Jueves, 1 de Abril del 2021

RELATO MALVINAS: CUATRO DÉCADAS DESPUÉS...

A 40 AÑOS DEL HUNDIMIENTO DEL CRUCERO BELGRANO


CLASE 62

Por José Vales 



Conscripto clase 1962 Héctor Vega.


Aquella guerra no la habíamos elegido ni él ni yo. Tampoco ninguno de los adolescentes de entonces. Ni los que fueron ni los que se quedaron siempre en vilo, sin saber cuándo irían a entrar en combate o en la zona de riesgo, llegado el caso. Siempre me había hecho la misma pregunta. ¿Por qué él y no yo? ¿Qué engranaje funcionó de esa suerte de ruleta rusa en aquellos días que nos marcaron para siempre? Pero fue esa guerra la que nos llevó a sentarnos en la mesa de un bar cada uno con medio siglo a cuestas para terminar de colocar las piezas faltantes en el rompecabezas de lo que fue nuestro destino. Esa guerra que fue más suya y tan mía. Como lo fue de miles de excombatientes, por años sometidos a la ingratitud y a la indiferencia social y que todavía tienen a otros miles reclamando lo que consideran justo. Como lo es tan nuestra para dejar de ignorarla y comenzar a analizarla generacionalmente. A él, Héctor Vega, como a otros tantos en su misma situación, le dejó “una nueva personalidad” y muchas otras “marcas y heridas abiertas”. Y de paso logró sumergirlo en otras guerras en las que corrió con mejor suerte que en aquella. Aunque la vida aún no termina de decidirse a mostrar la bandera blanca.

Aquel otoño de 1982 también dejó en mí algunas marcas indelebles. Una cierta bronca contenida por descubrir prematuramente cómo fuimos y somos en tanto sociedad. Aquello fue como un curso acelerado de psicología social que ayudó a marcar los caminos.

No la elegimos y de haber podido hacerlo, coincidimos ahora que los dos nos hubiésemos quedado en nuestros respectivos trabajos de adolescentes y en aquella escuela nocturna del conurbano bonaerense derribando todos los obstáculos que se presentaban para terminar la secundaria. 



Héctor Vega en 1er. año. 1978



Fue precisamente en los bancos del fondo de una de las aulas de la Escuela Número 2 Eduardo Wilde de General San Martín donde nos conocimos con Héctor, el primer día del ciclo lectivo de 1979. Era un pibe de sonrisa fácil y flequillo en rebelión eterna. Dueño de cierta timidez, afable y ordenado, laborioso y siempre, desde muy chico, poniéndole el pecho a la adversidad. Llegaba al colegio directamente desde su empleo en una marroquinería en la Avenida Corrientes casi esquina Ayacucho. Allí se dirigía todas las mañanas desde su casa en José C. Paz.

Lo sabía, por entonces, hijo de un hogar pobre con otros tres hermanos, en donde todos trabajaban. Él, además, trataba de superarse estudiando en la nocturna. No importaba que se levantase a las cinco de la mañana para iniciar la odisea de llegar a horario a su trabajo en el Centro. A esa edad importaban poco los madrugones si se trataba de prolongar los recreos después de clase en la pizzería Urbión de San Martín, charlando de minas o de lo que pueden charlar los adolescentes. O bien planificando la ida al cine o la expedición dominical allí donde nuestro querido Racing fuera empeñado a seguir derribando nuestros sueños o a hacernos un poco más llevadera la semana.

Nos identificaba Racing y, principalmente, el hecho de trabajar desde bien pibes. Yo por entonces ya había conocido varios empleos y vendía diarios en la puerta de la planta de la Grafa en Villa Pueyrredón, en tiempos en los que aún se leía lo suficiente y había fábricas.


Por todo esto celebramos en agosto de 1980, cuando tras el sorteo de rigor supimos que ambos haríamos la “colimba” en la Marina. Mi número era el 906, él suyo 952. “Marina cantado”. Un día de octubre nos encontramos bien temprano en la estación de Ciudadela para llegar a horario a la revisación médica en el distrito militar San Martín de Ramos Mejía. En ese mismo lugar nos volvimos a encontrar aquel 2 de abril de 1981, con los estudios interrumpidos, el día que nos incorporaron al servicio militar.

Aquella mañana, que se había hecho eterna, nos mantuvimos todo lo juntos que las primeras órdenes de los primeros militares —que a partir de entonces marcaron las horas, los días y los meses— nos lo permitieron. Éramos más de 1.200 los que en la tarde abordamos un tren especial en una estación cercana del ramal Haedo del Ferrocarril Roca. Recorrimos, formados y de a pie, el puñado de cuadras que separaban la sede militar de la Estación, mientras familiares, amigos y curiosos nos despedían sin sospechar siquiera que muchos de los que estaban en ese pelotón de pibes pelilargos, en su mayoría, irían un año después a la guerra.

“Yo ni sabía dónde quedaban las Malvinas, menos idea tenía de lo que era una dictadura”, rememora Vega, mientras caminamos ahora por la avenida costanera de Mar de Ajó, desde donde los pocos turistas de un soleado día de marzo, desparramados en la playa, se asemejan a restos de caracoles que allí dejó la marea.




4to. año 1982. Después de la guerra.

En cambio yo de Malvinas sabía lo que un vecino abogado y peronista me había sintetizado para llegar a la gesta de Dardo Cabo en los años 60. También conocía bastante la idiosincrasia y la génesis de las dictaduras, pero los más grandes en el barrio me habían obligado a prometer no hablar de ciertas cosas. La vida cotidiana era tan opresiva como peligrosa en aquellos años de gobiernos de facto. 

Viajamos en asientos de madera, apretados de tres, con las ventanas ciegas bajas tanto de día como en la noche, con alguna que otra parada, tal vez en Coronel Pringles, en Torquist o en Coronel Suárez. Casi 16 horas de tren más tarde nos dejaron en la estación de Punta Alta. La puerta de acceso a la Base Naval Belgrano.

“¿Te acordás? Aquello era un campo de concentración…”, lo define con acierto Vega, el veterano, en la mesa de un popular café de ese balneario bonaerense, donde se radicó hace un año para vivir de cara al mar. De ese mar al que le reconoce haberle arrancado de cuajo los miedos y la timidez con la que había llegado al servicio militar, y lo acusa de haberlo devuelto “un poco más irascible y peleador”, curtido para lo que vino después, pero con “algunas marcas indelebles y un problema de circulación en los pies”, fruto de aquellas 47 horas de tenerlos metidos en el agua congelada.

 

Y fuimos soldados

 

Fueron dos meses de instrucción en el “Campo de Concentración”, donde  fuimos “un número de matrícula”: 527.222 el de Vega, 527.559 el de su compañero de secundaria.  El corte de pelo al ras y las ropas, además del trajín cotidiano, bien se asemejaba a los de un campo. Este se llamaba Sarmiento. Él había recalado en la segunda compañía, yo en la tercera. Solíamos vernos en formación, en el comedor o en los ratos libres. Nos las arreglábamos para mantenernos al tanto de nuestras cuitas y cómo había salido el Racing del Vasco Olarticoechea y Juan Ramón Carrasco. El que se enteraba primero (siempre a través de los soldados más antiguos) le avisaba al otro. Y así fuimos soportando el primer mes sin pisar la calle, hasta la primera salida con uniforme de marinero que nos paseábamos por los billares y las plazas de esa ciudad por demás gris o en una vertiginosa excursión a la no menos gris, Bahía Blanca.

Fue en la mañana del 2 de junio de 1981, cuando nos habíamos despedido el uno del otro, no sin cierta nostalgia. Ese día, acabada la etapa de instrucción, todos teníamos asignado un nuevo destino. Él, al Crucero General Belgrano. Yo, que en principio formaba con los que iban a alguno de los buques de la flota, terminé en la Escuela de Submarinos de la Base Naval Mar del Plata. El flaco Vega, en la se

ductora experiencia de un buque de guerra; yo, más cerca de la vida civil. Al menos eso creíamos por entonces. Cuando no me preguntaba siquiera qué mano providencial clavó los dados de esa manera.



Cañoneros. Crucero General Belgrano 1981.

Lo cierto es que con Héctor no habíamos vuelto a hablar desde entonces. La excusa para el reencuentro no podía ser otra. El trigésimo aniversario de aquella contienda entre absurda y alocada, que en aquel otoño del 82 nos marcó para siempre. Como combatientes a unos, como generación a todos.

“Lo más duro había sido la instrucción. Una vez en el buque la vida había cambiado. Me quedé obnubilado la primera vez que vi al Belgrano. Era grandísimo. Me asignaron  a un cañón antiaéreo de 40 milímetros. Primero fui proveedor, después cargador y luego el disparador. Le tomé la mano enseguida. Me gustaba…”, relata y reconoce que para él el servicio militar, antes de la guerra, había sido todo lo contrario a un martirio. “Yo venía de vivir en un rancho, en la pobreza, haciendo una vida sin sentido. No tengo vergüenza en decirlo. Yo conocí la ducha de agua caliente y el hacer las cuatro comidas diarias en la Colimba”.

En mi caso, la rutina podría decirse que era muy cómoda. En tareas de limpieza, servir el café a los oficiales alumnos de la Escuela, algún que otro mandado, comisiones en la ciudad, una temporada en el conmutador de la Base y otros menesteres, transcurría mi horario de soldado. Por las tardes y cuando no tocaba guardia, la playa en verano y el cine en invierno. Aun así, extrañaba la libertad de mis días de diariero y la necesidad de estar en la escuela, terminando mis estudios que venían demorados por los avatares familiares.

Héctor recuerda que le gustaba navegar. No sufría como muchos de sus compañeros. Gozaba de la camaradería y de la vida a bordo. A mí me encantaban los anocheceres de mate y truco, aprendiendo modismos y costumbres de otras partes del país, de donde provenían mis compañeros. Eso hasta aquel viernes 2 de abril en que ya nada volvería a ser igual.

En el Belgrano fueron notificados casi de inmediato. “Nos dijeron que entrábamos en guerra y que debíamos prepararnos para salir a navegar. Comenzamos a cargar las municiones, días antes de la partida de Puerto Belgrano el (viernes) 16 de abril. Cada una pesaba casi 70 kilos. Con tanta mala suerte que en Ushuaia tuvimos que reemplazarlas porque estaban húmedas”.   

A nosotros en Mar del Plata nos habían prohibido alejarnos a más de 60 kilómetros de la Base Naval Mar del Plata. “Estábamos a disposición de cualquier eventualidad”, nos habían advertido. Unos días antes había recibido “el bautismo de fuego”, navegando durante dos días (24 y 25 de marzo) en el submarino Santa Fe. De ese viaje guardo aún la constancia de submarinista de honor firmada por su comandante, el capitán de Corbeta Horacio Bicain y una foto que un suboficial me había tomado a bordo junto a las torpederas, tan sólo dos días antes de que esa nave trasladara a los buzos tácticos que el 2 de abril controlaron Puerto Argentino.



Conscripto Vales. Submarino Santa Fe. 1982.

A partir de entonces ya nada sería igual. La buena vida naval a bordo o en tierra le dio paso a la tensión constante, la incomprensión personal de por qué tanto fervor popular a tan sólo tres días después de aquella feroz represión en Plaza de Mayo y cuando el antecedente de la beligerancia con Chile de 1978, que casi termina en otro conflicto armado, estaba aún fresco. La rutina se había convertido en un calvario, en jornadas agobiantes cargadas de versiones y de temores lógicos en jóvenes de 20 años a tener que ir a una guerra para la que no se sentían preparados. Todo conspiraba contra la tranquilidad. Hasta la lectura compulsiva de los periódicos y revistas, suplicando para que todo tuviese un desenlace como el del Beagle.

“Yo me había enojado con mi familia. Les había escrito una carta a mi papá y a mis hermanos avisándoles que me salía a navegar y que era seguro que no nos volveríamos a ver porque ellos creían que una guerra era un juego, que no pasaba nada, y que todo esto era grave”, explica Vega.

Desde el sábado 16 de abril, cuando zarparon de Puerto Belgrano, la vida a bordo no había sido fácil para la tripulación del crucero, como no lo habrá sido para los tripulantes del Santa Fe que ese mismo día habían zarpado desde Mar del Plata rumbo a las Islas Georgias. Las alarmas, los zafarranchos de combate, los simulacros de salvamento se sucedían a cualquier hora. Algunos eran por prevención, otros tenían por fin que los 1.093 hombres que la componían estuviesen listos y alertas. “La comida los primeros días era la normal, pero después sólo fideos desabridos”, me informa tres décadas después mi compañero de banco en la secundaria.

Por esos días yo ya era el conscripto más antiguo de la Escuela de Submarinos. La orden me la dió directamente el capitán Duilio Isola. “Preparate que nos vamos en el submarino Santiago del Estero”, dijo en la mañana del martes 19 de abril. Cuando pregunté a dónde, Isola, con su constante buen humor, contuvo la risa y respondió: “¿Cómo a dónde? A la guerra…”.

El submarino Santiago del Estero estaba radiado desde mediados del 81. A Isola, el capitán de Navío Eulogio Moya Latrubesse, comandante de la Base Naval Mar del Plata, le había asignado la tarea de comandar la nave para “reinsertarla” en la flota. El Santiago tuvo que ser remolcado para salir de la Base en la noche del miércoles 21 de abril, con 21 tripulantes y un conscripto cuya única experiencia era haber “paseado” a bordo del Santa Fe 28 días atrás. Navegó siempre en superficie hasta que supimos sólo unas horas antes de llegar que ingresaríamos a Puerto Belgrano. El sábado 23 en la tarde ya estábamos en la base con la orden de regresar a Mar del Plata el domingo. La tarea estaba cumplida. Una operación de inteligencia para hacerles creer a los británicos que la Armada contaba con otro submarino operable acababa de concluir. Con ella se extinguió mi temerosa participación en una guerra con la que no estaba de acuerdo. 



Héctor Vega a bordo del Crucero General Belgrano.

La vida y la muerte 

 

Aquel domingo 2 de mayo, Vega se encontraba en altamar y yo de regreso al abrigo de la cuadra y de las oficinas de la Escuela de Submarinos. Para entonces los tripulantes del Belgrano ya se habían acostumbrado a vivir “con la mirada siempre en el cielo. Siempre pensamos que si nos atacaban sería por vía aérea y estábamos preparados para responder”. Dice cuando sus ojos dibujan un dejo de tristeza que jamás había registrado de aquellos años en la escuela. “Nunca sospechamos que el ataque podía venir por abajo…”, acota mientras deja caer la mirada.

A las 15:45, Vega acababa de concluir su guardia de 24 horas en uno de los cañones. Había terminado como de costumbre. Empapado por el rocío y la lluvia, ataviado con varios pantalones y envuelto en toallas para luchar contra las temperaturas bajo cero. Buscó rápido las escaleras rumbo a la cocina. El mate cocido habría podido calentarle un poco el cuerpo, pero recién lo tomaría un par de días más tarde y luego de una larga odisea. El submarino británico Conqueror, acababa de disparar dos torpedos contra el Belgrano. El primero había pegado en la popa a las 15:50, y dejó al buque sin energía eléctrica y sumido en un coro de gritos desgarradores que partían de todos los rincones, al igual que los insultos a Margaret Thatcher y a todos sus gobernados. “Me sacudí en la escalera y aproximadamente cinco minutos después, otra explosión”, esta vez en la proa. “El olor a azufre, el humo y la situación eran insoportables. Yo no sé cómo, pero a pesar de verme al borde de la muerte me mantuve calmo…”

Esa calma y el apego al orden que lo habían acompañado desde la adolescencia terminaron jugando a su favor en las primeras horas después del ataque. Mientras narra y revuelve en el dolor, pienso que de haber estado en su lugar, como bien pudo haber ocurrido, no hubiese podido hacerlo mejor. Porque no era yo el que buscaba de prisa recordar cada recomendación en los simulacros, conservando babor, como le habían asignado para llegar a la balsa número 45. Ese era Vega. Tampoco fui yo el que le apagó el fuego a un marinero con la toalla mojada que le había servido de abrigo, ni el que tomó coraje para saltar los 18 metros al agua aun cuando yo sé nadar y él no, para caer en un pedazo de goma inflable junto a otras 24 personas, obligados a alejarse rápido de lo que quedaba del Belgrano ante el peligro de sucumbir por succión junto al viejo crucero.

“Quedé ubicado justo al lado del cierre. Alejarse del buque que se hundía fue muy duro, pero fue impresionante. Se portó bien hasta el final, se hundió sin hacer el efecto succión. Nos perdonó la vida”, dice cuando recuerda agradecido la última imagen del crucero que había sobrevivido al ataque de Pearl Harbor en 1941 y las primeras suyas como náufrago, a bordo de una balsa felizmente sobrecargada. “Tenía capacidad para 20 pero íbamos 25. Eso era hasta mejor porque nos dábamos más calor. Había otras que iban con cuatro o cinco. En esas no sobrevivió nadie. Murieron todos congelados”, afirma mientras apura las palabras.



Mayo, 2 de 1982. El hundimiento del Belgrano.

A la balsa la describe como una pelota sacudida por el viento y por las olas, comandada por el miedo y donde el silencio era el camarote más elegido. El rosario y las súplicas de los más creyentes eran la única música posible y solo fue alterada por algún cuento o un chiste para darse valor. Muchos no sentían las piernas, Vega era uno de ellos. “Las tuve dobladas permanentemente y congeladas. La única forma de darnos un poco de calor era meándonos encima porque la balsa estaba llena de agua” y de temor.

¿Cómo sería eso de ser rescatado en 24 o en 32 horas como a la mayoría de los 770 sobrevivientes? Me lo pregunté muchas veces y siempre lo imaginaba terrible. Ahora, mientras Héctor lo va describiendo, lo veo en su total dimensión: un verdadero desafío a la condición humana.

A la número 45 la encontraron 47 horas después del hundimiento. Una eternidad. Fue la última en la que se rescataron náufragos con vida.

Vega confirma lo que muchos dicen haber experimentado. Que cuando se está ante una situación límite “se aparece en imágenes la película de tu vida”. Fue la primera noche en la balsa en la que recuerda “haber soñado y aparecían imágenes, momentos de cuando era chico, de cada momento de mi vida. Es increíble, pero a muchos compañeros con los que hablé les pasó lo mismo…”.

Desde el buque Bahía Paraíso, lo primero que vieron después de hacer sonar la sirena fue el rostro de Vega asomar por la abertura de la balsa.

“Estábamos sin consumir nada porque había que esperar hasta el quinto día para hacerlo. Es norma para aguantar más con vida en altamar. A las seis de la mañana, había escuchado un avión, abro el cierre y era un Super Etendard. Ya habíamos agotado las bengalas. La mayoría no sirvieron porque se habían mojado. Hago señas con el brazo y veo que se prende y apagan dos luces. “Nos vio”, grité. Pero no volvió más. Recién al mediodía me pareció escuchar una sirena, abrí  y vi enfrente al buque. No puedo describir lo que sentí en ese momento…”

En Mar del Plata, la noticia del hundimiento del Belgrano había llegado primero en el formato de las versiones que comentaban los oficiales y, recién horas más tarde, mediante uno de los habituales comunicados del Estado Mayor Conjunto. “El Estado Mayor Conjunto comunica que el crucero General Belgrano fue atacado en los  55 grados 24 minutos latitud sur y 61 grados 32 minutos longitud oeste. Hay indicios que hacen presumir su hundimiento…”.

La angustia pasaba por saber si Vega y otros compañeros con los que había compartido la instrucción estaban a salvo. Me las ingenié para regresar al conmutador de la Base que había operado hasta hacía unos meses y comunicarme con el telefonista de Ushuaia, en aquellos primeros días de mayo. Tuve que repetir el llamado una hora después cuando logró tener la lista de los 123 sobrevivientes que me fue leyendo el comunicado desde la parte final, donde figuraban todos los nombres de los conscriptos rescatados con vida.

Celebré con la mano levantada cuando me leyeron al otro lado de la línea el nombre de “Miserere, Sergio”. De Miserere guardaba el recuerdo del berrinche que se había agarrado cuando supo que el resto de la colimba la cumpliría en el Belgrano. Grité sin reparar en nada cuando escuché el nombre de “Vega, Héctor Ernesto”. Estaban a salvo.

Cuando abrió el cierre y vio al Bahía Paraíso se sintió nacer de nuevo, pero poco más de un mes después, cuando lo licenciaron definitivamente en la Escuela de Mecánica de la Armada (ESMA) a donde lo habían trasladado, se sintió morir una vez más. “Crucé Libertador con el DNI en la mano y me encontré en la más absoluta soledad. ¿Y ahora qué?, me pregunté. Tenía que volver a la pobreza, a empezar una vez más cuando ya estaba consustanciado con la vida en el buque, golpeado por lo que me había tocado vivir, sin contención alguna, no sabía qué hacer. Ahí sí comenzó mi odisea. La otra guerra…”, rememora.

 

Mi después fue un poco más previsible y menos traumático. Ya no era el mismo. Venía de ver cumplidos todos mis pronósticos con mis compañeros de lo que terminaría pasando en Malvinas. Los proyectos y la visión que tenía de la vida se esfumaron en esos 72 días. Había salido con el dolor de creer que en un país con ese grado de improvisación capaz de jugar a la guerra con soldaditos de verdad todo sería mucho más difícil.

Dolido por el engaño colectivo y por la cadena de mentiras oficiales, regresé rápido a los diarios y a la escuela, comenzaba a debatirme si apostaba a una carrera segura y convencional o me animaba a correr el riesgo “de morirme de hambre” como periodista, como insistían en mi casa. Recién me di cuenta en Mar de Ajó que tal vez, como Vega, yo también había perdido más de lo pensado en aquel otoño del 82. De ahí la elección. 

Fue mientras él lidiaba con esa otra guerra cuando me lo encontré un domingo por la tarde de la primavera de 1986 en la Estación Retiro del ferrocarril Mitre. Héctor jugaba con un yo-yo que destilaba luces de colores, mientras recitaba un texto para la ocasión. Nos estrechamos en un abrazo. Prometimos hablarnos porque allí él estaba en horario de trabajo y para trabajar en la calle se necesita conducta y dedicación. Tal vez los avatares de esa otra guerra fueron impidiendo el encuentro, llevándonos por caminos y latitudes bien distintas hasta ese café en Mar de Ajó, mientras la temporada de verano agonizaba.


“Fueron duros todos esos años. Al volver estuve meses encerrado. Me peleaba con cualquiera ante la menor crítica a los combatientes. Había conseguido trabajo en una financiera que después quebró y no me quedó otra que la venta ambulante”, recuerda.

De los yo-yos a la garrapiñada (maní con azúcar) y de la garrapiñada a las golosinas. Siempre en la calle, mientras la familia crecía, muchos lo veían a él y al resto como a “los loquitos de Malvinas” y el reconocimiento del Estado tardaba en llegar. “El de la sociedad creo que todavía no llegó. Para muchos la guerra fue una suerte de mundial”, exclama aún con resquemor.

“Recién hace 10 años que pude articular un proyecto de vida. Antes. era imposible”, reflexiona previamente a que la charla se vaya para el lado de lo aún irresuelto con los veteranos de guerra.

Varias horas después emprendí el regreso hacia Buenos Aires. Del “flaco” que conocí en la escuela nocturna hace más de tres década quedan la hombría de bien, la sonrisa y esa fuerza de sobreponerse a todo de los que supieron nacer en las márgenes. Contra eso sí que no pudieron los torpedos del Conqueror. Me volví sin saber si alguna vez podré encontrar respuestas a tantos interrogantes sobre esa locura donde muchos argentinos se referían a las batallas como a un mero partido en el Mundial de España, que se disputaba mientras en Malvinas se moría con fruición. O a ese “¿por qué él y no yo?” que me asalta de vez en vez. Tampoco supe cómo darle las gracias a Vega. La guerra que no elegimos nos afectó a todos en mayor o en menor medida. Pero a él y a otros tantos miles en su misma situación, como a los que cayeron, les debemos mucho más de lo pensado. Los Héctor Vega que supo parir esa guerra nos permitieron, a muchos de nosotros, salvar todo aquello que no se nos murió en aquel otoño del 82 y con lo que pudimos gestar, muy a pesar de todo, eso que todavía seguimos siendo. 

  

 

Buenos Aires, 30 de marzo de 2012



NdeR: Un fragmento de este texto fue publicado en La Nación el 2 de abril de 2012. Obligados como estábamos por la tiranía del espacio. Creí conveniente publicarlo entero en esta ocasión porque el homenaje y agradecimiento a los Héctor Vega y a todos los que dejaron la vida en aquellos días dictatoriales y en aquella guerra incomprensible, fue ayer y será siempre.