Domingo, 25 de Junio del 2023

CITA EN TAIWAN

 

 

EE.UU vs. China

DUELO DE TITANES

 

Por José Vales

 

El pleito va tomando volumen. Un desafío permanente, un contrapunto digno de dos raperos. Ambos aparecen como dos boxeadores en la ceremonia del pesaje a horas de medirse por el título, momento en que se esfuerzan en el show de la amenaza, sin ahorrar muecas y hasta se muestran los dientes con tal de promocionar el combate del milenio. En el rol de promotor no se vislumbra, por desgracia para la humanidad, la carismática figura de Don King, sino organizaciones de otra índole, más globales, más poderosas, cuyos rubros no pasan por el espectáculo sino por los flujos económico-financieros. A algo de eso se asemeja la tensa relación entre Estados Unidos y China, que no deja de escalar en una suerte de danzón diplomático y militar que acapara la atención de todo el mundo.

       

    El estrecho de Formosa, que separa a la China continental de la isla de Taiwán, es el destino de todas las miradas. El conflicto tiene su historia, pero se reactivó en noviembre último, cuando Xi Jinping, renovó sus credenciales al frente del Partido Comunista Chino (PCCh). En su discurso ante el XX Congreso fue claro y contundente al decir que uno de los principales objetivos de su gestión era lograr “la reunificación de China”, un deseo histórico de Pekín, desde que los nacionalistas derrotados, se refugiaron en aquel archipiélago de la mano de su líder, Chian Kai Shek.

       

    Washington tomó nota de inmediato, reflotó acuerdos e impulsó nuevos ejercicios militares con sus aliados en la región, como Filipinas, Corea del Sur, Indonesia, entre otros, sin olvidar a Taiwán. 

       

    Esos movimientos se fueron alternando con declaraciones altisonantes de un rincón al otro, pero no fue hasta comienzos de junio, en Singapur y en el marco del diálogo Shangri-La —que cada año organiza el Instituto Internacional de Estudios Estratégicos (IISS)— en el que los responsables de Defensa de ambas potencias se cruzaron todas las acusaciones posibles.

       

     En el marco de esa discusión, el secretario de Defensa estadounidense, Lloyd Austin III, y el ministro de Defensa Nacional, Li Shangfu, solo coincidieron en un punto: el peligro de un conflicto bélico en la región es cada vez más grande.


    Ante los oídos del resto de los representantes asiáticos en ese encuentro, Austin detalló la estrategia estadounidense en la región, que consiste en cercar a China con bases militares en países aliados, sin olvidar que Estados Unidos viene de firmar un acuerdo de cooperación militar con Filipinas y de restaurar el intercambio de información de inteligencia con Japón y Corea del Sur. 

       


    Li, por su parte, resaltó que ante las “provocaciones” de Washington, su país hace lo imposible por tratar de frenar el “hegemonismo” estadounidense, permanente generador “de inestabilidad en la región” y aclaró que mientras Pekín busca la paz “algún país está expandiendo bases militares y reforzando la presencia militar…”.

       

    Por esos caminos transitó el contrapunto verbal ocurrido días después de un incidente entre un buque de guerra y otro estadounidense (en plenos ejercicios militares conjuntos con Canadá) frente a la costa taiwanesa. 


    En los hechos, China parecería intentar responder a todos los movimientos militares estadounidenses cerca de su territorio, con la instauración de una base militar en Cuba que vendría negociando con el gobierno de La Habana. Esto de acuerdo a versiones periodísticas, surgidas en Washington, que hasta el momento, no fueron desmentidas por gobierno alguno.

            

   Esa escalada verbal, parecía ingresar en un impasse, cuando el pasado lunes el secretario de Estado, Antony Blinken, pasó por la capital china para un encuentro con su par, Qin Gang, y el presidente Xi.  Reuniones que habían sido leídos positivamente por ambas cancillerías, e incluso en Bruselas, en el intento por bajar la tensión entre ambos países.



Antony Blinken y su par Qin Gang, en Pekín   

     

  

    

        Pero los gestos de distensión duraron lo que una burbuja en el aire. Un día después del acuerdo alcanzado entre el secretario de Estado en Pekín, el presidente, Joe Biden, acusó a su par, Xi, de “dictador”. Fue durante un acto en California, se venía refiriendo al incidente de febrero último, en el que un globo aerostático de espionaje chino fue derribado en territorio estadounidense (lo que había provocado la postergación de la visita de Blinken), cuando de golpe le regaló ese “elogio” en el momento menos oportuno. 

       

   La respuesta de la diplomacia china no se hizo esperar: “Es irresponsable y una distorsión de los hechos que viola la dignidad política de China”.

       

   Con ese estilo, el de Biden, todos los esfuerzos por la paz parecen vanos. La gran duda que asiste en los círculos de poder es si las palabras del inquilino de la Casa Blanca obedecen a la típica racionalidad democrática occidental o es uno más de sus acostumbrados despistes, cuya colección compite seriamente con la de su par argentino, Alberto Fernández. 

       

    Esa sorprendente declaración, en el lugar y en el momento (un acto benéfico) en los que la formuló, se sumó a la que, unos días antes, había llamado la atención de todos en Connecticut, cuando terminó su discurso con un “… Dios salve a la Reina…”, allí donde se encuentre. La confusión llegó a tal extremo que nadie sabe aún si se refería a Isabel II o a Tina Turner, “la reina del rock”, fallecida más recientemente. 




Pero los gestos de distensión duraron lo que una burbuja en el aire. Un día después del acuerdo alcanzado entre el secretario de Estado en Pekín, el presidente, Joe Biden, acusó a su par, Xi, de “dictador”



                



    Momentos, confusiones, los de Biden, que pueden sumar inconvenientes en las urnas, ahora (con pasados 80 años) que está lanzado a la reelección.

       

     En tanto, la tensión entre ambas potencias se mantiene latente, con China, disputando la hegemonía global en todos los frentes y siempre al acecho de reinsertar a Taiwán, la firme voluntad de Taipéi, por ser reconocida internacionalmente como república independiente por la ONU, y la voluntad férrea de Washington de proteger, a como dé lugar, a su aliado y, por ende, su posición estratégica en la región. Lo equivalente a defender su condición de potencia hegemónica, amenazada como está por el gigante asiático.

    
        Mientras algunos analistas insisten en que todo se enmarca en una nueva Guerra Fría, otros ponen el acento en los desafíos chinos en el comercio mundial, en el posicionamiento del yuan frente al dólar o en su nuevo rol de mediador en nuevo oriente, además de los movimientos militares, para señalar la suba del tensiómetro entre ambos potencias. 


        Sin duda, como teatralización en la ceremonia del pesaje, el conflicto tiene todo para seguir acaparando la atención mundial. Máxime en un momento en que Ucrania y Rusia, aliados de uno y otro—, siguen contando con los respectivos apoyos para sostener su ímpetu destructivo y sus consecuencias globales, en términos económicos.

       

       Por lo demás, más allá del palabrerío que llene debates y discusiones diplomáticas, habrá que fijar muy bien la atención en el ring de la geopolítica, para medir cada uno de los movimientos. Una distracción apasionante para un mundo en crisis, por lo menos, hasta que lleguen los disparos cruzados. Golpes esos, que nada tienen que ver con el boxeo sino con la guerra.