fe, los shoppings y los comercios rebozan de
clientes consumiéndolo todo. Hasta los últimos flecos del propalado “modelo de
inclusión social” y la paciencia de ser un transeúnte. Todo eso a escasos metros de allí
donde Alejandro, en su menesteroso reino, duerme la Navidad de los justos.
Alejandro
reina por su condición de habitante exclusivo de esa esquina porteña que supo
de otros y mejores tiempos. Se erige en el monarca de los habitantes de la
calle, como amo y señor de la nada y en el que es obedecido por dos canes
bautizados en honor a dos cantantes que lejos estuvieron de ostentar voces
perrunas. “Nino Bravo” y “Alberto Cortez”. Solo es reconocido por los vecinos
que lo consideran parte de esta realidad tan propiamente porteña. Vivir en la
calle, como otras decenas de miles de personas que armarán su árbol de Navidad
con las luces de sus propios menesteres y un par de sueños que jamás serán
cumplidos, es para él, como para muchísimos otros, la única alternativa cuando la
moneda lanzada al viento cae del lado equivocado.
Alejandro y sus súbditos en Diciembre de 2011
El amigo tiene 38 años y se vio obligado a abdicar de su burguesa existencia ante los
recurrentes golpes de la droga. Después ascendió al reino de la calle. Lo hizo
ya hace algunos años. Fue probando de esquina en esquina, hasta que nadie ya se
animó a echarlo de allí. Se agenció un colchón y luego unas sábanas, después
los muebles rescatados de una verdulería tras vaciar las manzanas y un
televisor que Fabián, quien acostumbra a mirar desde el corazón, le preparó
para que mitigara la soledad y su existencia fuese al menos un poco menos
transparente para la mayoría de los transeúntes.
Así
transcurren sus horas, hasta que como tantos otros que se ven atraídos por el
televisor, un pibe -y no un chavo, un chaval o un sardino-, un pibe, se detiene sonriente cuando ve el
rostro ajado de Alfio “El Coco” Basile, ex entrenador de la selección argentina
y del América de México, y una leyenda en la pantalla que dice que está a punto
de volver a su casa, o sea al Racing Club. El pibe exclama: “Lindo regalo de
Navidad…”. Se conforma con poco, el pibe. Con menos se conforma Alejandro que
lo mira absorto sin terminar de discernir la conducta de sus congéneres.
Hace unos
días había sido noticia cuando La Nación dio parte de lo que son sus días. Se queja
de que los periodistas no “publican todo lo que yo digo”, ajustándose a la moda
de culpar a la prensa de todo y por todo. Hace también unos días que rescató
ese árbol navideño, tal vez de la basura a donde habría ido a parar como
desperdicio de una fe que alguna vez fue de otro, y al que recicló con la
paciencia de un orfebre.
A los que
pasan, los sigue atrayendo la televisión más que el dueño. De él se ocupará una
vecina y un par de comerciantes, que esta noche llegarán con un vaso de algo y
un vulgar pedazo de Panettone para dejar la conciencia de buen cristiano en paz
y brindar con él la Navidad.
Entonces Alejandro se abrazará con sus súbditos cuando dé la medianoche y ellos sufran los efectos
de la pirotecnia y la esquina sea mucho más ruidosa aún que de costumbre.
Cuando las explosiones pasen y todo vuelva a la calma, a Cortez, le acariciará
las orejas para recordarle que no solo ambos son callejeros “por derecho
propio” y a su Bravo le estampara un beso en la trompa para recordarle que
“esta será mi casa…”
Como él, otras decenas de miles en esta ciudad que mata menos que otras pero
con la misma eficacia, y millones más en el mundo, recibirán en la soledad de
su inconmensurable pobreza el nacimiento del Niño Jesús. Será uno, dos, cientos
de miles de Alejandros, los que por techo vislumbran el cielo, por baño una
fuente y por comedor una esquina urbana donde luzca el árbol navideño en el que
cuelgue un halo de esperanza al que todos, absolutamente todos, están invitados
a entrar.
Ellos estarán allí, durmiendo el sueño de los que lo perdieron,
casi todo menos la fe. Mientras los que pasan cerca de este Alejandro y de todos
los Alejandros del mundo, cargados de paquetes y otro tipo de miserias y de
artículos innecesarios, se ahorran el “feliz Navidad”, negándose a entrar al reino
de Alejandro. Aunque más no sea para husmear cómo es la vida cuando la moneda
cae del lado del sello.