La sola convocatoria a una cumbre para fortalecerla, habla a las claras de su debilidad. Hablamos de la democracia y la iniciativa de Joe Biden que tuvo lugar de manera virtual y que reunió a presidentes variopintos de todo el mundo, incluso el francés, Emmanuel Macron, cuya imagen en su país quedó más debilitada que lo que en ese cónclave se pretende apuntalar.
Pero Macron no está solo en esos menesteres. Si hay un territorio sensible a los intereses de Estados Unidos, ese es Medio Oriente y allí, su principal socio y aliado, Israel, atraviesa momentos difíciles en términos democráticos. Al menos eso es lo que se escucha entre los analistas antigubernamentales y entre los manifestantes que acampan en las calles de Tel Aviv, en reacción al intento del primer ministro, Benjamin Netanyahu, para implementar una reforma judicial que busca recortar el poder de la Corte Suprema y que disparó la ira de buena parte de la población.
Dos medidas impopulares, una reforma jubilatoria, en Francia, y otra, judicial, en Israel, fueron los detonantes de esas dos crisis. Macron decidió saltearse al Congreso y sacar la medida por decreto, por mera necesidad económica. Espera recaudar 17.700 millones de euros, adicionales para tratar de paliar el déficit del sistema, u que, al menos, aguante unos años más.
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“Bibi”, como popularmente se lo conoce a Netanyahu, avanzó sobre la Corte por meras necesidades políticas. Necesita cumplir las promesas de campaña y los compromisos que asumió con sus socios de la coalición de extrema derecha que le permitió asegurarse el triunfo en las últimas elecciones.
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El presidente francés parece decidido a sacrificar su popularidad, a gastar por anticipado el crédito que había conseguido con su reelección en mayo último, para sostener la reforma. Al líder del Likud, en cambio, lo sorprendió una reacción impensada de los sectores más progresistas y moderados del universo político israelí, que lo obligó a dejar en suspenso la medida, al tiempo que trató de calmar a sus socios políticos más conflictivos con lo que los observadores califican de “un paliativo”.
Habilito la creación de una nueva fuerza militar, la “guardia nacional”, que su ministro de Seguridad Nacional, Itamar Ben-Gvir, le venía reclamando. Líder de la agrupación derechista Otama Yehudit, Ben-Gvir, aparece como la figura más exasperante para la oposición que observa el intento de recortar el poder de la Corte Suprema, como un ataque directo contra el sistema democrático.
Mientras la crisis amenaza, por momentos con salirse de cauce (incluso con pronósticos de cambio de gobierno), a prudente distancia los palestinos de los territorios ocupados observan impávidos cómo esa misma Justicia que obvió durante décadas sus derechos más elementales, ahora se convirtió en rehén de la discusión política; un debate en el que tanto ellos como su futuro, vuelven a quedarse fuera. No obstante, Netanyahu volverá a enviar el proyecto al Knesset (parlamento) y, pase lo que pase, en el estado sionista, son conscientes de que su status no cambiará.
Francia e Israel son los dos epicentros donde, por estos días, las estructuras democráticas parecen crujir. Sin embargo, Biden no dudó en afirmar el pasado miércoles, que ese sistema de gobierno “está fuerte”, en un discurso donde aprovechó para poner en la acera de enfrente a China.
Basta con recorrer distintos puntos del globo para observar cómo opciones políticas con discursos autoritarios van ganando terreno; u observar la crisis en la que está enfrascada Perú, el inminente juicio político a Guillermo Laso, en Ecuador o la amenaza que enero atravesó Brasil, con los ataques al palacio de gobierno; todos casos como para comenzar a preocuparse con el diagnóstico. Eso sin contar, el destino de Venezuela, la forma en que recrudece el autoritarismo en Nicaragua y las denuncias o condenas de mandatarios y exmandatarios (principalmente en América Latina) por casos de corrupción de distinto calibre.
Si en algo le asiste la razón a Biden es que la lucha por fortalecer la democracia “nunca termina”. Será por eso que destinó 690 millones de dólares, para implementar un programa en su promoción. Y es que no todo aumentar es el gasto público hacia la industria del armamento, en tiempos de guerra, como este, donde todo se parece dirimirse en tierras ucranianas. La guerra para salvaguardar la división de poderes, tan amerita de fondos
Son muchas las formas en que se socava la democracia. Desde el abuso de poder y la corrupción hasta la ausencia del Estado en áreas tan básicas como la salud y la educación; la carencia de una distribución del ingreso equitativa o, cuanto más, menos desigual. Meras municiones con la que cotidianamente se la ataca. Convertida, sin darnos cuenta, en algo superfluo que pareciera necesitar de la promoción y la publicidad para generarle necesidad al consumidor.
Con la radiografía del enfermo en la mano, la terapia más efectiva podr??a pasar revertir los riesgos que amenazan a la economía global y poner en valor al sistema para aminorar la pobreza y la brecha educativa. A nadie se le escucho proponer, en foro alguno, una justicia penal internacional para los delitos de corrupción en las esferas estatales, por ejemplo. Esas son luchas que, ante el riesgo de caer en la esterilidad, es mejor darlas porque “la peor pelea es la que no se da...”
Y aquí sí que tiene que pesar más el cuadro de situación que el autor de la esa frase, un alemán nacido en Tréveris que supo acuñar citas mucho más controversiales y un poco más transformadoras.
Guerras hay muchas y para todos los gustos. Principalmente esta que es “interminable” al decir del presidente estadounidense. La misma en la que la democracia sigue resistiendo, aun cuando viene acumulando varias batallas perdidas, y que por momentos dispara todas las alarmas. Incluso hasta dudar de si los esfuerzos dialecticos de Biden o la inyección de fondos para promocionarla —como si se tratara de un dentífrico— no terminen cayendo en el desolado e infecundo terreno de la nada.
DJC








