FRANCIA ESTA QUE ARDE...

Cuando Francia estornuda...
Por José Vales
C´est la France,
toujours la France…! Esas calles ardieron y sus fuegos se
propagaron por el mundo con una fuerza tal que marcó la división de dos edades
históricas. Sin aquellos bríos revolucionarios que acabaron con el antiguo
régimen, la vida cotidiana, al menos en Occidente, hubiese sido muy distinta a
la que se conoció a lo largo de siglos.
Es el mismo escenario donde, en mayo de 1968, obreros y estudiantes
comenzaron a desparramar el virus del descontento por más de medio planeta. La
memoria de la sangre mexicana derramada en la Plaza de Tlatelolco, en aquel
octubre sangriento es prueba fiel de esa historia.
No es que haya que olvidarse de la Comuna de París, en 1871, con sus actores principales reunidos en decenas de asambleas en el interior de la Iglesia Saint Eustache, en Les Halles; pero más acá en el tiempo y cuando el Muro de Berlín era ya historia reciente y Francis Fukuyama, junto a su séquito de neoliberales, repetía eso del “fin de la historia” (y del de las ideologías), París se convirtió en el epicentro de la resistencia, en el principal reservorio de la bronca social. Rabia aportada por cientos de miles de franceses. Hartos, como estaban, de resignarse a que la liberté fuese algo parecido a una entelequia y la egalité, una utopía irrealizable, salieron a la calle a defender la última bandera de aquella Revolución que había impregnado al mundo: la fraternité.

Huelgas y protestas sin fin en contra de la reforma jubilatoria
Y así, fraternamente, salieron en masa a
las calles en noviembre de 1995 para combatir la reforma de la Seguridad Social
con la que el entonces primer ministro, Alain Juppé, esperaba ajustar la
economía y preparar al país para el acuerdo de Maastricht (zona Euro). La había
impulsado tan sólo unos meses después de que junto a su jefe, Jacques Chirac,
llegasen al poder bajo la promesa de reparar la “fractura social” en la que, a
su entender, se encontraba el país, después de 14 años en el Elíseo de Francois
Mitterrand (1981-1995) y una cohabitación con la oposición en el
gobierno.
La reacción de los sindicatos no se hizo esperar. Las huelgas
paralizaron París y buena parte del Hexágono. La impopularidad de aquella
reforma había sido la reacción inmediata de una sociedad ante la severa
evidencia de que el mentado Estado de Bienestar estaba ya llegando a su
fin.
Aquella ansiada reforma del neogaullismo
(encarnado por Chirac y Juppé) terminaría sucumbiendo en enero del 96. Acabó en
un pequeño impuesto y un esquema de contralor oficial y un primer ministro
debilitado que fue languideciendo en el cargo hasta abandonarlo en junio de
1997.
De aquella batalla a esta en rechazo a
la reforma jubilatoria pasaron casi tres décadas y un antecedente más o menos
reciente: las manifestaciones en 2018 de los “chalecos amarillos” (gilets
jaunes), en oposición a una suba impositiva y otros reclamos sociales de la
que si bien el presidente Emmanuel Macron logró salir airoso dotó a vastos
sectores sociales del país de una gimnasia disruptiva. Episodios, todos, de la
misma narración. Un modelo que, cada vez con mayor rigor, brinda signos de
agotamiento.
La protesta en sí se parece mucho al
“deporte nacional” de los franceses. Una imagen avalada por la historia. Como
si la semilla del filósofo Georges Sorel (1847-1922) —que hacía de la
acción directa un culto— todavía brindara algún fruto. Poco les cuesta a los
franceses ganar las calles y enfrentarse cuerpo a cuerpo con los CDR (comandos
policiales)
Los trabajadores y las clases medias que, según las encuestas, rechazan masivamente la reforma —al punto tal que fue aprobada mediante un decreto—, son conscientes de que lo que está en juego en esa impopular medida son los restos, lo que queda, de un estilo de vida amenazado de convertirse en una sombra. En un recuerdo cada vez más lejano.
Emmanuel Macron: El agotamiento de un sistema lo lleva a sacrificar su imagen.
El propio Macron se enfrentó,
finalmente, a los medios de comunicación el pasado miércoles. Ante las
cámaras de la televisión confesó que impulsó la medida contra su voluntad, pero
la justificó en que no le quedaba más remedio. Que el sistema ya no resiste la
carga de albergar a todos por igual. Y todo a costa de su popularidad, de
jugarse el futuro de su segundo mandato (que comenzó en mayo último) y tener
que sacrificar, más temprano que tarde, a su debilitada primera ministra,
Élisabeth Borne.
Dos años más de trabajo y 43 años de
cotización al sistema jubilatorio deberá cumplir cualquier francés para paliar
el déficit del mismo. Lo más parecido a un parche momentáneo. Máxime, si se
tiene en cuenta el derrotero y las perspectivas económicas europeas. Porque
Francia no será el único país que deberá recortar derechos en ese
sentido.
Lejos de París, otra protesta por idénticos motivos (reforma jubilatoria) arrancó el jueves en Uruguay. Necesidades imperiosas de una crisis global que sigue marcando el ritmo de los acontecimientos.
...Son conscientes de que lo que está en juego en esa impopular medida son los restos, lo que queda, de un estilo de vida amenazado de convertirse en una sombra. En un recuerdo cada vez más lejano.
Así como la visita Xi Jinping a Moscú,
dizque con un plan de paz, brinda todas las señales de que la guerra va para
largo, las hogueras alimentadas con la leña de la ira en París, en Rennes, en
Lyon, como en otras tantas ciudades francesas, aparecen como una posible marca
de los nuevos tiempos, fogatas difíciles de extinguir; un evento más de ese
lento y constante languidecer del Estado de Bienestar que marcó las décadas de
posguerra. El mismo que para algunos expertos dejó de ser ya, y para otros
(depende de la óptica y los intereses de quien lo mida) padece una suerte de
muerte cerebral. Aun cuando, desde los despachos del poder, se haga un esfuerzo
por maquillar la realidad.
No obstante, las calles de París, una vez más, interpelan a la historia. Como otras veces antes y como desde 1789, parecen esmerarse en otro rabioso estornudo para que el vecindario, inevitablemente, se resfríe.✔
