HISTORIAS DE BOLSILLO. LOS ARGENTINOS: DE DARWIN A ELADIA BLÁZQUEZ

El origen de nuestra “especie”
“Miremos este espejo
bruñido y reluciente/ sin el engrupe falso de una mentira más…”
Eladia
Blázquez
“Proceden de los barcos…”,
reflexionó el mexicano Octavio Paz sobre los argentinos. Bastó aquella cita
para que un expresidente, al que el olvido no le hará el favor de protegerlo,
delatara el tamaño de su ignorancia. Y si de los barcos venimos, lo que se sabe
es que en los primeros barcos que amarraron en estas costas, trajeron españoles
y algún que otro portugués, con ánimo de genuflexión con la Corona, llenarse
los bolsillos y coleccionar cabezas de nativos a como dé lugar. Después
siguieron llegando europeos y esclavos.
Con el correr de la
colonización, llegó la cruz, y con ella los jesuitas que intentaron perdurar
con el conocimiento, hasta que vieron abortado su proyecto y, así y todo,
empezó a fluir. En castellano, colonizados, aplacando cualquier rebelión nativa
a lo largo de las Américas y con decisiones llegadas de la metrópoli, hasta que
los entuertos políticos del viejo mundo dejaron un resquicio para eso que la
historia dio en llamar independencia. Gesta, aquella, que en los hechos se
tradujo en un mero cambio de titularidad de un reino a otro.
Allí, estaban nuestros
próceres. Conspirando contra el virreinato, por obra y gracia de Londres y
aprovechando el resquicio que les abrió Napoleón con la ocupación francesa en
España, y confabulando unos contra otros, en favor de los intereses británicos o
de un jacobinismo que fue asesinado, al dar sus primeros pasos en la figura de
Mariano Moreno y Juan José Castelli. Nada que la historia haya ignorado.
Pero ya por entonces, eso
que somos, las características por las cuales se nos reconoce a la legua,
aquello que ya tallaba nuestra idiosincrasia y ayudaba a escribir el derrotero
histórico que no abandonamos aun cuando vengan a degüello, y a por nosotros,
estaba ahí a la vista de todos. El problema es que no lo quisimos asumir y
mucho menos ver.
Más acá en el tiempo, más cerca de nosotros, Eladia Blázquez puso su granito de arena. Nos sacudió un cachetazo de su arte para ver si espabilábamos, pero nada. No quisimos “mirarnos de frente sin ropa y sin disfraz…”, como nos pedía ella.

Eladia Blázquez: poeta, cantante y, de paso, socióloga.
Bastaron unos pocos años
como Nación para que todas las traiciones posibles confluyeran en dirección a
la persona de Manuel Dorrego, gobernador de Buenos Aires, federal y dueño de un
proyecto que buscaba integrar al territorio en pos de un desarrollo que
arrancaba por las capas más pobres de la sociedad. Pero el responsable de haber
endeudado al país, por primera vez, Bernardino Rivadavia, estaba allí.
Trabajando para la Corona británica, confabulando con Martín Rodríguez, “el
sicario” de Juan Lavalle y un grupúsculo de nombres del poder, entre los que se
movía un sigiloso Juan Manuel de Rosas.
Ya en la década del 30 del
siglo XIX, los ingleses veían aumentar sus intereses aquí, en el culo del
mundo, por lo que solían llegar en cantidades nunca antes vistas hasta
entonces. Pero hubo uno en especial que no llegó para colaborar en el
planificado expolio, en el marco de esas nuevas formas de colonialismo que se
extendía por la región. Fue uno de ellos el que, de haber tenido habilidad para
la poesía como para la biología, se le hubiese adelantado a Eladia, en forma
más descarnada, más cruda. Era lógico. Charles Darwin no había nacido en
Avellaneda, sino en Shrewsbury, en el oeste de Inglaterra. Para no desentonar
con sus compatriotas habidos de territorio, el naturalista británico llegó a
estas playas a bordo del buque H.M.S. Beagle, para revelar la geografía
y la fauna por todo el mundo. De aquellos estudios surgió su celebrada teoría
de la evolución y su clásico El origen de las especies.
Hombre perspicaz, culto y,
si se contemplan sus cartas, un excelente literato, Darwin se llevó una
impresión de nosotros que solo sirvió como materia prima para algunos
cientistas sociales que abordaron nuestros patrones de personalidad, nuestra
idiosincrasia como sociedad y, por ende, la conducta de aquellos que conducían
los destinos de la patria.
No se entiende aún por qué todo lo que Darwin opinaba de nosotros se quedó en sus cartas de aquellos años y no formó parte de El origen de las especies, tal vez su obra más célebre. Lo que sí comprendemos a la perfección es por qué no incluyó el caso argentino en su teoría de la evolución, porque como él ya lo había advertido, tal se desprende de su correspondencia, somos una rara avis, una especie en franca y constante involución.

Charles Darwin: Vino, vió y escribió... Lo que pensaba de nosotros.
Urobóricos era ya la
característica más notoria de nosotros, los argentinos. No calificamos ni para
una teoría contrafáctica en la experta óptica del naturalista más célebre de la
historia. De haberlo estudiado, al menos su correspondencia, nos hubiera
ayudado a conocernos un poco mejor y a no esperar milagros con la llegada de
cada gobierno, sea democrático o de facto, peronistas o no tanto, peronistas de
derecha o peronistas neoliberales, como así también cualquier secta surgida de
los laboratorios del capital concentrado (que tarde o temprano terminará
también adhiriendo a alguna variante del peronismo), que es el que corta y
define, pone y saca, siempre con un relato nuevo para cada ocasión y con la una
única y permanente finalidad: idiotizar al soberano, para que no se entere o se
desayune tarde de cómo se sigue empobreciendo a un país. Después de todo, ambos
modelos, sean quienes fueren los actores, siempre suele contar con el apoyo de
vastos sectores sociales.
Pero la escuela sarmientina
decidió importar maestras estadounidenses y obviar a Darwin, sin mucha
explicación al respecto, y así nos fue. Con Eladia no se metieron y como si
fuera una pizca de benevolencia, dibujada de arte popular, todavía nos suplica
que “con toda nuestra carga pesada de problemas/ hagamos un teorema de
nuestra realidad…”.
Con ella no pueden ni la
cumbia villera ni Lali Espósito. Solo basta con romper el cerco y revisar su
obra, particularmente “Somos como somos”.
Fallas de origen
Cuando la expedición que
encabezaba junto a Fitz Roy venía desde la Patagonia hacia el norte, se detuvo
en Santa Fe. Allí, Darwin tuvo la oportunidad de entrevistarse con el
gobernador Estanislao López. La opinión sobre aquel caudillo acostumbrado a matar indios
por deporte mereció un par de párrafos en su diario de viaje, con observaciones
que bien pudieron haber definido los años por venir en estos andurriales: “Lleva diecisiete años en el poder. Esta
estabilidad se debe a sus procedimientos tiránicos; la tiranía parece adaptarse
mejor a estos países que el republicanismo”, anotó el naturista.
Ya en su correspondencia,
aparecerían más reflexiones sobre ese territorio explorado.
“Durante los últimos
seis meses, he tenido la oportunidad de apreciar en algo la manera de ser de
los habitantes de estas provincias (del Plata)… Los gauchos u hombres de campo
son muy superiores a los que residen en las ciudades. El gaucho es
invariablemente muy servicial, cortés y hospitalario. No me he encontrado con
un solo ejemplo de falta de cortesía u hospitalidad. Es modesto, se respeta y
respeta al país, pero es también un personaje con energía y audacia”,
aseguraba el bueno de Darwin.
Tal vez por eso el poder
avanzó sobre el gauchaje después de limpiar los verdes campos de la patria de
nativos, y José Hernández, puso toda la nostalgia que tenía, hasta figurar en
los anaqueles literarios, para regocijo del ser nacional.
Pero como es costumbre,
desde tiempos inmemoriales nada puede salir bien. Ni el proyecto de Moreno y
Castelli, ni el de Dorrego o, el de Ángel “el Chacho” Peñaloza, desde las
entrañas del interior empobrecido, lo de Hernández tampoco. Iba a terminar
traicionando la causa federal, a su jefe político, López Jordán, para
convertirse en senador por Buenos Aires y desde la curul escribir La vuelta
del gaucho Martín Fierro. Si la Ida había sido la denuncia de la
opresión sobre el gaucho, este sería la asimilación, la claudicación de eso que
Darwin rescató como lo más puro de estas tierras.
Era una traición más. Nada que no haya hecho Rivadavia y su troupe con Dorrego o Rosas con Facundo Quiroga.
Juan Manuel de Rosas: El caudillo antimperialista que terminó exiliado en Ingalterra.
Pero volvamos a lo que nos
atañe, la forma en que obviamos la mirada de Darwin. Si se había encariñado —no
sin razón— con el gauchaje, no le pasó lo mismo con los sectores más acomodados
en tiempos del Restaurador.
“Las clases más altas y
educadas que viven en las ciudades cometen muchos otros crímenes, pero carecen
de las virtudes del carácter del gaucho. Se trata de personas sensuales y
disolutas que se mofan de toda religión y practican las corrupciones más
groseras; su falta de principios es completa…”.
“… Teniendo la oportunidad,
no defraudar a un amigo es considerado un acto de debilidad; decir la verdad en
circunstancias en que convendría haber mentido sería una infantil simpleza…”.
“… El concepto de honor no
se comprende; ni este, ni sentimientos generosos, resabios de caballerosidad,
lograron sobrevivir el largo pasaje del Atlántico… Si hubiese leído estas
opiniones hace un año, me hubiese acusado de intolerancia: ahora no lo hago.
Todo el que tiene una buena oportunidad de juzgar piensa lo mismo… En la Sala
de Buenos Aires no creo que haya seis hombres cuya honestidad y principios
pudiesen ser de confiar…”.
Tranquilamente, Darwin
podría invitar a Eladia para un dúo o viceversa, cuando la versión femenina de
Discépolo nos recuerda que “¡Nos gusta hacer las leyes, después crear la
trampa tirando por la “rampa” las tangas a rendir, cargar a voz en cuello, y
protestar bajito, prefabricando mitos para poder vivir!”.
Hasta aquí cualquier
similitud con los jefes de Cristina Kirchner o de Javier Milei no es pura
coincidencia. Pero sigamos con Darwin, en 1833, el que no tiene lugar en los
programas escolares:
“… La policía y la justicia
son completamente ineficientes”.
“Si un hombre comete
un asesinato y debe ser aprehendido, quizá pueda ser encarcelado o incluso
fusilado; pero si es rico y tiene amigos en los cuales confiar, nada pasará. Es
curioso constatar que las personas más respetables invariablemente ayudan a
escapar a un asesino. Parecen creer que el individuo cometió un delito que
afecta al gobierno y no a la sociedad”.
(Un viajero no tiene otra
protección que sus armas, y es el hábito constante de llevarlas lo que
principalmente impide que haya más robos.)
Casi como si fuera un brujo de esos que pululan hoy en las redes haciendo predicciones, se preocupaba por el futuro de los nativos, ante las matanzas de las que eran objeto con una exactitud que asombra. “... En otros cincuenta años no quedará ni un indio salvaje al norte del Río Negro”.
Eso que llamamos patria, hoy. 57 % de pobres.
En los
próximos 30 años, dos “campañas al desierto” (Patagonia), la de Rosas y la de
Roca, perpetraron el primer genocidio que conoció la Argentina. El segundo
llegaría entre 1864 y 1870, durante la guerra del Paraguay, bajo la presidencia
de Bartolomé Mitre. Las primeras filas en el frente eran pobladas por
afrodescendientes, en su mayoría caídos en combate. Nada que no haya servido de
sustento intelectual para perpetrar el último genocidio entre 1976 y 1983. Algo
que no había pasado desapercibido para Darwin.
A continuación, el
observador se refiere a los políticos y agentes del Estado.
“Todo funcionario público
es sobornable. El jefe de Correos vende moneda falsificada. El gobernador y el
primer ministro saquean abiertamente las arcas públicas. No se puede esperar
justicia si hay oro de por medio”.
“Conozco un hombre (tenía
buenas razones para hacerlo) que se presentó al juez y dijo: ‘Le doy doscientos
pesos si arresta a tal persona ilegalmente; mi abogado me aconsejó dar este
paso’...”.
“… El juez sonrió en
asentimiento y agradeció; antes de la noche, el hombre estaba preso. Con esta
extrema carencia de principios entre los dirigentes, y con el país plagado de
funcionarios violentos y mal pagos, tienen, sin embargo, la esperanza de que el
gobierno democrático perdure. En mi opinión, antes de muchos años temblarán
bajo la mano férrea de algún dictador. Como deseo el bien del país, espero que
ese período no tarde en llegar”.
Ergo el científico no nos
tenía fe y tampoco oraba por nuestra buenaventura.
De plagio, somos
Pero tranquilo, Carlitos,
“ese período” llegó más temprano que tarde, pero el bien, lo que se dice el
bien, no llegó nunca. Al parecer lo secuestraron durante el trayecto. Ahora, eso
sí: lo que nos quedó, lo potenciamos hasta lo inusitado. Solo basta escuchar,
atentamente, los acordes del himno nacional, escrito por Vicente López y Planes
en 1812. Hasta ahí todo bien. Una letrita sin muchas pretensiones, para que
oigan los mortales, pero, al parecer, la sordera social no halló cura.
Todo indica que el autor de
la letra apeló a los servicios de un catalán, oriundo de Mataró (Barcelona),
Blas Parera, nacido en Murcia por mero accidente familiar, violinista y músico,
acostumbrado a amenizar misas diversas en aquel villorrio de contrabandistas
que, era el Buenos Aires de 1810. Recibió el pedido para que compusiera la música
de la canción patria.
Parera cobró por aquel encargo 200 pesos de la época. Una cifra que para los historiadores era mucho dinero. Pero solo hay que escuchar con atención la Sonata dos pianos K448I Alegro con Brio, que Wolfgang Amadeus Mozart compuso en 1781, para corroborar que ya por entonces estábamos hechos de plagio.
Blas Parera: El primer plagiador de la "especie"
El bueno de Parera, que
hasta se lo honró con una calle, no solo estafó al genio austriaco, sino
también al Estado argentino y, de paso, convirtió en cómplice al siempre
oportuno, en cuestiones políticas, López y Planes. De haber habido eso que se
llama Justicia, le hubiese complicado la vida, incluso, a Margarita Sánchez de
Thompson, por haber organizado la tertulia en su casa para plasmar el “delito”.
Y en materia de plagios, no
se salva ni Carlos Gardel. Uno de sus tangos más célebres, Por una cabeza,
es una letra de Alfredo Lepera y él, el zorzal en persona, se encargó de la
música. Y a la hora de elegir la música, nadie les va a negar a los argentinos
que fueron receptivos al talento de Wolfgang Amadeus. Basta escuchar,
atentamente, el Rondo para piano y orquesta en do mayor, para entender
que en una sociedad con jueces probos, Gardel debió, por lo menos, pasar otra
temporadita en la cárcel, como la que se comió en el penal de Ushuaia, a
comienzos del siglo XX, por haber participado de “campana” en varios hechos
delictivos. Si nunca se encontró su prontuario, que ratificara en los libros de
historia aquel episodio y su estadía en “el penal del fin del mundo”, fue por
su temprana y sólida relación con los conservadores de Avellaneda, bajo las
órdenes del caudillo local, futuro gobernador de la Provincia de Buenos Aires,
Alberto Barceló.
Habrá quien argumente que
el autor de El día que me quieras no era argentino, que había nacido en
Toulouse (Francia), según algunos; que era nativo de Tacuarembó (Uruguay), como
señalan otros. Nada definitivo, salvo que era hincha de Racing. Ni siquiera esa
cualidad (de la que también goza nuestra querida Eladia) lo exime del plagio
ante la historia.
Carlos Gardel y su amigo y protector, Juan Ruggero ("Ruggerito"). Conservadores. Plagio y otras cuestiones peleadas con la ley.
Pero no todo está perdido.
Al menos en cuestiones musicales. Hoy, a los autores les es casi imposible
apostar al plagio. La tecnología, la inmediatez de la información les juega en
contra. Por otra parte, los ritmos guturales del momento no reparan en acordes
sofisticados, ni en notas tan elevadas. Ni siquiera los Pibes Chorros son
capaces de hacerle honor a su nombre. Cuestiones de la involución por la que
Darwin, al parecer, nos dejó afuera de sus grandes estudios.
Traición y plagio, como una
constante, civilización y barbarie, como articulador eterno de una grieta que
se reproduce en forma constante, cobijando todas las falacias políticas e
históricas posibles con la corrupción a la orden de la hora. Así se fueron
construyendo los cimientos de esto que hoy somos. Y de ese mismo material están
confeccionados los cartones del edificio social e institucional de eso que
llamamos país.
Una suerte de escenografía
ideal para seguir extendiendo como sociedad ese “melodrama y a enredarnos en la
trama de vivir en la ficción”.
“Compradores de Buzones”
Hay que ser más que
crédulos, en tanto, sociedad, para “comprar” que Juan Manuel de Rosas era
federal y antimperialista, cuando en los hechos no hubo nadie más unitario, ni
defensor de los intereses de Buenos Aires que el líder de “la Santa
Federación”. El mismo que tras la derrota de Caseros en 1853 terminara exiliándose
en territorio del “enemigo”, Southampton (Inglaterra).
De aquel relato al del kirchnerismo, quemado en la legión de pobres y en la pira inflacionaria, hay una matriz en común. El mismo molde que utilizaron los conservadores amigos de Gardel, con Barceló y su principal escudero, Juan Ruggiero (más conocido como Ruggerito), a la cabeza; primero comenzaron adaptándola a los tiempos que corrían, y luego fue otro conservador confeso, coronel al final de cuentas, Juan Perón, el que la terminó transformando en doctrina.
El expresidente Juan Domingo Perón
Desde Rivadavia a la fecha,
la constante fue el endeudamiento con las potencias, la generación por etapas
del régimen fiscal, los discursos a contramano de los hechos para lograr lo
imposible. Pasar de ser un país promisorio a comienzos del siglo XX a esta
usina generadora de empobrecimiento y de transferencia de ingresos a los
empresarios prebendarios del Estado.
Entre tanto, este
conglomerado de necios, gobernados por cínicos de todas las estofas posibles, que somos seguimos mintiéndonos de lado y lado. Incapaces de haber articulado un
progresismo acorde a las necesidades de las mayorías (ni hablar una alternativa
de izquierda), de un lado e incapaces de construir eso que tanto se alardea por
estas horas: un liberalismo de manual, porque solo les da el combustible para
un populismo con otra letra.
Y así seguimos. Abonando el
cinismo de los políticos, alimentando el milagro del gauchito Gil que no llega, pero se lo espera o, ahora, el de Mamá Antula. Seguimos siendo esos meros “compradores de
buzones…”, que nos remarca Eladia, “chantas… y en el fondo solidarios,
más al fondo muy otarios y muy piolas más acá…”. Aguantando lo
inaguantable, como ese país periférico que somos.
Aquellos rasgos que Darwin
avizoró en nosotros están ahí. A flor de piel. Como lo están los de José Ingenieros (El hombre mediocre) o los de Arturo Jauretche (Manual de zonzeras argentinas) Bien subrayados esos defectos de
fábrica, como para no esperanzarse con cambio alguno sea quien sea el que ocupe
el gobierno.
Basta observar cómo el actual presidente, Javier Milei, conformó su gobierno, con “indios” de distintas tolderías de intereses y soldados de distintas militancias, donde no faltan ni representantes del grupo Macri, o de empresarios como de Eduardo Elsztein, de José Luis Manzano, de los Werthein, como tampoco lugartenientes de Sergio Massa, o de La Cámpora, sin olvidar al incombustible exgobernador Daniel Scioli, en su versión “Ad honorem” (solo apta para “compradores de buzones”)
Los autores del tercer genocidio argentino.
Cuando uno se pregunta
¿cuándo se jodió la Argentina?, suelen aflorar las opiniones: “En el 30 con el
golpe militar”, “con el peronismo”, “en el Golpe del 55” y así siguen las
opiniones. Sería más productivo revisar una y otra vez a Darwin, para terminar
de entender que eso que hoy somos es el fruto del esfuerzo colectivo desde
nuestro “glorioso origen”. Y de paso, volver cada mañana como el rezo de un
rosario al teorema/tango de Eladia, para que “aprendamos pronto el
tomo de asumirnos como somos o no somos nunca más”.✔