EL PAÍS DE LOS MILAGROS
Las consecuencias de haber leído a Sócrates
En la tarea
implacable de hallar el fondo, también nos hemos convertido en un fracaso.
Siempre creemos haber llegado a él. Lo palpamos, lo acariciamos, pero de
repente se transforma en algo parecido a un espejismo. Todo gracias a nuestro
espíritu permanente de superación. El “vamos por todo”, consigna grabada a
fuego en nuestra psiquis que, desde hace un tiempo, vino a reemplazar al “vamos
por más”, para convertirse en nuestra guía aunque manifestemos nuestra
incredulidad.
Con el
tiempo le hemos perdido el miedo al ridículo, propio y ajeno. O, tal vez, hemos
aprendido a convivir con él en la paz de los buenos vecinos. En el medio, vamos
por la vida, auto-convencidos de que habitamos una tierra de milagros. La misma
en la que nacimos. No sólo por haber perpetrado la minucia de tener un Papa
argentino. Ahora que logramos tener uno de los propios para hablar con Dios, no
terminamos de entendernos. Y es que “el Barba”, en materia de conocimientos lingüísticos,
llegó hasta el lunfardo. No logra entender
cuando le dicen “Re” o “banda”, para marcar lo aumentativo; descifra para la
mismísima mierda el “dale” y el “boludo” para acá o el “boludo” para allá, ya
no lo asombra. Lo cansa un poco. Por
eso, cuando lo escucha, suele rematar la reflexión con “…estos hijos argentinos
no pueden con su genio: son muy autorreferenciales…”
Aun así, es lo
que nos distingue a nivel internacional. Fruto de lo que últimamente más y
mejor exportamos, además de Boludos (como bien lo advirtiera nuestro prócer cinematográfico,
Leonardo Favio quien hoy cumpliría años), son milagros. No podrán decir que el
Gauchito Gil no tiene competencia y que no creemos en el libre mercado. Al
menos en materia de portentos.
Y es que fue
aquí y no en la Magna Grecia, donde nació el único hombre en haber leído las
obras completas de Sócrates. Recién ahora nos venimos a enterar que habíamos
logrado resucitar a William Shakespeare y no nos habíamos dado por enterados,
hasta que el primer masculino vacunado contra el Covid-19, William “Bill” (para
los íntimos) Shakespeare, murió días pasados. Nadie entendía por qué el
nerviosismo en la Cancillería. En sus despachos llegaron a creer que se habían
comido el telegrama o el mensaje de twitter con las condolencias a las autoridades
británicas por la desaparición del máximo exponente de las letras de ese reino,
cuando llegó desde la embajada argentina en Londres una copia de la publicación
de The Guardian. Un medio “pirata”
finalmente, incapaz de creer en nuestros milagros.
Fue un
momento de zozobra en el ministerio. No sabían perdonar o pasar, literalmente,
los boludos, en función de la doctrina Solá.
Sólo hay que repetir el momento en youtube, o acceder a la cuenta de Instagram de la locutora, Noelia Novillo, en el canal 26 para entender que la inflación que nos aqueja desde siempre no tiene piedad ni con Discépolo. “Que cuatrocientos años no es nada….”

Shakespeare vive en el corazón de cada argentino.
Allí
terminaremos de entender que esa muchacha, responsable de haberle anunciado al
mundo nuestro último milagro, no tiene como “máximo referente” a Axel Kicilloff
ni a ningún compañero de La Cámpora o de la Unión Republicana, sino a Shakespeare,
el resucitado.
Hay que repetirlo una y cien veces, para
llegar a la conclusión de que la muchacha no es la única que posee el don de la
resurrección. Aquí la Igualdad de género
llega hasta ese campo, mal que le pese al Vaticano. Cuenta con el apoyo de
buena parte de sus connacionales, sin distinción de ideologías (¿What?), credos o de un lado u otro de
la grieta. En primer lugar de sus compañeros, los productores, el jefe de
control, y todos los que la celebraron por la popular cucaracha (sistema interno
de audio), sostén profesional de los Fantino, Novaresio & Cia.
Un milagro en estos tiempos, no se logra así porque sí. No es una empresa individual sino una tarea de conjunto. Y sino ahí está el de Carlos I de Anillaco, leyéndose “las obras completas de Sócrates” y siendo alabado por su pueblo, y reelegido para seguir intentando nuevos milagros, como el de reforma educativa, hace de esto, un tiempo ya. Pero sin aquella reforma, vale reconocerlo, el de Noelia Novillo no hubiese sido tenido lugar. Algunos de sus sucesores intentaron imitarlo al Carlos I de Anillaco, pero no le llegaron ni a la suela de los zapatos. Hubo dos, consecutivos que rebautizaron a Jorge Luis Borges y hasta juraron que habían leídos sus novelas. Y hasta a donde nos han informado al común de los mortales, el autor de El Aleph, nunca escribió novela alguna.

Vamos por todo.... Ahora a resucitar a Sócrates.
Ellos responden
al nombre de Mauricio Macri y Alberto Fernández, pero son tan rácanos, ambos,
que nunca quisieron confiarnos cómo lo lograron. Así les va.
Este par no logra diferenciarse en sus respectivos milagros, sino en cómo llegaron a lo que llegaron. A Macri no le faltan
compañeros del Cardenal Newman, que dicen no entender cómo hizo para obtener el título de ingeniero. Todo lo atribuyen a
otro milagro, tal vez el primero de su producción propia o, una más de la larga lista de milagros de su padre, Franco. Tema de
discusión no de la Congregación para la Causa de los Santos. Acá sí que el Vaticano no tiene nada que ver. Sino en el comité de
expertos de mafias varias.
Algo parecido ocurre con Fernández, del que muchos de sus compañeros entienden cómo llegó a la presidencia y otros reafirman lo de la igualdad de género en materia de milagros. Las dudas sobre el ex jefe de Gabinete surgen de los problemas de comunicación que manifiesta. ¿El último? En una reciente entrevista con un influencer (para periodistas tiene a la primera Dama, Fabiola Yáñez y al Gato Silvestre) anunció que Dylan fue papá…,
Aun así, es lo que nos distingue a nivel internacional. Fruto de lo que últimamente más y mejor exportamos, además de Boludos (como bien lo advirtiera nuestro prócer cinematográfico, Leonardo Favio quien hoy cumpliría años), son milagros. No podrán decir que el Gauchito Gil no tiene competencia y que no creemos en el libre mercado. Al menos en materia de portentos.
De
inmediato, aparecieron los que se preguntaran si el bueno de Bob, premio Nobel
de literatura al fin, se le ocurrió ser padre a los 80 años recién cumplidos.
Pero, por suerte para los que queremos bien a Robert Zimmerman (el verdadero
nombre de Bob), el compositor y cantante de Minnesota, Alberto, nuestro actual
señor de los milagros, se refería a su mascota preferida, que viene de ver aumentada
su prole de collies.
Pero
volviendo a los milagros, por la que el mundo nos referencia cada día más, hay
que recordar que al “vamos por todo…”, que tenemos como huella a seguir, es lo
que sigue alimentando nuestra fe en el futuro y la certeza de que algún día,
dejaremos de fracasar en el intento de hallar el fondo.
Milagros
como el perpetrado por Carlos I o la reciente resurrección y muerte de Shakespeare,
nos mueve a seguir insistiendo no ya para transformar un país, reproducir los
panes y los peces o acabar con la desigualdad y la pobreza que nos abruma. Pero
si para tratar de resucitar a Sócrates y que de una putísima vez, escriba sus
obras completas.
