ILUSTRES DESCONOCIDOS: El vigía de San Telmo

Fotos: Ariel Pasquali
"Cuando un amigo se va queda un espacio vacío..." Nos recuerda Alberto Cortez. Pero los amigos que se van se quedan en nosotros. A diario se los recuerda. Mucho más sí se trata del patrimonio de un barrio, de una comunidad. Por eso, pasen a conocer a Ricardo y, de paso, ayudan a cumplirle la promesa que le hice una oscura noche de junio en la guardia del hospital Argerich.
J.V
Réquiem para un amigo
“¿José…? ¿Me voy a morir yo?” La pregunta me la disparo con su mirada tierna y, ese día, más limpia de alcohol que en contadas ocasiones. Me la formuló en la guardia del hospital Argerich, a donde después de una gran “lucha”, habíamos logrado llevarlo en mayo del año pasado, ante una crisis hepática que nos había asustado. Ahí, donde poco más de un año después, el pasado jueves 18, después de estar 11 días en una camilla de la guardia, se vio obligado a cambiar de barrio, le respondí entre acongojado y emocionado: “No Pichín, vos no te vas a morir nunca…”
Así lo conocían todos, por el apodo que le llegó del hogar junto a otras de sus características, beber vino desde bien temprano hasta bien tarde. Pero su nombre era Ricardo, el próximo 15 de agosto hubiese cumplido 65 años y era, con todo, un hombre indispensable.
Había nacido con un problema madurativo, que no llegó a complicarle su vida tanto como el alcohol. Llevaba más de 30 años viviendo en la calle, desde que sus padres fueron faltando y las topadoras de la dictadura, echaron abajo el conventillo que se levantaba en Bolívar e Independencia –donde hoy reina un baldío- y del que Pichín era la memoria histórica. Se acordaba de cada vecino, habitación por habitación y en especial de una persona al que conocían como “el ministro”. Y todo, porque los domingos se ponía sus mejores ropas, se clavaba unos cuantos vinos y se paraba en el patio del inquilinato para arengar a los vecinos y terminar su prédica con un “¡Viva Perón, carajo…!”

Fanático de “Titanes en Ring”, del que era capaz de imitar a más de media troupè. En su disco duro guardaba, grabado a fuego, las tardes en el cine Cecil de la calle Defensa, donde fue eclipsado por Kirk Douglas en “Espartaco” o por John Wayne en “Los Comancheros”. Pero su ídolo era Ringo Wood. Ese célebre personaje del “Spaghetti Western”, de las que se había visto todas las películas. No pasaban cuatro días para que te desafiara con la pregunta: “¿Quién era el actor de Ringo?” “Giuliano Gemma, ¿quién va a hacer?”
Toda su vida resistió en San Telmo y en el Mercado. Había comenzado de pibe, ayudando a las vecinas a llevar las bolsas por unas monedas. Cuando creció lo cargó todo. Medias reces, cajones de verduras, pollos. Así, mientras le dieron las fuerzas. Algunos lo recuerdan buen jugador de fútbol a pesar de sus problemas neurológicos, y fácil de hacerlo enojar desde siempre. Nunca se quiso ir del mercado ni de su manzana. La realidad y el alcohol lo habían llevado a elegir la calle como destino.
Cuando las fuerzas mermaron se las arregló para seguir haciendo changas, mandados, y dar el alerta de cuanto chorro andaba merodeando. Exclusivo repartidor de diarios, centinela estoico de todas las noches, casi transformado en una escultura humana, ahí tirado en su rincón, sucio y abandonado, mientras esperaban que lo atiborraran a propinas para canjearlas por vino o lo llenaran de ropa o de comida Él jamás pasaba desapercibido. Era, tal vez, el ser más necesario para estos tiempos que corren. Era el depositario de toda la miseria y de toda la solidaridad que la sociedad y el sistema (como se pudo comprobar en los últimos días) podía aportar. Era un niño metido en un cuerpo de adulto. No era extraño verlo imitar a Martín Karadagian o a “La Momia”, cuando no jugando a los pistoleros.
Lo había conocido una noche, allá por 1997, en el bar el Aconcagüa. Yo recién llegado al país, acodado en la barra y él amurado a la ventana, pero del lado de afuera. Los hombres cómo él siempre estaban condenados a quedarse afuera. No importara que fuera el mejor cliente del Aconcagua. Los parroquianos lo invitaban tanto, pero tanto vino, que al final del día, buena parte de la caja la había hecho Pichín. Aun así, tenía la entrada prohibida.
Nos miramos raro, al principio. Con una sonrisa cinco minutos después. Y al rato estábamos hablando por señas. Quería que le pagara un vino. Ese día, lo canjeé por un sándwich, pero luego el saludo y la sonrisa que me regalaba al verme venía acompañado de una orden: “Combustible para Pichín”.

Me fui del país, volví, me volví a ir en innumerables ocasiones y siempre estaba ahí. Era la única persona que me recibía con un “¿Volviste?”, y me despedía con un “¡Chau Lindo!” Heredaba mi ropa y mis zapatos un número menos. Con cada curda le robaban una radio y solía putearme hasta el hartazgo cada vez que lo hacía enojar, para que tirara el vino o para que se bañara. Fue desde aquel momento en el Aconcagüa, un amigo. Un día en el 2010, tuvo una de las tantas demostraciones de que en cuestiones de amistad, el hombre no claudicaba. Era una tarde de mucha lluvia, torrencial, en la que me había olvidado el auto mal estacionado en doble fila durante más de una hora. Lo había borrado de mi mente por completo. Cuando recuperé la memoria, salí a la calle para ver si la grúa no se lo había llevado. Ahí me encuentro a Pichín que venía de sus diarias excursiones a Constitución, estoico y firme como un centinela de mi interminable Clio verde. “Te lo van a llevar, pelotudo…”, me sancionó.
Desde entonces lo vi casi a diario triste, borracho, enojado y feliz, pero siempre resistiendo al frío y al olvido. Me alegró cada día, sabiéndolo de pie, para convertirse en la prueba diaria de haber vencido todos los obstáculos posibles que coloca el vivir a la intemperie.
Aun así, no había poder humano que lo convenciese de abandonar la calle. Era, como esos serenos de la colonia en versión postmoderna, testigo fiel de los días agotadores y de las noches duras de San Telmo. Él nos demostraba que en su lugar podemos estar, alguna vez, algunos de nosotros. Rescataba lo mejor de cada uno. Ponía a funcionar ese niño que llevamos dentro. Nos desvelaba la ternura con cada puteada, una vez que se lo lograba entender y traducir. Le gustaba el fútbol y el cine, pero más le gustaban los animales y los niños. En el fondo era todo ternura. Una suerte de Ángel clandestino encargado de develar o despojarnos de nuestras miserias humanas.

Había que sumarlo a un cumpleaños, a una fiesta de fin de año, o a cenar pizza con el resto de los compañeros de trabajo, para escandalizar a algunos invitados y comprobar cómo afloraba “el otro” Ricardo. El que las carencias afectivas lo llevaba a guardarlo en el arcón de su humanidad.
Después de aquel mayo se había recuperado. Había dejado de chupar por tres meses, pero la calle lo volvió a llevar por el viejo sendero del vino. El frío y la lluvia, ya hacía estragos en su humanidad. Estábamos atentos, pero él no se dejaba. Hasta que hace varias semanas comenzó a taparse toda su humanidad con una manta, como para que no lo vean. Como para que se vayan a acostumbrando a esta nueva etapa. Había comenzado a hablar poco y a comer menos. Las piernas no le daban y pidió que llamáramos a las hermanas. Una dijo: “No sé qué puedo hacer…” y la otra nunca respondió. Lo convencí de subir a la ambulancia para ir al hospital, justo el día después de una muerte cercana y de un inminente viaje mío.
Hoy volví sabiendo que ya no lo encontraría, como de costumbre, en algunas de las puertas del Mercado o en algún lugar de la manzana. El vacío es enorme.
No sé con quién voy a jugar a “Titanes en Ring” o a los vaqueros, a quién voy a hacer enojar, cada vez que le preguntaba si quería comer algo. Solo sé que no hay lágrimas que valgan. Soy consciente, que ahora que se fue a vagar por otras calles de otros arrabales, voy a necesitar ayuda, mucha convicción personal -y la asistencia permanente de todos lo que lo conocieron- para no haberle mentido aquella noche dura y difícil como su existencia, en la guardia del Argerich.✔
Buenos Aires, 26 de junio de 2015