A propósito del día del periodista: nada para festejar

"Nosotros" en nuestro día: “Qué vachaché”
¿Todavía nos queda día para recordar que existimos? ¿Será por necios o
por ignorantes? O tan solo por ese afán de seguir haciéndonos los boludos por
lo que hoy poblaremos el WhatsApp o, los encuentros cotidianos con el compañero
de escritorio o de antiguas y largas jornadas de cierre con el intento eufemístico
de “feliz Día del Periodista”. Frase oportuna, desde hace un tiempo a esta
parte, para tratar de entender lo que fuimos y lo que tuvimos y lo que ya ni
tenemos, aunque cada vez seamos menos los que luchemos por seguir siendo.
Y es que ¿puede haber periodismo sin periodistas? Imposible. ¿Puede
haber periodistas sin periodismo? Porque es que el periodismo está muerto o
bien de muerte cerebral o, en el mejor de los casos, es víctima de una larga
agonía en la que no se avizora un final feliz.
El móvil de semejante crimen podría encontrarse por varias vías al mismo
tiempo. Muchos lo atribuyen al advenimiento de las nuevas tecnologías, a la
aparición de las redes sociales, y no se equivocan. Al menos en lo inmediato.
Otros, al cambio de época, a la metamorfosis del consumo, cuando no al
nihilismo exacerbado que prima en todos los idiomas posibles. Pero la pista
central para poder entender el final al que nos enfrentamos quienes ejercimos
la profesión más linda del mundo pasa, principalmente, por la destrucción
paulatina y sistemática que viene sufriendo la democracia desde hace más de
tres décadas.
Los medios de comunicación fueron cediendo —en su rol de contrapeso del
sistema— ante el poder económico y su brazo ejecutor: los partidos políticos.
No solo embanderándose con gobiernos o con posturas ideológicas bien definidas,
sino privilegiando la financiación desde las estructuras de los Estados o bien,
permitiendo que la corrupción fuese corroyendo sus estructuras hasta alcanzar a
sus trabajadores, cada día peor pagos, mal valorados socialmente hasta
arrastrarlos a dejar de cumplir su rol central dentro del sistema: perseguir la
verdad a como dé lugar.
La farandulización de la cosa pública, la ética convertida en un bollo
listo para arrojar al cesto de los desperdicios, el esfuerzo colectivo por
honrar a Enrique Santos Discépolo en el tango que popularizara Tita Merello
(“Qué vachaché”) con aquello de “¿Pero no ves, gilito embanderado, que la
verdad la tiene el de más guita? ¿Que la honradez la venden al contado y la
moral la dan por moneditas? Fueron haciendo el resto, hasta convertirnos en eso
que somos hoy: la nada misma. Una especie en franca extinción.
En su último libro, La muerte del periodismo, del colega español
León Gross, se aborda el derrotero mortal de una profesión vital para la vida
democrática, para salvaguardar la salud de las instituciones y, por sobre todo,
la libertad, a lo largo y ancho del planeta. El autor llega a una conclusión
definitiva. Hoy los medios (o lo que queda de ellos) no necesitan periodistas,
necesitan soldados. Y de esto, los latinoamericanos, podemos colaborar con
abundante literatura. Ni que hablar de “nosotros” en Argentina, donde en las
últimas dos décadas dejamos de lado la escuela de Rodolfo Walsh para inaugurar
la era del “periodismo militante”, a un lado y al otro de los intereses
corporativos, hasta confluir en este presente paupérrimo, desde el punto de
vista político y, por ende, profesional, porque este siempre va atado al
anterior. Los 223 periodistas desaparecidos durante la última dictadura militar
(1976-1983) aparecen como la confirmación más palpable de ello.
Todo sin la más mínima autocrítica de nuestra parte. Con un sector de aquellos otrora comunicadores devenidos en propaladores de mensajes/slogans —porque las ideas escasean fruto de la sequía intelectual que nos afecta— en favor de algunas de las escuderías que detentan los despachos en los tres poderes del Estado, con los mismos comandos de siempre desde la cima del poder económico.
"...Hoy los medios (o lo que queda de ellos) no necesitan periodistas, necesitan soldados." Y de esto, los latinoamericanos, podemos colaborar con abundante literatura...
Nadie se atreve a preguntar, o a preguntarse, ¿qué hemos hecho para
merecer esto? Este presente político y profesional. Con un gobierno que eligió
a la agencia nacional de noticias como ejemplo de lo que piensa hacer con el
Estado y golpear con rigor a los medios públicos. Todo sin que, amén de
honrosas excepciones y los afectados directos, la mayoría de los trabajadores y
representantes de los medios y de la sociedad se manifiesten en contrario. Sin
que los culpables de que la sociedad haya optado por ungir a un gobierno basado
en la excentricidad y vacío de política y de ideas básicas para llegar a algún
lado, poniendo en práctica mucho de lo viejo conocido: algo así como un
menemismo 2.0 sin joyas de la abuela para vender, digan esta boca es mía.
Todavía le deben una explicación al mundo qué fue lo que hicieron y lo
que no hicieron para llevarnos por el desfiladero hasta esta llanura de
rugidos, pobreza por doquier y espanto en todos los tonos posibles. Sin que los
periodistas que aún ejerzan puedan hallar las herramientas con las que sean
capaces de orientar a una sociedad sumida en la desesperación más que en eso
que —los propaladores— llaman “esperanza”.
Los académicos sostienen que fueron las redes las que acabaron con el periodismo y forzaron a sus profesionales a transformarse en propaladores, mercenarios de catervas diversas y animadores de un show que asusta por lo mediocre y nefasto. Reemplazados, en la mayoría de los casos, por instagramers que se juegan la vida al paso de un convoy por una selfie como toda primicia.

Pero aun en esta paupérrima realidad, se dejan ver algunos ejemplares de
esa especie amenazada, dando la única batalla posible, esa que eligieron cuando
asumieron, sin juramento explícito alguno, una deontología no escrita, la de
contarlo todo persiguiendo la verdad sin importar a quién esta estorbe. Y todo
al servicio de una sociedad que pueda seguir viviendo en libertad.
El ejemplo más cruel de esa estirpe la dan casi a diario los periodistas
mexicanos en la primera línea de fuego, armados solamente con su conciencia,
contra el narcotráfico y sus secuaces enquistados en las fuerzas de seguridad y
en las instituciones, como históricamente ocurre en Colombia.
Por todo ello, hoy, 7 de junio, podemos seguir recordando la fundación
de La Gaceta de Buenos Aires, aquel primer periódico patrio fundado
por Mariano Moreno, podemos celebrar lo que alguna vez fuimos, pero no esto que
en lo que nos quieren convertir. Hoy no hay felicidad para desear. En su lugar,
bien vendría una voz de aliento para esos pocos que se salvan de la extinción,
que al decir de Discépolo, siguen firmes, aunque venga degollando después de
haberse “pilla'o la vida en serio…”.✔