CHILE: CAMBIO DE EPOCA

FINALMENTE: SE ABRIERON LAS ALAMEDAS
Por José Vales
Al menos en lo simbólico, Salvador Allende estaba en lo
cierto, aquel 11 de septiembre poco antes del trágico final. Las alamedas de
Santiago se abrieron y desbordaron de alegría y de emoción, para celebrar el
fin de todas las transiciones chilenas, acaecidas desde aquel 11 de marzo de
1990, cuando Patricio Aylwin recibió la presidencia de manos de Augusto
Pinochet.
Los chilenos acabaron ayer con todas
aquellas transiciones que fueron soportando a lo largo de más de tres décadas
y, de paso, acabaron con el pasado. Con una vetusta clase política que sólo
supo mantener el status quo heredado
y poco más. De ahí que no represente una casualidad que Gabriel Boric, y sus 35
juveniles años, sea el timonel de este nuevo proceso que arrancará en otro 11
de marzo histórico: el del 2022.
Su nombre es el emergente de la lucha
que los estudiantes universitarios encabezaron, allá por el 2011, y que fue la
piedra basal de la lucha por la democratización que derivó en la Asamblea
Constituyente: Ese cuerpo multicolor desde lo social y étnico que desde julio
pasado, trabaja en una nueva constitución para un país que anoche terminó de
romper la última cuerda que lo sujetaba con el pasado.
También desde lo simbólico, ese final comenzaba a esbozarse desde el pasado jueves, cuando se anunció la muerte de “la Momia mayor”, como era conocida Lucia Hiriart, viuda de Pinochet, la mujer que más había influido en el accionar de su esposo, desde antes del golpe de Estado y disco duro de todo lo que aconteció en las esferas de poder criminal con el que se había diseñado ese Chile que ayer llegó a su fin.

Salvador Allende y la experiencia trunca de la Unidad Popular en 1973
Boric y su juventud, desembarcarán en la
Moneda con una alianza muy similar, en lo ideológico, a la Unidad Popular, que
gobernó entre 1970 y 1973. Hasta el Partido Comunista —el que contuvo, sostuvo y le fue leal hasta el final a Allende, a
diferencia de los otros partidos de la coalición—,
formará parte del nuevo gabinete.
Su llegada al gobierno está plagada de desafíos. Su agenda de gobierno surge novedosa y rebosante de esperanza, con serios compromisos en materia de Educación y salud pública, dos ítems petrificados en los discursos y en los presupuestos desde la dictadura; con políticas medioambientales e incluyendo en la agenda a las etnias originarias, en pleno conflicto en el sur del país. Aunque el flanco que tendrá que proteger mejor desde la presidencia será la ofensiva de las elites, golpeadas, vapuleadas en las calles y en las urnas, agazapadas y aguardando articular estrategias con los partidos de derecha y centroderecha que dejarán en minoría al oficialismo en el Valparaíso, donde funciona el Congreso.
Su nombre es el emergente de la lucha que los estudiantes universitarios encabezaron, allá por el 2011, y que fue la piedra basal de la lucha por la democratización que derivó en la Asamblea Constituyente: Ese cuerpo multicolor desde lo social y étnico que desde julio pasado, trabaja en una nueva constitución para un país que anoche terminó de romper la última cuerda que lo sujetaba con el pasado.
Boric
y su juventud, ya han dado muestras de cintura política para ir y venir con los
estudiantes que lo catapultaron a los primeros planos políticos primero y al
Congreso después, y con sus pares dentro de su formación, El Frente Amplio.
Ahora deberá demostrar que sabrá rodearse lo suficientemente bien y tener el
oído y los ojos en la calle, como lo prometió en la
campaña. Todas las miradas de la región volverán a estar puestas en Chile. No ya para estudiar la experiencia de la Unidad popular y el marxismo en democracia sino para observar con detenimiento cómo arranca una nueva era en manos del progresismo cuando la crisis económica, a nivel global y los gritos cada vez más fuerte de la ultraderecha en diferentes lugares del mundo, comienzan a sentirse con cierta intensidad.
Gabriel Boric: una esperanza llena de desafíos.
Por todo lo que representa el triunfo de Boric, por el final de época al que asistimos
en Chile, y por los desafíos que su gobierno tendrá por delante, aquellas
calles antes ensangrentadas y hoy empobrecidas, vuelven a ser dignas de pisar
con más ganas para seguir de cerca su derrotero en el que se embarcó la mayoría
del país y ver si la esperanza, que se ganó lugar dentro y fuera del país,
logra contagiar en la región.