ERNESTO SABATO: UNA DECADA DESPUÉS...

Diez años de la muerte de Ernesto Sábato
El escritor que resiste al futuro
Por José Vales
“Siempre tuve miedo al futuro,
porque en el futuro, entre otras cosas, está la muerte…", había dicho
alguna vez Ernesto Sábato. Y hace hoy exactamente 10 años, Sábato perdía el
miedo. Lo que nunca llegaron a creer los que lo leyeron, admiraron y
respetaron, es que ese futuro al que tanto le temía, le tendría deparado un largo y
penetrante silencio sobre su obra y su persona. Controversial, por momentos,
directo y dueño de una honestidad intelectual y personal, a prueba de todo. Incluso de los fuerzan el olvido.
Le habrían faltado dos meses a
penas para completar el siglo. Siempre en su casa (hoy convertida en Museo) del
barrio bonaerense de Santos Lugares, donde fue un vecino más. De hecho, su
última voluntad es que lo velaran en el club de enfrente de su casa. El
Defensores de Santos Lugares. Ahí donde pasaba horas con amigos jugando cartas
o ajedrez, “para irme acompañado de los vecinos y que me recuerden, a veces un
poco cascarrabias (de mal carácter), pero sobre todo un buen tipo”.
Polifacético y polémico, Sábato fue
reconocido en todo el mundo no sólo como el autor de una de las novelas más
importantes y mejor logradas del Siglo XX, como la crítica internacional había
catalogado a “Sobre Héroes y Tumbas” (1961), sino también como un activistas a
favor de los derechos humanos y de los que más sufren, algo que sobresalió durante
los nueves meses en que presidió la Comisión Nacional por la Desaparición de
Personas (CONADEP), con el informe “Nunca más” en 1984, recién acabada la
dictadura militar o en su vasta obra ensayística.
Pero si en esta década de ausencia
y de silencio de su obra, muchos fingen su olvido, donde se lo recuerda a
diario es allí en su pequeño gran mundo, de Santos Lugares, donde “vivía,
prácticamente con las puertas abiertas”, según coinciden los vecinos. Abiertas
a la creación ya sea literaria o plástica, actividad que desarrolló hasta
el final y con la que llegó a exponer su obra. O mucho antes con la física, las
matemáticas o sus días de militante en el Partido Comunista.
Sábato había sido un físico
destacado y un militante duro cuando militar en el PC no era fácil. Mucho antes
de que se desengañara de la Física y se abandonara de lleno “en el mundo oscuro
y solitario” de la Literatura, Sábato llegó a trabajar en Francia. Más
precisamente, en el Instituto Curie. Escribía, amaba la literatura por entonces,
pero no imaginaba todavía llegaría a obtener el Cervantes y varias decenas de
premios más. Ni que viviría en la casa que le adquirió a un amigo productor de
cine, donde había vivido exiliado, otro habitante del parnaso literario
latinoamericano, escapado de la dictadura brasileña en 1941. El diputado comunista,
Jorge Amado, quien se lo confirmó a este periodista, en 1997.
Pero si en esta década de ausencia y de silencio de su obra, muchos fingen su olvido, donde se lo recuerda a diario es allí en su pequeño gran mundo, de Santos Lugares, donde “vivía, prácticamente con las puertas abiertas”, según coinciden los vecinos. Abiertas a la creación ya sea literaria o plástica, actividad que desarrolló hasta el final y con la que llegó a exponer su obra. O mucho antes con la física, las matemáticas o sus días de militante en el Partido Comunista.
De su obra, esa que se lee poco, “El Túnel” y “Abaddón el exterminador” completan la trilogía que abriera con “Sobre héroes…” Pero fue su “informe sobre ciegos”, una de las obras capitales de la literatura hispana, para la crítica especializada.
Quizá, para entender mejor lo que
fue esa obra, se podría citar lo que José Saramago, otro que abordó el mundo de
los ciegos, cuando en el 2004 durante el III Congreso de la Lengua, en Rosario, el también fallecido, José Saramago le contó al público cómo él y Sábato
y sus respectivos ciegos, hicieron todo lo posible para unificar sus caminos.
“Cuando lo fui e a visitar a Santos Lugares,
ofrecí a Sábato el ´Ensayo sobre la ceguera´, él quiso saber qué ciegos eran
estos míos y yo le hablé de los suyos (“Informe sobre ciegos")”, recordaba
el autor de “El Evangelio según Jesucristo” y agregó: “regresé años después a
Santos Lugares, luego fuimos coincidiendo aquí y allí del mundo, en Madrid, en
Badajoz, en Lanzarote, cada vez más próximos el uno del otro en la inteligencia
y en el corazón, él, hermano mayor, yo, sólo un poco más joven, dos seres que,
en el exacto momento en que finalmente se encontraron, comprendieron que se
habían estado buscando”.
Su rol contra la dictadura había comenzado, después que uno de sus
ensayos que componían el volumen “Apologías y Rechazos” fuera censurado, lo que
le valió innumerables críticas, lo mismo que haber aceptado junto a Jorge Luis
Borges una invitación del dictador Jorge Videla para compartir un almuerzo en
1977. De aquello se defendió una y mil veces. “Fui para pedir por muchos que
estaban perseguidos injustamente…”, repetía.

Ernesto Sábato le entrega al presidente, Raúl Alfonsín, el informe final de la CONADEP
Aun así se erigió en un luchador incansable de la democracia y de
los que sufren, hasta convertirse en un militante incasable de la condición
humana. La historia le guarda un sitial importante a aquel momento en que le entregó al presidente, Raúl Alfonsín, en mano, el informe de la CONADEP sobre la violación de derechos humanos en la dictadura militar (1976-1983), que le diera vida al “Nunca más”.
Había jurado que iba a luchar por la
libertad hasta su muerte, este artista plástico, gracias a la influencia de su
amigo el cubano Wilfrido Lamm, para quien la vida no era otra cosa que el lapso
que utilizamos para “construir futuros recuerdos”.
Entonces, si de recuerdos se trata,
Sábato construyó un imperio. Y su obra, lo suficientemente grande para perdurar
en el tiempo, sigue ahí.