FACUNDO CABRAL: SU MENSAJE , VIVO Y URGENTE.

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Facundo Cabral
Hace 10 años, asesinaban al mensajero
Por José Vales
"Si los malos supieran lo buen negocio que es ser bueno, serían buenos, aunque sólo fuera por negocio”. Si al menos sus asesinos hubiesen escuchado esta frase de Facundo Cabral —dicha en algunos de sus espectáculos—, tal vez se hubiesen visto tentados de iniciar una genial carrera por la pacificación de Guatemala y él los hubiese asesorado. Pero no lo escucharon y Cabral, un trovador más que cantante, un juglar moderno más que el autor de varios temas célebres, un memorioso cultor del amor y la amistad, un poeta al fin, fue asesinado de dos disparos, hace hoy una década, en la capital guatemalteca. La muerte más incomprensible para alguien que llevó un mensaje de paz por todo el mundo.
Dueño de un infancia pobre junto a seis hermanos y una madre a la que por amor y devoción transformó en el personaje central de muchos de sus espectáculos y sus historias, Facundo había nacido en Buenos Aires el 22 de mayo de 1937, pero su infancia transcurrió entre La Plata y Ushuaia, pasando por la ciudad bonaerense de Tandil y por buena parte del mundo; al que recorrió con el desparpajo de un argentino convencional y la austeridad de un monje tibetano.
No leyó ni escribió hasta los 14 años, cuando comenzó a aprenderlo todo. A escribir y a vivir lo bueno y lo malo de la vida. Se cultivó en la calle y en un reformatorio para menores, donde recayó por su condición de niño violento. Entre otras cosas, aprendió a tocar la guitarra y, con ella, partió a Mar del Plata, donde comenzó a hacer presentaciones como aficionado, cantando poemas de Atahualpa Yupanqui y del folclorista José Larralde, bajo el nombre del “Indio Gasparino”.
"...Cuida el presente, porque en él vivirás el resto de tu vida..." (Facundo dixit)
En aquella década de los 60, en los que luchaba por hacerse un lugar en la música local, todavía estaban lejanas sus menciones a Dios y a su madre, tanto como sus referencias bíblicas; pero ya abrevaba con fluidez en Walt Whitman y frecuentaba a Jorge Luis Borges para discutir sobre San Agustín, San Francisco de Asís o Diógenes, entre otros filósofos, de los que se fue impregnando de cierto cinismo en su humor, a la hora de componer sus relatos. Se lo podía definir como un anarquista sin militancia o “un ser descaradamente libre”, como se había llegado a autodefinir.
A todos ellos los citó puntualmente, y con un rigor ejemplar, en sus espectáculos; de todos se nutrió para difundirlos, de la misma forma que lo hacía con sus amigos, taxistas o pordioseros, que iba ganando en cada uno de sus viajes por el mundo.
Fue recién en 1970, cuando al componer “No soy de aquí, no soy de allá”, que hizo popular su amigo Alberto Cortez, trascendiera el estrellato y las fronteras de su Argentina natal. Más de 700 versiones en 28 idiomas se grabaron de esa canción, paradójicamente, la última que cantó en su vida, aquel jueves 9 de julio de 2011, en Quetzaltenango.
"...Hay tantas cosas por gozar y nuestro paso por la tierra es tan corto, que sufrir...es una pérdida de tiempo. (Facundo dixit)
En 1975, amenazado por la banda ultraderechista Triple A, se exilió en México y desde México arrancó su devenir constante por los cinco continentes. Fue en esa etapa “donde quedó atrapado por la cuestión mística, el mensaje religioso”, según confió alguna vez Cortez, quien lo arropó aquel año en Madrid y con quien compartió escenario en múltiples ocasiones. Cuando en 1984 regresó a la Argentina, con su espectáculo "FerroCabral", lo aguardaban una multitud y el éxito en ventas. Ya había perdido a su esposa y una hija en un accidente aéreo, y un tumor cerebral ya lo tenía a mal traer y contra el que luchó, denodadamente, en los consultorios y en los escenarios; más en los escenarios que en los consultorios (“porque allí recibía al la inyección de salud para seguir adelante”). En el ínterin, seguía dedicado a viajar y a vivir en cuartos de hotel. Y así justamente, lo encontró la muerte en la ciudad de Guatemala: ligero de equipaje como lo ordenaba su adorado Antonio Machado.
Sólo lo puesto y un diminuto bolso con sus pertenencias. Lo demás estaba todo en su memoria y en su corazón juglaresco.
Su música, su canto y su condición de juglar de la paz y la vida, no llegó a cuajar entre los intelectuales que nunca lo reconocieron. Tal vez, fue esa una de las pocas quejas que le escucharon sus amigos salir de sus labios, ya que se consideraba el más afortunado de los seres humanos: “He recibido mucho del Señor, desde la pobreza hasta la riqueza de recorrer el mundo”, solía repetir.
Facundo y su canción más famosa.
“Rico no es el que más tiene, sino el que menos necesita...” o “el hombre cuanto menos posee, puede sentirse más libre..”, acostumbraba a colar en sus espectáculos o entrevistas, entre cientos y cientos de citas de una simpleza tan grande que podía encerrar la más profunda de las sabidurías y un humor inefable. De ahí, los grandes silencios que se generaban a su alrededor tanto en cada uno de sus shows como en sus interlocutores, en sus extensas y habituales charlas de café.
“Una vez le pregunté a mi madre: ‘¿Mamá quién es mi papá?’. ‘¡Qué se yo, nene, había tanta gente!’, me respondió”, bromeaba para que el auditorio quedara envuelto en carcajadas.
Seguidor de la Madre Teresa de Calcuta y de Eva Perón, por diferentes razones. La primera lo marcó con el ejemplo y la ex primera dama argentina lo había ayudado en su pobreza infantil. “Bienaventurado es el que no cambia el sueño de su vida por el pan de cada día”, solía repetir.
Grabó memorables trabajos que se trasformaron en cientos de shows, como “Pateando tachos”, “Cabralgando” o, junto a Cortez, “Lo Cortez no quita lo Cabral”, con el que se presentaron desde Bellas Artes de México hasta el Lincoln Center de Nueva York o el Luna Park de Buenos Aires y en varias ciudades de Latinoamérica y Europa.
"...Se gana y se pierde,. se sube y se baja, se nace y se muere; y si la historia es tan simple, ¿por qué te preocupas tanto?"
Una muerte siempre resulta incomprensible. Máxime si se trata de la de un personaje como Facundo que, por portar su mensaje de paz en todas las latitudes, había sido designado embajador de la Unesco en 2008. Tal vez fuera él mismo —que por entonces venía peleando contra un cáncer de páncreas— quien había dejado alguna pista, dos días antes de su asesinato a manos de un grupo de sicarios locales, para entender su desaparición física y, ¿por qué no?, su ausencia.
Fue en el Expocenter de la capital guatemalteca, al terminar su concierto cuando se despidió diciendo: "Ya les di las gracias a ustedes, ahora las daré en Quetzaltenango y después...que sea lo que Dios quiera, porque él sabe lo que hace...".
Entonces, si Cabral tuvo o no razón, es materia discutible. Lo cierto es, que su Dios se equivocó de cabo a rabo. Nos privó del mensajero ejemplar, aunque el mensaje permanece allí, intacto, en cada uno de sus temas.
Su vida y su obra en una entrevista con Jaime Bayly (1997)