Domingo, 18 de Febrero del 2024

HISTORIAS DE BOLSILLO. LOS ARGENTINOS: DE DARWIN A ELADIA BLÁZQUEZ



El origen de nuestra “especie”


“Miremos este espejo bruñido y reluciente/ sin el engrupe falso de una mentira más…”

                                                                                                                   Eladia Blázquez


“Proceden de los barcos…”, reflexionó el mexicano Octavio Paz sobre los argentinos. Bastó aquella cita para que un expresidente, al que el olvido no le hará el favor de protegerlo, delatara el tamaño de su ignorancia. Y si de los barcos venimos, lo que se sabe es que en los primeros barcos que amarraron en estas costas, trajeron españoles y algún que otro portugués, con ánimo de genuflexión con la Corona, llenarse los bolsillos y coleccionar cabezas de nativos a como dé lugar. Después siguieron llegando europeos y esclavos.

Con el correr de la colonización, llegó la cruz, y con ella los jesuitas que intentaron perdurar con el conocimiento, hasta que vieron abortado su proyecto y, así y todo, empezó a fluir. En castellano, colonizados, aplacando cualquier rebelión nativa a lo largo de las Américas y con decisiones llegadas de la metrópoli, hasta que los entuertos políticos del viejo mundo dejaron un resquicio para eso que la historia dio en llamar independencia. Gesta, aquella, que en los hechos se tradujo en un mero cambio de titularidad de un reino a otro. 

Allí, estaban nuestros próceres. Conspirando contra el virreinato, por obra y gracia de Londres y aprovechando el resquicio que les abrió Napoleón con la ocupación francesa en España, y confabulando unos contra otros, en favor de los intereses británicos o de un jacobinismo que fue asesinado, al dar sus primeros pasos en la figura de Mariano Moreno y Juan José Castelli. Nada que la historia haya ignorado. 

Pero ya por entonces, eso que somos, las características por las cuales se nos reconoce a la legua, aquello que ya tallaba nuestra idiosincrasia y ayudaba a escribir el derrotero histórico que no abandonamos aun cuando vengan a degüello, y a por nosotros, estaba ahí a la vista de todos. El problema es que no lo quisimos asumir y mucho menos ver. 

Más acá en el tiempo, más cerca de nosotros, Eladia Blázquez puso su granito de arena. Nos sacudió un cachetazo de su arte para ver si espabilábamos, pero nada. No quisimos “mirarnos de frente sin ropa y sin disfraz…”, como nos pedía ella.


Eladia Blázquez: poeta, cantante y, de paso, socióloga.

Bastaron unos pocos años como Nación para que todas las traiciones posibles confluyeran en dirección a la persona de Manuel Dorrego, gobernador de Buenos Aires, federal y dueño de un proyecto que buscaba integrar al territorio en pos de un desarrollo que arrancaba por las capas más pobres de la sociedad. Pero el responsable de haber endeudado al país, por primera vez, Bernardino Rivadavia, estaba allí. Trabajando para la Corona británica, confabulando con Martín Rodríguez, “el sicario” de Juan Lavalle y un grupúsculo de nombres del poder, entre los que se movía un sigiloso Juan Manuel de Rosas.  

Ya en la década del 30 del siglo XIX, los ingleses veían aumentar sus intereses aquí, en el culo del mundo, por lo que solían llegar en cantidades nunca antes vistas hasta entonces. Pero hubo uno en especial que no llegó para colaborar en el planificado expolio, en el marco de esas nuevas formas de colonialismo que se extendía por la región. Fue uno de ellos el que, de haber tenido habilidad para la poesía como para la biología, se le hubiese adelantado a Eladia, en forma más descarnada, más cruda. Era lógico. Charles Darwin no había nacido en Avellaneda, sino en Shrewsbury, en el oeste de Inglaterra. Para no desentonar con sus compatriotas habidos de territorio, el naturalista británico llegó a estas playas a bordo del buque H.M.S. Beagle, para revelar la geografía y la fauna por todo el mundo. De aquellos estudios surgió su celebrada teoría de la evolución y su clásico El origen de las especies.

Hombre perspicaz, culto y, si se contemplan sus cartas, un excelente literato, Darwin se llevó una impresión de nosotros que solo sirvió como materia prima para algunos cientistas sociales que abordaron nuestros patrones de personalidad, nuestra idiosincrasia como sociedad y, por ende, la conducta de aquellos que conducían los destinos de la patria. 

No se entiende aún por qué todo lo que Darwin opinaba de nosotros se quedó en sus cartas de aquellos años y no formó parte de El origen de las especies, tal vez su obra más célebre. Lo que sí comprendemos a la perfección es por qué no incluyó el caso argentino en su teoría de la evolución, porque como él ya lo había advertido, tal se desprende de su correspondencia, somos una rara avis, una especie en franca y constante involución.


Charles Darwin: Vino, vió y escribió... Lo que pensaba de nosotros. 

Urobóricos era ya la característica más notoria de nosotros, los argentinos. No calificamos ni para una teoría contrafáctica en la experta óptica del naturalista más célebre de la historia. De haberlo estudiado, al menos su correspondencia, nos hubiera ayudado a conocernos un poco mejor y a no esperar milagros con la llegada de cada gobierno, sea democrático o de facto, peronistas o no tanto, peronistas de derecha o peronistas neoliberales, como así también cualquier secta surgida de los laboratorios del capital concentrado (que tarde o temprano terminará también adhiriendo a alguna variante del peronismo), que es el que corta y define, pone y saca, siempre con un relato nuevo para cada ocasión y con la una única y permanente finalidad: idiotizar al soberano, para que no se entere o se desayune tarde de cómo se sigue empobreciendo a un país. Después de todo, ambos modelos, sean quienes fueren los actores, siempre suele contar con el apoyo de vastos sectores sociales.

Pero la escuela sarmientina decidió importar maestras estadounidenses y obviar a Darwin, sin mucha explicación al respecto, y así nos fue. Con Eladia no se metieron y como si fuera una pizca de benevolencia, dibujada de arte popular, todavía nos suplica que “con toda nuestra carga pesada de problemas/ hagamos un teorema de nuestra realidad…”.

Con ella no pueden ni la cumbia villera ni Lali Espósito. Solo basta con romper el cerco y revisar su obra, particularmente  Somos como somos”.

 

Fallas de origen

Cuando la expedición que encabezaba junto a Fitz Roy venía desde la Patagonia hacia el norte, se detuvo en Santa Fe. Allí, Darwin tuvo la oportunidad de entrevistarse con el gobernador Estanislao López. La opinión sobre aquel caudillo acostumbrado a matar indios por deporte mereció un par de párrafos en su diario de viaje, con observaciones que bien pudieron haber definido los años por venir en estos andurriales: “Lleva diecisiete años en el poder. Esta estabilidad se debe a sus procedimientos tiránicos; la tiranía parece adaptarse mejor a estos países que el republicanismo”, anotó el naturista.

 

Ya en su correspondencia, aparecerían más reflexiones sobre ese territorio explorado. 

Durante los últimos seis meses, he tenido la oportunidad de apreciar en algo la manera de ser de los habitantes de estas provincias (del Plata)… Los gauchos u hombres de campo son muy superiores a los que residen en las ciudades. El gaucho es invariablemente muy servicial, cortés y hospitalario. No me he encontrado con un solo ejemplo de falta de cortesía u hospitalidad. Es modesto, se respeta y respeta al país, pero es también un personaje con energía y audacia”, aseguraba el bueno de Darwin.

Tal vez por eso el poder avanzó sobre el gauchaje después de limpiar los verdes campos de la patria de nativos, y José Hernández, puso toda la nostalgia que tenía, hasta figurar en los anaqueles literarios, para regocijo del ser nacional. 

Pero como es costumbre, desde tiempos inmemoriales nada puede salir bien. Ni el proyecto de Moreno y Castelli, ni el de Dorrego o, el de Ángel “el Chacho” Peñaloza, desde las entrañas del interior empobrecido, lo de Hernández tampoco. Iba a terminar traicionando la causa federal, a su jefe político, López Jordán, para convertirse en senador por Buenos Aires y desde la curul escribir La vuelta del gaucho Martín Fierro. Si la Ida había sido la denuncia de la opresión sobre el gaucho, este sería la asimilación, la claudicación de eso que Darwin rescató como lo más puro de estas tierras.

Era una traición más. Nada que no haya hecho Rivadavia y su troupe con Dorrego o Rosas con Facundo Quiroga.


 Juan Manuel de Rosas: El caudillo antimperialista que terminó exiliado en Ingalterra.


Pero volvamos a lo que nos atañe, la forma en que obviamos la mirada de Darwin. Si se había encariñado —no sin razón— con el gauchaje, no le pasó lo mismo con los sectores más acomodados en tiempos del Restaurador. 

“Las clases más altas y educadas que viven en las ciudades cometen muchos otros crímenes, pero carecen de las virtudes del carácter del gaucho. Se trata de personas sensuales y disolutas que se mofan de toda religión y practican las corrupciones más groseras; su falta de principios es completa…”.

“… Teniendo la oportunidad, no defraudar a un amigo es considerado un acto de debilidad; decir la verdad en circunstancias en que convendría haber mentido sería una infantil simpleza…”.

“… El concepto de honor no se comprende; ni este, ni sentimientos generosos, resabios de caballerosidad, lograron sobrevivir el largo pasaje del Atlántico… Si hubiese leído estas opiniones hace un año, me hubiese acusado de intolerancia: ahora no lo hago. Todo el que tiene una buena oportunidad de juzgar piensa lo mismo… En la Sala de Buenos Aires no creo que haya seis hombres cuya honestidad y principios pudiesen ser de confiar…”.

Tranquilamente, Darwin podría invitar a Eladia para un dúo o viceversa, cuando la versión femenina de Discépolo nos recuerda que “¡Nos gusta hacer las leyes, después crear la trampa tirando por la “rampa” las tangas a rendir, cargar a voz en cuello, y protestar bajito, prefabricando mitos para poder vivir!”.

Hasta aquí cualquier similitud con los jefes de Cristina Kirchner o de Javier Milei no es pura coincidencia. Pero sigamos con Darwin, en 1833, el que no tiene lugar en los programas escolares:

“… La policía y la justicia son completamente ineficientes”.

 “Si un hombre comete un asesinato y debe ser aprehendido, quizá pueda ser encarcelado o incluso fusilado; pero si es rico y tiene amigos en los cuales confiar, nada pasará. Es curioso constatar que las personas más respetables invariablemente ayudan a escapar a un asesino. Parecen creer que el individuo cometió un delito que afecta al gobierno y no a la sociedad”.

(Un viajero no tiene otra protección que sus armas, y es el hábito constante de llevarlas lo que principalmente impide que haya más robos.)

Casi como si fuera un brujo de esos que pululan hoy en las redes haciendo predicciones, se preocupaba por el futuro de los nativos, ante las matanzas de las que eran objeto con una exactitud que asombra. “... En otros cincuenta años no quedará ni un indio salvaje al norte del Río Negro”.

Eso que llamamos patria, hoy. 57 % de pobres.


En los próximos 30 años, dos “campañas al desierto” (Patagonia), la de Rosas y la de Roca, perpetraron el primer genocidio que conoció la Argentina. El segundo llegaría entre 1864 y 1870, durante la guerra del Paraguay, bajo la presidencia de Bartolomé Mitre. Las primeras filas en el frente eran pobladas por afrodescendientes, en su mayoría caídos en combate. Nada que no haya servido de sustento intelectual para perpetrar el último genocidio entre 1976 y 1983. Algo que no había pasado desapercibido para Darwin.

A continuación, el observador se refiere a los políticos y agentes del Estado. 

“Todo funcionario público es sobornable. El jefe de Correos vende moneda falsificada. El gobernador y el primer ministro saquean abiertamente las arcas públicas. No se puede esperar justicia si hay oro de por medio”.

“Conozco un hombre (tenía buenas razones para hacerlo) que se presentó al juez y dijo: ‘Le doy doscientos pesos si arresta a tal persona ilegalmente; mi abogado me aconsejó dar este paso’...”.

“… El juez sonrió en asentimiento y agradeció; antes de la noche, el hombre estaba preso. Con esta extrema carencia de principios entre los dirigentes, y con el país plagado de funcionarios violentos y mal pagos, tienen, sin embargo, la esperanza de que el gobierno democrático perdure. En mi opinión, antes de muchos años temblarán bajo la mano férrea de algún dictador. Como deseo el bien del país, espero que ese período no tarde en llegar”.

Ergo el científico no nos tenía fe y tampoco oraba por nuestra buenaventura.

 

De plagio, somos

Pero tranquilo, Carlitos, “ese período” llegó más temprano que tarde, pero el bien, lo que se dice el bien, no llegó nunca. Al parecer lo secuestraron durante el trayecto. Ahora, eso sí: lo que nos quedó, lo potenciamos hasta lo inusitado. Solo basta escuchar, atentamente, los acordes del himno nacional, escrito por Vicente López y Planes en 1812. Hasta ahí todo bien. Una letrita sin muchas pretensiones, para que oigan los mortales, pero, al parecer, la sordera social no halló cura.

Todo indica que el autor de la letra apeló a los servicios de un catalán, oriundo de Mataró (Barcelona), Blas Parera, nacido en Murcia por mero accidente familiar, violinista y músico, acostumbrado a amenizar misas diversas en aquel villorrio de contrabandistas que, era el Buenos Aires de 1810. Recibió el pedido para que compusiera la música de la canción patria.

Parera cobró por aquel encargo 200 pesos de la época. Una cifra que para los historiadores era mucho dinero. Pero solo hay que escuchar con atención la Sonata dos pianos K448I Alegro con Brio, que Wolfgang Amadeus Mozart compuso en 1781, para corroborar que ya por entonces estábamos hechos de plagio.  


Blas Parera: El primer plagiador de la "especie"


El bueno de Parera, que hasta se lo honró con una calle, no solo estafó al genio austriaco, sino también al Estado argentino y, de paso, convirtió en cómplice al siempre oportuno, en cuestiones políticas, López y Planes. De haber habido eso que se llama Justicia, le hubiese complicado la vida, incluso, a Margarita Sánchez de Thompson, por haber organizado la tertulia en su casa para plasmar el “delito”.

Y en materia de plagios, no se salva ni Carlos Gardel. Uno de sus tangos más célebres, Por una cabeza, es una letra de Alfredo Lepera y él, el zorzal en persona, se encargó de la música. Y a la hora de elegir la música, nadie les va a negar a los argentinos que fueron receptivos al talento de Wolfgang Amadeus. Basta escuchar, atentamente, el Rondo para piano y orquesta en do mayor, para entender que en una sociedad con jueces probos, Gardel debió, por lo menos, pasar otra temporadita en la cárcel, como la que se comió en el penal de Ushuaia, a comienzos del siglo XX, por haber participado de “campana” en varios hechos delictivos. Si nunca se encontró su prontuario, que ratificara en los libros de historia aquel episodio y su estadía en “el penal del fin del mundo”, fue por su temprana y sólida relación con los conservadores de Avellaneda, bajo las órdenes del caudillo local, futuro gobernador de la Provincia de Buenos Aires, Alberto Barceló. 

Habrá quien argumente que el autor de El día que me quieras no era argentino, que había nacido en Toulouse (Francia), según algunos; que era nativo de Tacuarembó (Uruguay), como señalan otros. Nada definitivo, salvo que era hincha de Racing. Ni siquiera esa cualidad (de la que también goza nuestra querida Eladia) lo exime del plagio ante la historia.


Carlos Gardel y su amigo y protector, Juan Ruggero ("Ruggerito"). Conservadores. Plagio y otras cuestiones peleadas con la ley.


Pero no todo está perdido. Al menos en cuestiones musicales. Hoy, a los autores les es casi imposible apostar al plagio. La tecnología, la inmediatez de la información les juega en contra. Por otra parte, los ritmos guturales del momento no reparan en acordes sofisticados, ni en notas tan elevadas. Ni siquiera los Pibes Chorros son capaces de hacerle honor a su nombre. Cuestiones de la involución por la que Darwin, al parecer, nos dejó afuera de sus grandes estudios.

Traición y plagio, como una constante, civilización y barbarie, como articulador eterno de una grieta que se reproduce en forma constante, cobijando todas las falacias políticas e históricas posibles con la corrupción a la orden de la hora. Así se fueron construyendo los cimientos de esto que hoy somos. Y de ese mismo material están confeccionados los cartones del edificio social e institucional de eso que llamamos país.

Una suerte de escenografía ideal para seguir extendiendo como sociedad ese “melodrama y a enredarnos en la trama de vivir en la ficción”.

 

Compradores de Buzones”

 Hay que ser más que crédulos, en tanto, sociedad, para “comprar” que Juan Manuel de Rosas era federal y antimperialista, cuando en los hechos no hubo nadie más unitario, ni defensor de los intereses de Buenos Aires que el líder de “la Santa Federación”. El mismo que tras la derrota de Caseros en 1853 terminara exiliándose en territorio del “enemigo”, Southampton (Inglaterra). 

De aquel relato al del kirchnerismo, quemado en la legión de pobres y en la pira inflacionaria, hay una matriz en común.  El mismo molde que utilizaron los conservadores amigos de Gardel, con Barceló y su principal escudero, Juan Ruggiero (más conocido como Ruggerito), a la cabeza; primero comenzaron adaptándola a los tiempos que corrían, y luego fue otro conservador confeso, coronel al final de cuentas, Juan Perón, el que la terminó transformando en doctrina.


El expresidente Juan Domingo Perón


Desde Rivadavia a la fecha, la constante fue el endeudamiento con las potencias, la generación por etapas del régimen fiscal, los discursos a contramano de los hechos para lograr lo imposible. Pasar de ser un país promisorio a comienzos del siglo XX a esta usina generadora de empobrecimiento y de transferencia de ingresos a los empresarios prebendarios del Estado. 

Entre tanto, este conglomerado de necios, gobernados por cínicos de todas las estofas posibles, que somos seguimos mintiéndonos de lado y lado. Incapaces de haber articulado un progresismo acorde a las necesidades de las mayorías (ni hablar una alternativa de izquierda), de un lado e  incapaces de construir eso que tanto se alardea por estas horas: un liberalismo de manual, porque solo les da el combustible para un populismo con otra letra. 

Y así seguimos. Abonando el cinismo de los políticos, alimentando el milagro del gauchito Gil que no llega, pero se lo espera o, ahora, el de Mamá Antula. Seguimos siendo esos meros “compradores de buzones…”, que nos remarca Eladia, “chantas… y en el fondo solidarios, más al fondo muy otarios y muy piolas más acá…”. Aguantando lo inaguantable, como ese país periférico que somos.

Aquellos rasgos que Darwin avizoró en nosotros están ahí. A flor de piel. Como lo están los de José Ingenieros (El hombre mediocre) o los de Arturo Jauretche (Manual de zonzeras argentinas) Bien subrayados esos defectos de fábrica, como para no esperanzarse con cambio alguno sea quien sea el que ocupe el gobierno. 

Basta observar cómo el actual presidente, Javier Milei, conformó su gobierno, con “indios” de distintas tolderías de intereses y soldados de distintas militancias, donde no faltan ni representantes del grupo Macri, o de empresarios como de Eduardo Elsztein, de José Luis Manzano, de los Werthein, como tampoco lugartenientes de Sergio Massa, o de La Cámpora, sin olvidar al incombustible exgobernador Daniel Scioli, en su versión “Ad honorem” (solo apta para “compradores de buzones”)                                                                  


Los autores del tercer genocidio argentino.


Cuando uno se pregunta ¿cuándo se jodió la Argentina?, suelen aflorar las opiniones: “En el 30 con el golpe militar”, “con el peronismo”, “en el Golpe del 55” y así siguen las opiniones. Sería más productivo revisar una y otra vez a Darwin, para terminar de entender que eso que hoy somos es el fruto del esfuerzo colectivo desde nuestro “glorioso origen”. Y de paso, volver cada mañana como el rezo de un rosario al teorema/tango de Eladia, para que “aprendamos pronto el tomo de asumirnos como somos o no somos nunca más”.✔