Francia: Macron, angustia y desesperación...

El nuevo (y desesperado) intento por frenar a los Le Pen
Emmanuel Macron se había acostumbrado a
fogonear la guerra. En los últimos meses, se lo veía muy entretenido con
posiciones extremas a favor de Ucrania y siempre azuzando para que la OTAN ingrese,
de una vez por todas, en defensa de Ucrania en su guerra con Rusia. Pero ahora
la realidad, cruda y cruel, viene de llamarlo al orden.
Tiene un frente interno más que caótico, como
para seguir jugando con fuego en favor de un conflicto bélico que afectaría a
toda Europa. La derrota en las recientes elecciones europeas lo obligó a
convocar de urgencia a nuevas legislativas y, de paso, alterar todo el tablero
político de su país, obligando a sus vecinos a poner máxima atención en lo que
pueda pasar en el Hexágono a fines de mes.
La crisis en Francia no es nueva. Lleva su
tiempo. El descontento social viene en aumento desde hace varios años y a su
sistema político ya se le agotaron las ideas, el tiempo, los recursos
intelectuales y hasta esos esquemas diversos para frenar al ultraderechista Resemblement National (Agrupación
Nacional) de Marine Le Pen, quien parte como la favorita de cara a los comicios
del próximo 30 de junio y 7 de julio
(segunda vuelta).
Desde fines de los años 80, ese sistema viene
lidiando en varios frentes para sostener "el cordón sanitario" a la ultraderecha: en tratar de estirar todo lo posible los restos del
Estado de Bienestar y lidiar, con lo que tenga a su alcance, para evitar el
ascenso de la familia Le Pen y sus acólitos al poder. Como otrora, hoy no se
vislumbran candidatos atractivos ni a la izquierda ni a la derecha moderada,
como pudieron haber sido Jacques Chirac o Nicolas Sarkozy (allá lejos cuando
todavía no se hacían llamar Republicanos); no pueden apelar a un mundial de
fútbol (el del 98) con un equipo nacional campeón cargado de apellidos de
origen argelinos, marroquíes o de las excolonias africanas, para contentar a
ese electorado de trabajadores e inmigrantes, que en cada elección miran, cada
vez con “más cariño”, a los Le Pen y sus arengas neofascistas. Todo ello se
agotó porque también a la sociedad ya no le quedan anticuerpos para soportar el
estrés y el agotamiento. La evidencia más notoria es el resultado final en las
recientes europeas.
Por eso, el último manotazo de ahogado que
viene de dar un sector de la clase política es reeditar el Frente Popular de
aquel lejano 1935, con el que se buscó frenar al fascismo. O sea, la unión de
todo el arco progresista en una sola candidatura, con un programa único y con
un paquete de medidas ya decidido para aplicar en los primeros 100 días de
gobierno que representan el último recurso para tratar de salvar a la V
República, inaugurada en 1958 por el general Charles De Gaulle.
Socialistas, ecologistas, comunistas y el partido de la Francia Insumisa de Jean-Luc Mélenchon, junto a otras agrupaciones minoritarias, le dan vida a ese nuevo Frente que promete “empezar a cambiar la vida de los franceses”. Algo así, como una promesa que trata de llenar un vacío de ideas en un tiempo, donde, a pesar del esfuerzo, nada parece alcanzar.

Sin recursos políticos, el sistema político apela a la historia y reedita el Frente Popular
Francia no es el único país de la región que
padece una crisis social y económica que no deja ver una solución en el corto
plazo. Es tal vez el emergente de un repliegue europeo, forzado por la pérdida
de competitividad económica, la maquinaria de guerra, el silencio de los
alemanes ante las incesantes presiones de Washington (lo que volverá a quedar
de manifiesto en la Cumbre de los 7 que tiene lugar en estos días en la ciudad
italiana de Bari).
En lo que respecta al capítulo francés, fueron los sucesivos gobiernos de las últimas tres décadas los que vieron perder capacidad de gestión, intelecto e ideas para poder controlar la situación. Esa confusión es la que parece tener atrapado a Macron y a la diplomacia gala, desesperada por volver a recuperar su posición ante los ojos del mundo.
...Hoy no se vislumbran candidatos atractivos ni a la izquierda ni a la derecha moderada, como pudieron haber sido Jacques Chirac o Nicolas Sarkozy (allá lejos cuando todavía no se hacían llamar Republicanos); no pueden apelar a un mundial de fútbol (el del 98) con un equipo nacional campeón cargado de apellidos de origen argelinos, marroquíes o de las excolonias africanas, para contentar a ese electorado de trabajadores e inmigrantes, que en cada elección miran, cada vez con “más cariño”, a los Le Pen y sus arengas neofascistas
Y es que la obsesión occidental por Rusia
modificó ese trípode en el que se apoyaba Washington en el viejo continente. Ya
no conforman París, Berlín y Londres, sino los ingleses, Polonia y Ucrania. Al menos, hasta nuevo aviso y mientras la
situación económico-social no deja de resentirse, y que amenaza con expresarse
con vehemencia en las urnas francesas.
Esa no aparece como una elección más. El gobierno y los partidos que se autoperciben progresistas tienen nada más que dos semanas para volver a convencer a los sectores populares de que “el fascismo es un peligro” como lo fue en 1936. Lo que vaya a ocurrir en Francia repercutirá, indefectiblemente, entre los vecinos. El temor mayúsculo de los europeos es que un hipotético gobierno de Marine Le Pen, termine transformando a la italiana Giorgia Meloni en una suerte de Rosa de Luxemburgo, del postmodernismo.
Emmanuel Macron: ¿El último presidente de la V República?
Una colega residente en Madrid, nos confiaba
que en la reciente Feria de Libro, una de las obras más buscadas fue “Porque el
obrero vota la derecha (la deriva suicida de la izquierda)” del dirigente
marxista Roberto Vaquero. En ese trabajo, Vaquero critica la carencia de la
izquierda por los problemas estructurales de las clases bajas, mientras se
ocupa de cuestiones como el (“falso”) ecologismo o el feminismo, que a su
entender “es menos igualdad”.
Lo atribuye, en gran parte, a la confusión de
sus cuadros, a la pérdida de un camino por acción directa de caer en los
lugares comunes y eslóganes en medio de una globalización, donde el grueso del progresismo
se anotó en la primera fila para escuchar al Club Bilderberg (que reúne a los
130 hombres más ricos e influyentes del mundo).
Lo demás, obedece al fracaso en sucesivas
gestiones a la hora de atacar los
acuciantes problemas de los sectores de menos recursos de los distintos
gobiernos. De ahí ese vuelvo a la derecha de las clases populares que le dan
vida a los Javier Milei de turno, como viene de ocurrir en España con el
advenimiento de Alvise Pérez, quien llegará a Estrasburgo convertido en un
remedo del presidente argentino con acento andaluz.
Por todo esto, las próximas legislativas
francesas no serán unas elecciones más. Será una prueba de fuego, en un momento
por demás difícil de Europa, que definirá el camino de los últimos tres años de
Macron en la presidencia, pero también dilucidará si el frente de izquierda
será la herramienta tan eficaz como las que se aplicaron en las últimas décadas
para frenar a los Le Pen o, bien, terminará por no desentonar con la cadena de
fracasos, terminará como un esfuerzo en vano que le abra las compuertas a un
final de época.✔