Sábado, 29 de Enero del 2022

GOBERNAR EN UNA VIDA DE PERROS


 

De Juan López y John Ward a Alberto Fernández y Boris Johnson


Gobernar ya no es lo que era. Winston Churchill viajaba en subway, de vez en cuando. Caminando se dejaba ver por las inmediaciones de la Plaza de Mayo don Arturo Illía. ¡Oh, tiempos idos aquellos!, en que Lord Winston, entre una pintura y otra cuando no, entre un capítulo u otro de sus cuantas novelas, se hacía el tiempo para no perder el eje de su gestión, hablando con los hombres y las mujeres de a pie. Nostalgia podría provocarnos ver a un médico de pueblo, de diálogo generoso, al que se le ocurrió ser presidente en un país que no calzaba con su honestidad; siempre con el estetoscopio en el bolsillo para auscultar la opinión de los que lo habían llevado hasta allí e, incluso, de aquellos que no lo habían votado. Uno, allá en la Metrópoli, el otro bien abajo en el mapa, en una de las colonias.

Don Winston de las mil batallas, tomó una de las mayores determinaciones de su carrera como primer ministro a bordo del vagón de un metro. Recién ahí entendió cómo hacer para vencer a Hitler. Un par de décadas después, en la colonia, aquel presidente que devolvía hasta los viáticos cuando hacía una visita de Estado al extranjero, se enfrentó con los laboratorios de manera contundente porque desde las épocas que curaba allá, en Cruz del Eje, no acostumbraba a recibir dádivas de ellos. Entendía como nadie que esas multinacionales jugaban con la vida. No tenía tiempo para visitadores médicos. Lo ocupaba en ayudar a los hijos de los trabajadores ferroviarios. Y no es que a Winston y a Arturo no les gustaran los animales, todo lo contrario. Pero las cuestiones de Estado siempre estaban primero. Como primero parecen estar hoy los perros para sus respectivos actuales sucesores en sus respectivos, cargos.

Aquella época es tango ya. A llorar a The Cavern. Boris Johnson y Alberto Fernández, son el fiel reflejo de la época que les tocó en suerte gobernar. Ocupa el británico el 10 de Downing Street y Balcarce 50, el argentino. Ambos de presencia opaca, cierta desprolijidad en sus movimientos, ambos de verbas retorcidas, incapaces de hacer el esfuerzo por emular a Churchill o Illia en estrategias o en la claridad de conceptos y siempre dispuestos a meter la gamba hasta la nuez y prontos para organizar alguna fiestita, de esas que quedan en la historia. Inolvidables, no por lo buenas, sino por lo inoportunas.


Gobernantes en acción

    
              Boris ocupa los aposentos del poder, en el corazón de Londres. "El Beto", como lo llama la hinchada o “Cacho Cuarentena”, como lo apodaron los amigos, goza de más espacio. Lógico. Aquella es una diminuta isla de “piratas” que llegó a conquistar parte del planeta; en la patria gozamos con la generosa amplitud de la pampa que supo parir un gauchaje noble y dedicado a la payada, con guitarra incluida con una estructura económica del siglo XIX. Lugar es lo que sobra en la quinta de Olivos que nos legó don Carlos Villate Olaguer.

En la moderada (y muy british) estrechez donde Johnson decidió terminar con la pandemia para ver si se olvidaban de la embarrada que se había mandadoo en la amplitud de espacio de Olivos hubo lugar de sobra para fiestas en tiempos pandémicos. En momentos en que todo estaba prohibido: desde la primera cerveza en el pub más notorio de Coven Garden hasta el mate sin azúcar al costado del Aeroparque, porque ni aviones despegaban o aterrizaban. No hubo ni habrá cumbre entre Boris y Beto. Una pena. Hubiese sido una buena ocasión para reescribir a Borges y su recordado “Juan López y John Ward” o, ¿Por qué no?, nuestro Beto podría apelar a una versión más nacional y popular y parafrasear al mono Gatica,  saludarlo con aquel legendario: “Dos potencias se saludan…”


En el primer ministro Boris Johnson: Así está el mundo.


De aquellas “parties” londinenses todavía se sabe poco. Ya pusieron a Scotland Yard a investigar al primer ministro más votado de la historia y el más puteado hasta por los propios conservadores. De las “partusas” en Olivos, conocemos algo más. No porque le hayan puesto algún policía a investigar (allá en mi  pago a estos se los arregla con un par de sándwichs de miga, “anche” una milanga) o porque a los fiscales los haya atacado ese extraño virus por el que se les traspapelan los expedientes, sino porque a varios de los invitados,  cuando algún periodista los contactó para hacerles un par de preguntitas, se sintieron participando en el  “Soñando por cantar”.



...siempre dispuestos a meter la gamba hasta la nuez y prontos para organizar alguna fiestita, de esas que quedan en la historia. Inolvidables, no por lo buenas, sino por lo inoportunas.





Miremos el lado bueno del asunto. Al menos al capitán Beto no lo putean los de su equipo, salvo su jefa. Lo putea por la fiestita y por si acaso. El hombre no está tan mal como Boris. Y todo gracias a los dulces encantos del verticalismo. Aunque cueste creerlo, las ventajas de repetir: “sí, bwana” ante cada orden tiene sus privilegios. Johnson tiene ya el ticket picado pero el Beto subsistió y ahora, que anunció el acuerdo con el FMI y “la solución al problema de la deuda”, se garantizó el culebrón un par de temporadas más. Hasta lo podemos gritar como gritamos el gol con la mano de D10S en el 86.

La confirmación llegó días antes de una oportuna gira por Moscú (justo ahora) y a Pekín, con escala en Barbados. Una parada en Seichelles o en Barbados no se le niega a nadie, mientras tenga el culo aposentado ahí donde solía apoyarlo Rivadavia. Entonces en las Antillas hacemos una escala. Dizque “por compromisos de la CELAC”. Lógico. El voto de esos pequeños países en la OEA o en cualquier estamento internacional valen un voto, igual que uno de los chinos o los gringos. Pero en medio de tanta fiesta no logra entender que, en el contexto actual, cualquiera le puede enrostrar que llegará allí para ver cómo es un paraíso fiscal o bien explorar nuevos destinos turísticos para los miembros de su equipo de gobierno. Y es que Carlos Casares no da abasto y Cancún quedó muy menemista. Tanto, que hasta se animaron ya a traer a Claudia Bello de regreso. Eso en el marco de la política de “Memoria, verdad e (in)justicia”.


El presidente  Alberto Fernández: cuestiones de Estado. 


       Esas son las ventajas de gobernar un país grande, “rico” y que sólo tuvo una guerra, tan infame como todas las guerras. Johnson no se pude ir ni a Brighton porque corre el riesgo de tener que abortar la estadía cuando lo llamen desde los Tribunales. Ahí sí, no hay Brexit que valga.

Por su parte, “el Beto” ni siquiera es capaz de ponerse a la cabeza de la marcha contra la Corte Suprema. Alguien que lo conoce de sobra acota que “si de pibe jamás se animó a ponerse codo a codo con Lolo, en la barra de Argentinos Juniors… imagínate…lo miraba saltar en el para-avalanchas desde la platea. ´¡Somo lo má grande, somó!´”



...Una parada en Seichelles o en Barbados no se le niega a nadie, mientras tenga el culo aposentado ahí donde solía apoyarlo Rivadavia. Entonces en las Antillas hacemos una escala...





        Ni uno ni el otro son de andar por la calle sin custodia como lo hacían Churchill o el querido médico de Cruz del Eje. Boris sólo se anima, en las húmedas noches londinenses, a sacar a pasear a su perro Dilyn hasta la reja que separa la Downing Street del resto de los mortales. Lo hace en algo parecido a unos calzoncillos con religiosos calcetines, como para demostrarle al mundo que el único que tiene calle en esa relación es ese ejemplar de la raza Jack Russell, que su amo supo rescatar del abandono para que conviva con otro can y varios gatos. Es sabido que en los espacios de poder un Macri (perdón…), un gato, no siempre trae buena suerte. En el Reino Unido,  en Cafarnaúm y en Buenos Aires también.  

       El Beto, le dedica todo el tiempo posible a Dylan en los verdes jardines donde alguna vez funcionó un polideportivo, por obra y gracia del “padre de la Patria decadente”: Carlos I de La Rioja. Allí se lo ve en los ratos libres mediante imágenes que postea con la frecuencia de un influencer, porque el bueno de Dylan, hasta Instagram  tiene (@dylanferdezok). Con 256 mil seguidores y todo. Una suma envidiable. Si hasta la diputada Victoria Tolosa Paz estuvo a punto de proponerle a Ricardo Rouvier que lo mida en una encuesta, pero llegaron a tiempo de convencerla antes de que entre al estudio de un canal amigo.

Juran quienes lo acarician en las fiestas de Olivos, que Dylan es el que mejor se comporta y el más leal de todos los que su jefe tiene alrededor. Con esos antecedentes y esos números, es una verdadera pena que no se lo pueda considerar para una candidatura en el 2023.

       Pero ni Boris, celebrando el estar fuera de la UE, ni el Beto, feliz de estar fuera del mundo, representan un modelo a seguir. En materia de perros nadie como su colega ruso Vladimir Putin, que se mostró diestro para ponerse de moda apoyado en la vetusta biblioteca de la KGB. El hombre no sólo sabe cómo asustar a americanos y a europeos con unas cuantas maniobras militares en un tramo de su frontera. También sabe de canes. 



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        Son tan importantes los perros en el día a día del Kremlin, que desde el presidente de Turkmenistán, hasta el primer ministro de Bulgaria, pasando por el prefecto de Aikita (Japón), supieron regalarle cachorros. Incluso suele llevar al más bravo de ellos a algunas entrevistas con periodistas extranjeros. Sólo así, enseñándole a ladrar en el momento preciso, logra Putin que no le pregunten pendejadas, boludeces, chorradas y cuanto sinónimo encontremos en la Real Academia.

   


Es sabido que en los espacios de poder un Macri (perdón…), un gato, no siempre trae buena suerte. En el Reino Unido,  en Cafarnaúm y en Buenos Aires también.  





        Una manera novedosa y eficiente de ir construyendo con los tiempos de la diplomacia, no un nuevo muro de hierro, sino una alambrada de perrera que vuelva a marcar el límite entre los gozques de Occidente y esos cachorros “pura inteligencia” adiestrados bajo los cánones de la antigua Unión Soviética o de algún municipio extraviado en las tierras del emperador Naruhito.

       Y ahí el Beto tiene una inmejorable ocasión para sacarle un pescuezo de ventaja al despeinado aún primer ministro británico. Mientras este manda ayuda militar a Ucrania, nuestro querido Cacho Cuarentena, tendrá la oportunidad de pedirle consejos a Putin, ahora que va a compartir con él un café en Moscú. ¡No, no...! No se le puede ocurrir preguntarle al ruso cómo tiene que hacer para bajar de peso y mantener la figura, porque las artes marciales o correr en la nieve, cual participante en el pentatlón de las estepas, no es lo de él. Nuestro presidente no deja de echar de menos las noches de pastas en La Stampa de la calle Posadas, en aquellos días que representaba su antigua versión de “enemigo público número uno” de su actual vicepresidenta. A la postre, su jefa.

Pero entre caer en el lugar común, y siempre desubicado, de pedirle guita al ruso y que le solicite el favor para que le enseñe a adiestrar a Dylan con el modesto fin de soltarlo en los estudios televisivos de La Nación+ para poner en su lugar a Eduardo Feinmann y su respectivo séquito, siempre es más recomendable optar por lo más amigos: los perros.

A cambio, como un gesto de reciprocidad, podría ofrecerle enviar a Ucrania a Sergio Berni con el helicóptero de la gobernación bonaerense. Ahí tenemos una buena posibilidad de intentar reinsertarnos a nivel global. No más como “el granero del Mundo” sino poniendo a funcionar la idea del compañero Leonardo Favio: “pagar la deuda exportando lo que más y mejor producimos: mermelada de boludos…”

Además, ¿Qué mejor opción que apostarle a Dylan? Toda una sociedad, sin distinción de credos, partidos, ideologías o club, sabrá entenderlo. Esa sería la mejor ocasión de aventajar a Johnson en su decrépito poder. Después de todo, somos parte de una vida de perros, y nos gobiernan en consecuencia.  

Continuará...