Domingo, 8 de Septiembre del 2024

ADELANTO LA NOVELA DE José Vales

UN LADRÓN PARA RECOMENDAR  (ADELANTO)      
                                                                                                       


                                                                                                      12

                                                            A comerse el mundo


El llanto de su madre y de su padre, y los gritos —que no alcanzaron a ser delatores— de su hermana más pequeña al verlo todo roto y harapiento contagian ahora los ojos de Toto, convertidos en dos humedales, mientras levanta su vaso de whisky, el primero que bebe desde que comenzaron nuestros encuentros en la mesa del bar.

        El lugar se va transformando mientras avanza su relato por momentos cautivante, lleno de imágenes que terminaban envolviendo receptor, como él envolvía a los secretarios y empleados de aquel juzgado cordobés que lo citaban a Tribunales por cualquier motivo, en su condición de recluso más respetado del penal, a quienes les relataba sus vivencias de malandro. «¡Qué barato se divierten ustedes, doctores!», solía decir a modo de despedida, antes de regresar al penal. En esa transformación del lugar que Toto operaba con su memoria y su relato, el escenario mudaba de escenografía: los pasillos del bar se convertían en calles; la mesa en el teatro de operaciones para un asalto; el centro del salón en el patio del presidio; el mostrador en el estrado de un tribunal oral; la cortadora de fiambre en una máquina de escribir o esa silla donde está sentado ahora, en la caja de la legendaria camioneta Apache.

        Sin perder un minuto, apenas llegaron al hogar familiar partieron los tres para la casa de una médica vecina, aquella tarde de domingo sin fútbol en Chacarita. Solo tuvo que tantear las partes adoloridas del cuerpo del evadido para diagnosticar con acierto: doble fractura de fémur y una costilla quebrada. Ese fue el costo de aquella fuga.
De regreso a la casa paterna hubo tiempo para un brindis entre los tres, aunque no había tiempo para festejos. Había que moverse y rápido, coincidían.

                                                                                      ***

—No me quedé ni diez minutos en la casa de mis viejos, Gallego. No sé por qué no apostaron allá una guardia desde el mismo momento en que descubrieron que me había rajado. Recién dos horas después de que me rajé la requisa pasó por el buzón, con todo el penal alterado por los tiros y las sirenas, y no se avivaron de mi huida. «Spazzola sigue durmiendo», decía el guardia. Fue el propio Salemme, el director, quien al llegar al penal y hacer la recorrida ordenó a los cobanis que abrieran la celda, «a ver si Spazzola está muerto». Cuando tantearon el bulto en el catre con la culata del fusil se dieron cuenta de que los había hecho caer... Se encontraron con las pilchas mías y una nota que les dejé escrita: «Mi herencia es para los compañeros...».
     —Increíble, pero ¿qué hicieron después? ¿Por dónde comenzaron la búsqueda?
     —Hay que ser muy bruto para no mandar una guardia a la casa de mi vieja... Son canas, cobanis..., son brutos. Cuando bajé en la
casa de la doctora, reconocí enseguida el baldío donde ahora había una construcción, la esquina donde cagué a trompadas al gil de De Santis. La mina me revisó y recomendó una internación de inmediato.

       En Rosario me veían hasta en la sopa, según decían los diarios de esos días, y acá, en la Capital, de un día para otro pasé a ser «un miembro de la pesada». Y todo por la creatividad y el trabajo de mis dos piernas, porque los robos importantes, esos que te mandan para arriba como la espuma, todavía tenían que venir. Brítez y el Correntino la pasaron bastante mal. Los pusieron en disponibilidad y los botonearon en la prensa. Cada vez que pudimos, les hicimos llegar algún regalito a sus familias.

       El Chulo se movió rápido y consiguió un contacto en un sanatorio de la avenida Nazca. Ahí pasé los primeros tres días de estudios, con la mitad del cuerpo enyesado y con un documento de identidad tan falso que ni me acuerdo cómo me llamaba. Todo estuvo más o menos bien, con calmantes, y las enfermeras que iban rotando, hasta que la más simpática de todas viene una mañana con una revista y me dice: «¡Qué buen mozo que salió en la prensa!», y me muestra la publicación: «El paradero de Spazzola es un enigma».

       Estaba claro que si seguía siendo un enigma iba a vivir menos que una mariposa. No iba a tener paz. Les pedí a los muchachos que me sacaran de allí. Ellos venían en procesión casi a diario. Primero, a darme la bienvenida al mundo de los hombres libres y, luego, a ayudarme a pensar cómo y cuándo nos pondríamos manos a la obra. No iba a esperar que la mina me delatara o nos extorsionara.

        En la noche del quinto día, el Loco, Cacho y el Chulo se iniciaron en el rubro de los secuestros: esperaron a que las enfermeras del
turno de noche se relajaran, al igual que la guardia y, con lo puesto, me sacaron de esa clínica para llevarme a un departamento que mi
hermano había alquilado en Gallo y Lavalle. No me podía ni mover, pero el Loco, igual, me recibió con una fiestita. La primera noche se fue a buscar a una puta, para que se ocupara de mí. La piba, gauchita, hizo lo que pudo y más, con esa momia acostada bocarriba que era yo.

      Un par de días después, Cacho convenció a la hermana, la Petisa, para que viniera a visitarme y ahí me reencontré con mi hijo. Lo había dejado de dos años y ahora estaba en cuarto grado. Recién ahí sentí la libertad, cuando me dijo: «Hola, papá». Con la madre, silencio total. No tenía ni llaves para abrir la lista de reproches. Nadie mejor que un preso entiende a las mujeres cuando deciden no venir más a verte, aunque no todos reaccionamos de la misma forma. Yo sé lo que sufrí y lo que hice sufrir... Lo había comprobado unos días antes cuando vi llorar de alegría y de
angustia, al mismo tiempo, a mis viejos y a mi hermana.

        Me recuperé bastante rápido gracias a la rehabilitación, guiada por una enfermera que acercaron los muchachos a la ranchada en Gallo y Lavalle, de tal manera que a mediados de junio ya estaba activo. Éramos cuatro, para empezar. Al boleo hicimos un supermercado de gallegos por Devoto, a pocas cuadras de avenida San Martín, y una fábrica en Villa Martelli, con la que fuimos tirando.

        Esa vieja guardia la conformábamos nosotros dos, Cacho y el Chulo, quienes ya venían trabajando con sus otras bandas. Justo
Narci, que había sido clave para mi fuga, vino a perder una noche en un hecho: quedó pagando en la huida y terminó, una vez más,
en Devoto.

        De golpe, Toto frena en seco su relato, acompañado de una mudanza en sus gestos, como si un rapto de dolor o de tristeza se hubiese interpuesto en su discurso.

     —¿Qué pasa, don? —le digo como para traerlo de vuelta por el camino de sus recuerdos.
    —Nada. Es que por eso el Chulo se perdió la posibilidad de participar de los mejores laburos de nuestras vidas. Esos que, de verdad, nos llevaron a jugar en primera —parece celebrar ahora dibujando en su rostro una tenue sonrisa.
    —¿Te pone triste? —le doy pie para el desahogo.
    —Un poco... Es que... ¡con lo que hizo para sacarme de allá adentro! Se merecía, como nadie, estar ahora que venían las buenas.
    —Y la vuelta, ¿cómo fue la vuelta?
    —Cuando volví a casa, el barrio, con muchas calles asfaltadas que habían reemplazado el barro y la desaparición de casi todas las
zanjas, me resultaba prácticamente irreconocible. Vi gente nueva que no conocí en mi época, lo que me obligó a redoblar esfuerzos a la hora de cuidarme. Más camuflado que un comando andaba yo por la calle. Buenos Aires también estaba muy cambiada. Ya no estaban las garitas des-
de las cuales los policías dirigían el tránsito —en medio de las dos manos de las avenidas—, ni había tranvías. Mucho empedrado re-
emplazado por asfalto y las minas con las gambas al aire. ¡Mi Dios!
    Recorríamos la ciudad marcando los lugares que nos gustaban para luego planificar cada paso. Si bien eran bastantes las cagadas cometidas a lo largo de los años, lo que nos ayudó a cambiar nuestro destino fue aquella fuga de Caseros en agosto...

    —La recuerdo muy bien, Toto, porque fue la primera vez, a mis siete años, que sentí miedo: le preguntaba a mi vieja si «los evadidos» se iban a meter en casa... —lo interrumpo, trayendo un recuerdo que había marcado mi infancia.
    —Pero yo no tuve nada que ver en eso —se ataja, y me ofrece un cigarrillo, que agradezco pero rechazo con un gesto—. El que armó ese embrollo fue «el Yacaré» Santana, que llevaba tiempo afuera. Yo conocía a varios de ellos de mi época en Caseros. Como a Mariano Gramica, «Calita» García, tucumano él, y algún otro. La hicieron bien. Los diez que se fugaron tenían todavía para más de quince años
adentro. Menos Calita, que tenía que salir en diciembre, pero, ¿viste?, prefería la adrenalina del choreo y ser un tumbero de por vida.

    Allá en Caseros todos trabajaban como albañiles en las reparaciones del edificio del penal, que se caía a pedazos. Aprovecharon un descuido de los dos guardias y los apretaron, junto con el capataz y el maestro de la obra. Esperaron a que ingresaran los cobanis armados, los redujeron, les quitaron las armas y usaron las herramientas para reventar el portón y rajarse. Dos de ellos cayeron enseguida. Otros tres se cagaron a trompadas con unos repartidores de Coca-Cola, a los que les quisieron robar el camión, ahí por Barracas. Los otros dos habían subido de arrebato a un taxi. Apuraron al chofer, un gallego...

    —Ángel Ansede, exchofer de la 111, nacido en La Coruña, amigo de mi viejo como vos de Cacho. El trauma que le ocasionó aquella experiencia en la que recibió un balazo en la pierna lo llevó a regresar a Galicia y no volver nunca más. Lo despedí junto a mis viejos en el puerto...
    —La sangre tira, Galleguito... No dejás de sorprenderme, ¿viste que el mundo es un pañuelo?
    —Por eso te digo que esa fuga, en la que vos no tuviste nada que ver, me pegó tan de cerca que por meses viví con miedo... Los diarios y la televisión, «los miedos», en vez de «los medios», colaboraron bastante con la difusión del temor. Había que justificar la mano dura y por esos días no tenían mejor tema para entretener a la gilada.
    —¿Viste, Gallego? Más temprano o más tarde, los de adentro y los de afuera nos encontramos. Pero entendelo, lo del amigo de tu viejo fue por fuerza mayor: estaban jugados... Como lo mío con la vieja en Rosario. No se roba a un tachero. No se jode con la gente que labura. No se roba en el barrio...     ¿Te acordás? No se iban a meter en tu casa, porque el Yacaré los tenía bien guardados. Solo se desprendieron Calita, Mariano y Hugo Villamil, buenos compañeros míos de ranchada en Caseros, por eso enseguida me buscaron. A los tres los guardó el Polaco Kraimer en un bulín de la calle Heredia, a cambio de una generosa mensualidad.

    El Yacaré los reclutó porque tenía una serie de bancos estudiados para hacer. Pero a ellos tres los convencí de participar en esos asuntos que nosotros teníamos en estudio. Algunas cositas en Córdoba, un banco en Ángel P. Carranza y Nazca y otro en Rosario que el Loco tenía apuntado desde que había pasado tiempo allá, embarullando la causa y trabajando por mi liberación.

    Pero ahora ya no era un prófugo el que se tenía que cuidar, éramos cuatro. ¿Cómo hacíamos para que no nos descubriesen en la ruta? Menos mal que siempre me gustó el cine...

    Un sábado nos juntamos en la casa de mi hermanito, que jugaba al otro día. Estaban mis viejos, almorzamos. Era una de las primeras reuniones de toda la familia junta después de muchos años. Nos vimos una película en televisión. Una de alemanes invadiendo Francia durante la Segunda Guerra Mundial y un grupo de ingleses que organizaron el rescate de los detenidos franceses. Para atravesar las líneas enemigas no tuvieron mejor idea que camuflarse en la cisterna de un camión. Me pareció genial. Y de inmediato se me encendió la lámpara: ¡teníamos que hacer una de película!

    Me fui entusiasmando de a poco. Los primeros con quienes lo hablé, como siempre, fueron Cacho y el Loco. Como cuando planeábamos alguna macana de pibes, lo discutíamos juntos. ¿Y qué somos nosotros sino pibes con percha de adultos? No habíamos cambiado mucho, seguíamos siendo los mismos tarambanas de siempre. Ahora íbamos armados hasta los dientes; antes llegábamos con una honda en la mano. Los botines ya no eran una caja de manzanas, ya no estudiábamos cómo colarnos en los bailes de carnaval en el Estrella de Maldonado, sino que lo hacíamos para entrar en bancos, fábricas y otras fortalezas, en busca de papeles, muchos y valiosos pequeños papeles, con las caras de los héroes de la patria. Ahora craneábamos cómo penetrar en otro tipo de carnavales, esos que por fuera tienen forma de bancos...




    
   
    —«Es más delito fundar un banco que robarlo», decía el alemán Bertolt Brecht...
    —¿Era chorro ese quía?
    —No, Toto, dramaturgo, escribía teatro, pero era un crack, un revolucionario. Era marxista. Lo suyo era la épica teatral... —Lo del zurdo este, ¿comunista, verdad?, era la épica y lo mío era la hípica, cuando me quedaba tiempo... Pero me gusta lo que dice. Tiene razón. «El que le roba a un ladrón tiene cien años de perdón». Haber sabido antes que ese alemán existía y lo hubiese usado en defensa propia. Al menos para impresionar a los jueces y que dijeran: «Chorro, pero leído». ¿A quién no le gusta un final reñido en Palermo o en San Isidro...?
    —Vos te reís, pero hay carreras que son dignas de ser contadas a través de la épica, que es la forma de relatar las hazañas de héroes de una clase, ya sea guerrera, trabajadora, aristocrática y, por qué no, delictiva... ¿O acaso a ustedes no los conocían como «la aristocracia del hampa»?
    —Eso lo decían los boludos de los periodistas... No te vas a ofender, pero ya no sabían más qué mierda publicar. ¿Ves?, me vengo a enterar, ahora, de que éramos chorros épicos. Siempre lo dije: con uno un poquito más culto en la banda, nos robábamos el mundo. En cambio, en aquellos días creíamos que nos lo íbamos a comer. Pero ese, nuestro mundo en aquel momento, mal que nos pese, era mucho más chiquito y nos lo terminamos comiendo demasiado rápido.✔