Hijo de Petro (HDP)

De
padres, de hijos y de nuevos parricidios
Por
José Vales
“La
victoria tiene muchos padres, la derrota es huérfana…” Esa máxima que se le
atribuye a Napoleón, bien podría ser puesta en duda. Al menos para narrar
algunos de los acontecimientos que se han ido suscitando en los últimos días y
en diferentes puntos del globo. Un golpe de Estado, como el acaecido en Níger,
más sensible que otros de su estirpe para la realidad geopolítica actual,
parece tener al menos un padre: el grupo Wagner y por extensión (al menos de
momento), Vladímir Putin, si se observan algunas deducciones. Pero son varios
“los jefes de familia” de la Níger democrática que acaban de entrar en pánico:
Estados Unidos y Francia, en primer orden, la Unión Europea (UE) en segunda
línea, encabezan la columna internacional de los que consideraban al depuesto
presidente, Mohamed Bazoum, un aliado. Casi un “hijo” de occidente.
Electo en febrero de 2021, Bazoum, un socialdemócrata
de carnet y por ende miembro de la Internacional Socialista, había
protagonizado el primer relevo presidencial, mediante elecciones, desde 1960.
Una vida más breve que la de las mariposas para la democracia de ese país
africano, clave para la Casa Blanca, gracias a la colaboración que el derrocado
gobierno suele prestar en el Sahara y, en especial, en la región del Sahel —una
zona semidesértica plagada de fuerzas yihadistas—, a la hora de reprimir al
terrorismo que lucha en nombre de Alá.
Otro que anda preocupado por ese golpe
es Emmanuel Macron y su gobierno. No solo por ser el país que posee allí, en su
excolonia, bases militares —al igual que Estados Unidos— con más de un millar
de soldados fijos, sino también porque es el principal cliente de sus reservas
de uranio con las que abastece sus centrales nucleares y fuente de otras tantas
materias primas.
Y
entre tantos “padres” que celebraban la existencia de ese “hijo ejemplar” que,
al menos hasta la aparición del general Abdourrahmane Tiani, era Níger, ahí
está la UE, que siempre vio a ese país, como un escudo protector para detener o
reordenar el flujo de migrantes que se lanzan por el Mediterráneo, buscando
huir de la pobreza y la violencia.
Un conflicto ideal para quitar de los
primeros planos, aunque sea por un instante, la crisis en Israel por el intento
de quitarle toda independencia a la Corte Suprema, y para matizar los
constantes vaivenes de la guerra en Ucrania.
Y en eso de las paternidades, Donald
Trump es el padre del descalabro político más llamativo de la historia
estadounidense, pero parece que está obligado a compartir esa paternidad. Tanto
en aquel intento de golpe que inauguró la administración Biden como en el
calvario que le espera entre un tribunal y otro. El fiscal especial, Jack
Smith, quien acaba de imputar al expresidente, ya advirtió que en su intento de
alterar los resultados electorales no estuvo solo”.
Ese proceso aparece como un componente histórico e
impensado y llega en un momento justo para ir ambientando la pelea electoral
con el presidente, Joe Biden, esa que hoy las encuestas colocan en un empate
técnico. De esa manera, lo que empezó distinto en enero de 2021, con escándalo
e intento de alteración del orden democrático, parece llamado a terminar de
manera singular. Tal vez con un presidente que tenga que asumir, o bien,
procesado o jurando desde algún penal de la Unión. Cualquiera de ellas podría
ser única en la historia del país del norte.
Que las relaciones padres e hijos suelen ser complejas, no es ninguna novedad. Pero pocas con tantos matices como la del presidente colombiano, Gustavo Petro y su hijo y exdiputado, Nicolás, preso y acusado por enriquecimiento ilícito y lavado de activos, junto a su exesposa, Daysuris Vásquez, quien había disparado las denuncias contra el vástago presidencial, impulsada más por el despecho que por cuestiones de Estado. Las señales de Streaming ya están buscando guionistas para una futura serie o telenovela, sobre una trama que recién comienza a ser desvelada.

Gustavo Petro: cambia, nada cambia...
Después de varios días en prisión, Nicolás Petro se
dispuso a “colaborar con la Justicia” y no mintió. En su declaración ante el
fiscal confesó que había recibido "altas sumas de dinero" del señor
Samuel Santander Lopesierra, más conocido en Colombia como “El hombre
Marlboro”, un conocido narcotraficante que operaba en la región de la Guajira
(frontera con Venezuela), el empresario Gabriel Hilsaca Acosta, hijo de Alfonso
“El Turco” Hilsaca, un controvertido empresario que controla todos los
contratos de alumbrado en las calles de Cartagena y en otras ciudades de la
Costa Atlántica. Asimismo, está investigado por presuntos actos delictivos en
diversas causas. Allí contó que otro de los que aportó tanto a la campaña de su
padre como a sus arcas propias había sido, el también empresario, Óscar
Camacho, con ostentoso poder en la ciudad de Cúcuta.
“Una parte de esos dineros fueron
utilizados por el mismo señor Nicolás Fernando Petro Burgos y su exesposa,
Daysuris Vásquez Castro, para su beneficio personal e incrementar su patrimonio
de manera injustificada y así entre los dos poder blanquear los bienes producto
de ese incremento. Otra parte de estos dineros fueron invertidos en la campaña
presidencial del año 2022”, dijo el fiscal Mario Burgos.
Ahora
es tarea de la Justicia determinar si existieron fondos en la campaña misma que
nunca se declararon como tales como sospecha la fiscalía. Eso para redondear un
nuevo escándalo para el presidente y todo en el nombre de su hijo, en lo que
puede convertirse en una suerte de parricidio gubernamental. Casi en una muerta
asistida de un gobierno que padece, algo parecido a una muerte cerebral.
Desde que Nicolás Petro comenzó a
ser noticia, por las denuncias de su exesposa, el jefe de Estado se había
limitado a advertir que no interferiría en la Justicia para salvar al mayor de
su prole y trató de justificarse diciendo: “Yo no lo crie”.
La declaración ante la Justicia que el jueves
proporcionó Petro hijo desvela que la relación paterno-filial arrastra dolores
de aquellos tiempos en que el presidente andaba de clandestino, en el monte,
como miliciano del M-19, y su hijo, al cuidado de la madre, lo que derivó en
ese “No lo crie…”.
Mientras recaudaba para la campaña
presidencial de su padre, Nicolás Petro, y engordaba sus propias arcas de
manera ilegal, ya daba muestras de conflicto en la relación con “Papa, el
candidato”. Solía cuestionar algunas acciones gubernamentales de su padre y
tejía alianzas con los principales caciques de la Costa Caribe, allí donde el
clientelismo político, el accionar del narco y el paramilitarismo suele dar
vueltas elecciones a favor o en contra de un candidato. Precisamente una trama
semejante fue la que difundió el exembajador en Venezuela, Armando Benedetti,
uno de los promotores del primer escándalo de la administración Petro, a
principios de junio.
Con su hijo en prisión y dispuesto a seguir hablando, lo que está en cuestión ahora es el financiamiento de su campaña y el rol que haya ejecutado el mandatario. Paradójico que, el primer gobierno considerado de izquierda (amén del de Alfonso López Pumarejo, que era Liberal), quede enlodado por presuntos dineros del narcotráfico en la campaña. Algo similar, a lo ocurrido en la administración de Ernesto Samper (1994-1998), que tuvo que enfrentar el recordado Proceso 8000, del que hoy, precisamente, se cumplen 25 años. Aquel también fue un gobierno que se autopercibía, cuanto menos, progresista. Pero claro está: no basta con serlo, también hay que parecerlo.
Eso para redondear un nuevo escándalo para el presidente y todo en el nombre de su hijo, en lo que puede convertirse en una suerte de parricidio gubernamental. Casi en una muerta asistida de un gobierno que padece, algo parecido a una muerte cerebral.
Es para destacar la actitud del presidente, respetando la investigación judicial contra su hijo y brindando las garantías necesarias para que todo el proceso goce de normalidad, pero valdría la pena revisar dónde
radica su principal error en toda esta trama, político, pasional, sentimental que impacta de lleno en la
estabilidad de su gestión.
En un país donde el producto del narcotráfico representa casi el 2 % del PIB, no es extraño que siempre esos fondos espurios tiñan las campañas proselitistas. Lo sorprendente es que sean gobiernos más volcados a lo popular los que queden al desnudo. Pero el autodenominado “Gobierno del Cambio”, no solo sucumbió en esos pantanos, sino que también violó los mismos mandamientos de todas las familias del poder: hacer que los cargos y la actividad política sea hereditaria.
Expresidente Álvaro Uribe y su descendencia. Todos pasaron por la Justicia.
La credencial
para actuar en política suele pasar de padres a hijos, casi como si fuese un
legado atado a la Constitución o, lo que es más llamativo, como si se tratase
de una ley de divina. Solo se contemplan el peso de los apellidos: no importa,
si se llaman Pastrana; Lleras, Barco, Restrepo, Uribe, Turbay o Gaviria. A esa
galería sumó su foto, el propio Petro, quien se proponía diferente y, a estas
alturas, ese ya no es un pecado menor.
Sin ir más lejos, en octubre próximo
habrá elecciones para alcalde en Colombia. En lo que a Bogotá respecta, hay dos
candidatos descendientes de dos familias fracturadas en su momento por el
cartel de Medellín, la del exministro Rodrigo Lara Bonilla y la del excandidato
a la presidencia, Luis Carlos Galán (ambos asesinados por orden de Pablo
Escobar). Se trata de Rodrigo Lara Restrepo y Carlos Fernando Galán Pachón.
Hijos respectivos de los anteriores. “Condenados” casi a seguir el camino —y
bajo la vara histórica— de sus padres, como ocurrió con los hijos de Álvaro
Uribe, por citar solo un ejemplo más cercano en el tiempo.

Expresidenta Cristina Kirchner y sus hijos como escudo.
Ese clasismo extremo que aflora
permanentemente en los espacios de poder en Colombia, perenne como un homenaje
permanente al medioevo, es un símbolo de la desigualdad social en ese, y en
algunos otros países latinoamericanos. Precisamente, allí radica el error del
Petro presidente, en esta historia. Tampoco alcanza con parecer distinto, también
hay que serlo (aquí tampoco el orden de los factores altera el producto).
Pudo no haberlo criado, pero sí lo introdujo en su
entorno político desde su tierna adolescencia, como manda la muy conservadora
tradición colombiana del poder. Una costumbre que gana cada vez más adeptos en
el vecindario sudamericano, donde el accionar político se asemeja cada vez más
al de una casta. Nada más alejado a cualquier intento de cambio, de esos que se
propalan con ligereza proselitista.
Así es como Petro también mordió esa
manzana y ahora deberá enfrentar la realidad. Todo, en un momento donde su
gobierno parecía no terminar de arrancar, y cuando acaba de deshacer su primer
gabinete estructurado con aliados para terminar abroquelándose con los
propios. Observando el caso de la familia Petro, podría pensarse que Colombia
necesitaría un psicólogo, pero no. Los problemas estructurales son tanto, que
no solo se necesitaría un ejército multidisciplinario, sino también nuevos
tratados éticos.
Para el consuelo de Petro y los colombianos, cabe recordar que no está solo en ese vía crucis. Cristina Kirchner, la expresidenta y actual vicepresidenta argentina, tiene a sus hijos tan investigados como ella misma en el seno de la Justicia. Recurrencias cuasi monárquicas, que no suelen terminar bien.
Algo similar, a lo ocurrido en la administración de Ernesto Samper (1994-1998), que tuvo que enfrentar el recordado Proceso 8000, del que hoy, precisamente, se cumplen 25 años. Aquel también fue un gobierno que se autopercibía, cuanto menos, progresista. Pero claro está: no basta con serlo, también hay que parecerlo.
En honor a la verdad no abunda la teoría al respecto.
Mucho menos para este tipo de “parricidio” gubernamental que experimenta
Colombia. Tal vez el mejor consejo para no repetir este tipo de “pecados” se
puede encontrar en algunas biografías de los delincuentes de vieja estirpe,
como por ejemplo la del argentino Juan José Ernesto Laginestra, quienes, como
él, trataban por todos los medios de dejar a los hijos bien lejos del lugar de
los hechos con el único fin de que no se contaminen del delito ni los alcancen
las esquirlas cuando el artefacto de la ley explotara en sus manos.
Después de todo, la política rige, indefectiblemente,
todos los órdenes de la vida. Incluso, el del delito. ✔