Jueves, 6 de Mayo del 2021

¿COLOMBIA ES UN VIAJE AL FUTURO?



El espejo tan temido

Por José Vales 


La Atenas Sudamericana, como se la conoce a Bogotá, ahora en llamas, bien podría retrotraernos en el tiempo a abril de 1948. Al “Bogotazo”, como se dio en llamar aquellos disturbios que sucedieron al asesinato del líder político Jorge Eliécer Gaitán. Pero hasta aquí, después de nueve días de destruirlo todo, incluso la vida de por lo menos 24 personas, no ha caído ningún miembro de la clase política. Sólo personas de a pie. Armadas de esa ira que se fue acumulando con el correr del tiempo y las desigualdades generadas por el poder y sus distintos estamentos e intérpretes.


Le sobró tiempo, y una pandemia, al establishment para cargar las baterías del hartazgo social. Una bronca que hasta no hace mucho tiempo canalizaban las guerrillas y otros generadores de esa violencia que caracteriza al país, casi, desde siempre. Desde los enfrentamientos entre liberales y conservadores en 1860, por fijar tan sólo una fecha. Una sociedad, la colombiana, acostumbrada a tolerar a una elite política a la que el país se le termina en el muy bogotano Parque de la 93. Y con un Estado, que cuando no está ausente, suele hacer la vista gorda a la represión en todas sus formas o la desaparición de personas, como se ha denunciado en los últimos días. 

La figura de Iván Duque no sólo sintetiza a esa clase política sino también al delegado directo de la versión local del caudillismo regional, corporizado en la figura de Álvaro Uribe. Un caudillismo que en América Latina goza de los rasgos genéticos del camaleón ideológico. Puede parecer de derecha, o bien mostrarse de izquierda pero sólo lo motoriza el poder con el autoritarismo como todo combustible.



Síntesis del reclamo social.

Las imágenes que llegan desde la capital colombiana no sorprenden. No es la primera revuelta regional ni será la última. La ira popular se alimenta casi a diario con negligencia, corrupción o reformas fiscales reiteradas. Ya sea en México y sus 25 muertos en el metro del pasado martes, como en Colombia gracias a un gobierno que tuvo que abortar su tercer plan fiscal en dos años. No es un problema de ideología sino de obviedad. Siempre pagan los más necesitados.

Por eso la pregunta repiquetea con el correr de las horas. Esas imágenes, esos testimonios, ese vandalismo contra los puestos policiales o el ataque al Congreso, ¿no representan una suerte de viaje al futuro inmediato de otros países de la región? 



Una sociedad, la colombiana, acostumbrada a tolerar a una elite política a la que el país se le termina en el muy bogotano Parque de la 93. Y con un Estado, que cuando no está ausente, suele hacer la vista gorda a la represión en todas sus formas o la desaparición de personas, como se vino denunciando en los últimos días.



Argentina viene cocinando, a fuego lento, una nueva crisis económico-social que lidera las apuestas. Chile y sus  contradicciones, que se pretendía como modelo a seguir y terminó como un modelo para (des)armar, no acaba de gestar la transformación constitucional que libere sus ataduras con el pasado, con un gobierno, el de Sebastián Piñera, en jaque permanente. Brasil y el bolsofascismo, rodeado por el virus y la sinrazón y Perú, que hasta obligará a Mario Vargas Llosa a que le haga decir directamente a Zavalita, su personaje en Conversaciones en La Catedral, que se volverá a joder, indefectiblemente, asuma quien asuma el próximo 27 de julio.

Economías en retroceso, 22 millones de nuevos pobres en la región y mayor concentración de la riqueza, según la CEPAL (Comisión Económica para América Latina y el Caribe), se suman a pésimos manejos fiscales, endeudamiento y esquemas de corrupción. Ingredientes ideales para un coctel social por demás explosivo. Los que sumados a la mala praxis política y a la adicción regional al caudillismo, convierte a la Colombia de los últimos días en el espejo tan temido. El que nos brinda la imagen casi exacta de lo que le espera a buena parte de la región.